Reseña #197- Las múltiples caras de la soledad


 

Wachos

Por Maru Leonhard

Hay algo triste y pesado que rodea a todos los cuentos de Los wachos, de Walter Lezcano (Corrientes, 1979). Una nube que los vuelve grises. Y si bien el título podría dar la pista de que esa idea es la orfandad, aquello que sobrevuela las páginas del libro es, a la vez simple y profundamente, la soledad.

En los nueve cuentos del libro, la idea que incomoda es esa, la sensación de que todos, en última instancia y por un motivo u otro, estamos solos. Hay que curtirse. Los tipos de soledad, las maneras de sentirse solo cuando te abandonan, cuando la fantasía se rompe, cuando tus enemigos son los amigos de los demás, cuando no tenés papá, cuando te echan, cuando el amor no es correspondido.

Walter Lezcano recorre las aristas de la soledad: la impuesta, la inevitable, la elegida. No bancarse estar solo (Mi mamá fue una madre soltera que no podía, ni tampoco quería, pasar mucho tiempo sola, dice en “La destrucción del miedo”) enfrentado a la necesidad de estar solo (en “El gusto del vidrio”, Gastón está parando en la casa de su novia y familia y cuando por fin se queda una tarde solo, dice: Desde que había aterrizado en la casa de Sol era la primera vez que me sentía realmente bien). Las primeras soledades: el adolescente que se enamora, en Jada Fire, de la actriz porno y se obsesiona con ella; y también las últimas: los viejos abandonados en el geriátrico de “Turno noche”.

Siempre que alguien me define un escritor como “de escritura sucia”, dudo. Primero, porque los encasillamientos siempre cargan con algo de injusticia y, segundo, porque a pocos escritores esa llamada “escritura sucia” les resulta natural. A Walter Lezcano me lo introdujeron de ese modo ya no recuerdo si en una entrevista en una reseña o en un chisme. Pero Lezcano cumple. Coquetea con el lenguaje de calle y barrial y en ningún momento a alguien se le ocurriría pensar que es algo autoimpuesto. El lenguaje que usa Lezcano le calza tan natural -a sus historias, a sus personajes, a sus locaciones- que resulta prodigioso, en especial, la forma en que se equilibran las expresiones más coloquiales (esa manera de resolver el bardo en dos patadas, en “El gusto del vidrio”) con otras sentencias que podrían considerarse vitales incluso en su aparente sencillez (en “La destrucción del miedo” el protagonista dice: pero entendí que en una pelea la parte más importante es ese momento definitivo en el que decidís qué hacer: si dar un paso al frente o dar un paso al costado).

Ya sea en cuentos de una hoja o en relatos más extensos y fragmentados, Lezcano describe barrios desangelados, un desfile de casillas, remiserías, verdulerías, locutorios donde bajar pornografía, un geriátrico, una clínica de abortos. Personajes a la deriva, perdidos entre sus miserias, algunas de ellas inevitables y otras, elegidas. La sensación, cuando se termina el libro, es poco esperanzadora pero también desafiante: hay que reconciliarse con la idea de la soledad. Es algo que, aunque no querramos, flotará siempre sobre nuestras cabezas.

Los wachos (2015)

Autor: Walter Lezcano

Editorial: Conejos

Género: cuentos

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