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Reseña #999,999…-LA INFANCIA QUE NUNCA DEJA DE CRECER

Por Diego Ravenna 

     Podríamos decir que la poesía al igual que el amor, el odio o el miedo, es una fuerza también; algo que le da continuidad al impulso vital que nos hace seguir y reconciliar con el tiempo. A veces esa fuerza viene del pasado e irrumpe en el presente, agregándole múltiples dimensiones a lo que es. Otras veces brota desde un presente desbordado y lo tiende hacia el recuerdo, la melancolía o la nostalgia. 

    Pero, cualquiera sea la forma que adopta, la poesía necesita de la imagen sensible que le dé anclaje. Que la emoción materialice en el lenguaje algo que luego será palabra en el poema. En este sentido, la poesía de Natalia Litvinova navega en La nostalgia es un sello ardiente (Llantén, 2020) entre el pasado y el presente “Es el eco de lo que anhele y retorna” dice en un poema. 

     A través del reencuentro por las redes de una amiga de su infancia a la que hace veinte años no ve, va configurando su recuerdo, la partida del país de origen, la vida de sus abuelos y abuelas, el padre y la madre, mientras reflexiona también sobre el presente porque “Es amor / lo que persiste / cuando no hay trama”. 

     Natalia fabula sobre la vida posible de su amiga. Se imagina llevada de la mano para ver al hijo, descubre que es abogada, la ve con un hombre y con amigas, descubre las ausencias en una foto familiar. Es como si fuera a la búsqueda con la certeza de que nada va a encontrar. Dice un poema: “¿Estás viva? / pregunto para despertar / alguna imagen / que guardo de vos, / la flor más secreta / del jardín / que no cultivé. / Te riego, / Catalina, / te podo, / peino tus pétalos / y juego / a que retiro mi mano / para no volver.”

     Ese desconocimiento es la piedra angular sobre la que descansa la poetización de la nostalgia. Porque para la poesía, a diferencia del pensamiento racional, el no-saber no es una ignorancia ni una debacle, sino la condición primera para poetizar. El pasado brota desde la actualidad y por eso no es la memoria sino la imaginación poética la que opera en este poemario.   

     Lo que la poesía nos dice es que no se trata tanto de los hechos como de eso que no deja de insistir y suceder; más allá de los recuerdos contados alcanzamos una infancia anónima, una vida primera liberada del engranaje del calendario. Porque el corazón ya vio el mundo y no habrá calma, porque se quiere saber qué sucedió, qué fue de las cosas que teníamos y ya no están con nosotros “¿Qué sucedió con las cosas / que no pudimos traer? / ¿Quién las tiene?”. 

     La pregunta por Catalina se expande así, a otros recuerdos y sensaciones. El presente se abre y la pregunta por la felicidad nos atraviesa, ¿quiénes fuimos?, ¿dónde están nuestros orígenes? Nuestra infancia necesita encontrar nuestro ser desconocido para fabular: 

“No se las cosas que susurraba mi madre

cuando yo era bebé,

la ropa que me cosía,

los remedios con lo que me curaba.

No recuerdo caricias en el pelo, 

ni historias en las que yo fuera la protagonista.

Si hubiera hablado de su infancia

o de su propia madre,

de los hombres que la volvieron loca,

los lugares donde trabajó

y contado sus dolores,

algo con que identificarme,

de donde sorber gratitud,

me hubiera resultado 

más dulce

cada golpe que me dio.”

     Se tiene la sensación de que el mundo habla, como si las cosas quisieran decir algo. Por eso hay poemas en los que el pasado aparece como difuminado, ligados a escenas más cercanas a lo mítico que al recuerdo, como si tuviéramos una infancia que nunca deja de crecer. En esos poemas la madre lee el destino de las personas en los nudos del pelo o borda una blusa para cuando nos casemos; se come vidrio y papel, alimento para emanciparse de los padres; una amiga de la madre enseña a lavar los platos con limón y sal; una flor nos puede cambiar la vida. 

     El filósofo Gastón Bachelard en su libro La poética de la ensoñación decía que “La memoria es un campo de ruinas psicológicas, un revoltijo de recuerdos. Toda nuestra infancia debe ser imaginada de nuevo”. Es nuestra imaginación poética la que da forma a una imagen posible del pasado. Es por eso que los poemas de Natalia Litvinova se alejan de la memoria historiadora y biográfica. Porque la poesía reanima la infancia y conserva en su palabra escrita algo más que los hechos reales: “Perder todo es fácil / lo difícil es retener algo / hasta transformarlo / en una piedra preciosa, / en amuleto”.

    Algo queda del pasado, un desborde, un pequeño exceso que, cuando se activa, adopta la forma de la nostalgia. Y algo de lo que somos resplandece en nosotros desde la fragilidad del presente. Porque como dice en la bella contratapa que escribió para el libro Federico Falco “¿qué, de todo lo vivido, nos hizo ser lo que ahora busca, lo que ahora habla?”. 

La nostalgia es un sello ardiente (2020)

Autora: Natalia Litvinova

Editorial: Llantén 

Género: poesía

Complemento circunstancial sonoro:

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