Reseña #658- Las brigadas: ¡Literatura! ¡Literatura! ¡Viva, la literatura!


 

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Por Diego Cano

La situación era esta: el chico barbudo leyendo, el bar semivacío, los que escuchaban atentos eran unos pocos de tres pequeñas mesas. Las caras comenzaban a mostrar enfado.  De repente, golpes sobre la mesa, y finalmente, con la escena de tortura y sangre, pluff un botella de vidrio de cerveza al piso e insultos varios. La escena me la conto un amigo respecto de la lectura pública de una parte de la primer novela de Ariel Luppino Las brigadas. Exagerada o no, la sensación al empezar la lectura de los primeros capítulos es: ¿hay necesidad de que se meta con la violencia con tanto desparpajo?

Se me dirá, “bueno es literatura, el tema, el tema no importa”.  Sin embargo acá esta el punto que quiero señalar. El libro de Luppino es una provocación permanente. Una provocación en el sentido de impactar al lector, de busca de nuevos caminos del lenguaje, nuevas formas. Una lucha con su tradición (ya ha sido señalado, Laiseca y Osvaldo Lamborghini están muy presentes), a la que todavía se encuentra atado pero que se nota que le esta dando lucha. Una provocación con el tema, porque el tema no es ajeno a la forma, es el tema que elige Luppino lo que lo pone delante de la forma en la cual termina encarándolo.

Estos días releyendo a Guillermo de Torre (gran olvidado de la letras española y argentina) sobre Kafka, me hizo acordar a esta novela. Usaré su frase que se aplica a nuestro caso: “una novela que rebasa a la novela de divertimento sin trascendencia”, una novela bien escrita, con procedimientos efectivos que moviliza. Una novela que a la Kafka o Strafacce (otros de sus precursores) no le esquiva el bulto a la política sino que por el contrario, sin rendirse a la literatura por sí, hinca el diente a fondo en los callos del dogmatismo político. Y ahí esta, creo, el meollo más interesante y que, para usar su propia forma provocadora, podríamos denominar: doblemente lamborghiniano

Doblemente lamborghiniano por lo provocador en la forma en un primer sentido; y en segundo caso, provocador por el contenido. Su primer efecto provocador diría, esta más dubitativo. ¿cómo provocar de igual manera que Lamborghini? ¿Cómo no hacerlo sin parecérsele? Luppino redobla la apuesta, mete el dedo en la llaga. No es una cuestión externa a la literatura, tiene que ver con su forma misma. No escribe El Fiord, una forma perfecta redonda (¿de mierda?) pero políticamente correcta al izquierdismo rampante. No. Luppino mete el dedo en la llaga con su literatura, pisa fuerte los charcos que el pensamiento bien pensante de la izquierda no se atreve, porque su moralidad no se lo permite. No se permiten estos “bien pensantes” expresar el lugar central de la violencia y al mismo tiempo asumir las colaboraciones, los quiebres, las filtraciones, “las traiciones” frente a esta violencia todo poderosa que doblega voluntades de un plumazo. Los bien pesantes no se lo permiten. Luppino así con el segundo sentido de su provocación potencia el primero y lo hace resurgir como forma de sacudir la literatura y el bien pensante pensamiento.

Un ejemplo que por lo menos a mí me parece sintomático de esa búsqueda de limites: “La mujer del carrero arqueó la espalda como un gato cuando sintió la descarga; entonces, el milico le puso una rata en la boca y aumentó el voltaje. La rata empezó a morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder y morder casi hasta comerle la lengua”. La tortura se vive con esta lectura, uno no puede quedar pasivo, shockea. Luppino repite veintisiete veces que la rata le muerde la lengua, y como lector, la lengua comienza a sentir la picazón. Una escena violenta una detrás de otra, y uno llega a preguntarse: ¿cómo lo hace?, no se sabe, pero Luppino muestra genialidad para imaginar tanta perversidad, el efecto, es el acostumbramiento del lector a esa violencia. Las escenas se repiten: la Glock que le pega en la cabeza, el milico que a su torturada le dice “ratita mía”, una violación entre cinco, un picaneo de puro aburrido nomás. Sin embargo produce también el efecto contrario, la repetición al hartazgo, acostumbra al lector. Me acostumbro, y del rechazo paso al disfrute de la genialidad de lograr poner en blanco y negro sensaciones de las que no se puede hablar ni nombrar. La literatura ahí a pleno ejerciendo su poder.

Aunque seguido a eso el desparpajo en toda su plenitud surge, los torturadores montan una escena de teatro donde la violencia no es teatralizada sino ejercida en vivo frente a los espectadores. Y seguido a eso, otro capítulo con un “industrial y su mujer” eligiendo hijos en una escena como si fuera una perrera, que no esta dicho pero que es evidente la sensación transmitida por el espacio, el tiempo y las formas como los diálogos delirantes, inverosímiles que se ponen de manifiesto. Y seguido a eso, completamente inverosímil, una reunión de los torturados con los torturadores y el industrial un 2 de abril, y que Luppino dice que hablan  “de las Falklands, allá en esas islas de mierda”.

Y seguido a eso el motivo de un secuestro es “porque los había mandado al muere con un parcial” y el profesor canta inmediatamente.  Los “más avezados” presos venden pollos para recaudar fondos para la guerra. Y también desollar y comer a una rata, en una descripción minuciosa y detallada. Y de repente todo cambia, la novela cambia, aunque la provocación sigue, ahora con sexo y literatura argentina. No quiero spoliar más y que ustedes mismos disfruten de los giros y la imparable capacidad de inventiva de Luppino. Su provocación no para, no da suspiro al lector, que sale de una escena en otra preguntándose ¿hacia donde va? Y lo interesante es eso mismo que esta haciendo, romper con todo.

Un procedimiento a destacar y que me parece que lo utiliza de una manera que produce el efecto buscado. Esto es el uso del diminutivo en escenas permanentes de violencia muestra la perversidad desde el propio lenguaje: “mierditas”, “piecitas” “camisolín”, “petaquita”, “patita”, “salita”, “libretita”, “bolitas”, “agujeritos”, “fueguito”, entre otras. El uso del diminutivo siempre tiene algo de perverso y Luppino, poniéndolo en situaciones de violencia extrema, hace saltar a la vista esa perversidad (un procedimiento claramente kafkiano).

Los personajes en la novela de Luppino no tienen nombres, “el milico”, “el capitán”, “el chileno”, “el industrial”, “el rubio” todos sin claras características personales mas allá de la perversidad extrema, todos en función de continuar el relato. El realismo aportado en la escena esta puesto para lograr cierta verosimilitud, por ejemplo la forma de la tortura es más de un Gulag soviético, un campo de prisioneros sin mucha disciplina de trabajo, casi sin alimentos donde la subjetividad de los que dirigían podían determinar en cualquier momento cualquier cosa sin importar ninguna consecuencia, La lógica de los centros de detención era otra. Buscaban desbaratar una organización guerrillera organizadas en células, no una auto justificación a la tortura stalinista o la inquisición. A Luppino no le interesa, porque el efecto buscado es otro. ¿Sabrá de la existencia de la novela de Liliana Hecker Fin de la historia? ¿Habrá leído el libro de Bonasso Recuerdo de la muerte? ¿Habrá leído Traiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión de Ana Longoni? Ojala que no, espero que no, estoy convencido que no los ha leído, porque en realidad no importa en absoluto, la perversidad y la sorpresa frente al desparpajo ya fueron logradas. El efecto es un cimbronazo sobre las ideas y está en cómo se escribe. La literatura acá opera como el subconsciente colectivo que genera el lapsus de lo que no se quiere o no se puede decir, la presencia permanente de la violencia todos los días de nuestra vida y que se encuentra velada en las infinitas capas de ceras ideológicas de nuestro sistema “democrático”.

Quizás la critica que le cabe es que son demasiados los frentes abiertos, quizás hay cierta ansiedad por soltarlos. Seguramente las próximas novelas nos depararán más y mejores inventivas. El desafío es grande, la provocación permanente, la novedad artística tan mentada, por fin nueva literatura.

 

Las brigadas (2017)

Autor: Ariel Luppino

Editorial: Club Hem

Género: novela

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