Reseña #504-La liviandad radiante de la luz: poemario urgente para habitar una feminidad


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¡Viva la poesía! ¡Y la amistad! Que todo sea liviano y hermoso.

— Dedicatoria personal de la autora

 

Tal vez nuestra lucha sea menos para producir nuevas formulaciones del género que para construir un mundo en el que la gente pueda vivir y respirar dentro de la sexualidad y el género que ya viven.

— Judith Butler

 

Por Florencia Benson

Pocas cosas son más difíciles en nuestro tiempo que ser y hablar como mujer, mujer adulta, mujer despierta, con toda la complejidad a cuestas, sin renunciar a la vulnerabilidad u ocultar las fallas. En el discurso público de las convicciones feministas abundan máscaras de agresividad, poses de rebeldía o, por el contrario, la estrategia de des-sexualizarse o autodenigrarse (ay, el humor, el humor). Ciertamente, el desfiladero es angosto: de un lado, nos asolan los vados de azufre que provienen de la caldera de la misoginia recalcitrante; del otro, cierto feminismo siempre combativo e hipervigilante nos amenaza con dientes de letras y filos de reprobación. En este desfiladero se mueve y danza como una ninfa nuestra Gabriela Luzzi, logrando que por momentos ese camino precario e inestable se vuelva ancha avenida, sólida autopista poética que nos invita a avanzar sin miedo.

La de ella, sin embargo, no es una poesía militante: la voz poética relata acontecimientos en una suerte de “falsa narrativa”, puesto que bajo esta pátina de verbos, los auténticos protagonistas —el néctar dentro del envoltorio narrativo— consiste en los momentos de contemplación que alcanzan, por momentos, estatus de gracia poética.

Situaciones claves de la feminidad, como el duelo por la madre fallecida y los vínculos femeninos (“Cuando murió mamá / caminamos del brazo con mi prima / íbamos llorando y / ella dijo, seguro / tu mamá nos está / mirando desde el cielo / y se debe matar de risa de nosotras”); el reconocimiento amoroso de las propias fallas, de los proyectos inconclusos, de las notas mediocres (“pensé que esa caja / podía llegar a ser una especie de escenografía para lo que no me salió tan bien / o lo que no pude terminar de descartar”); pero sobre todo, la toma de posesión de la propia agencia, el hacerse cargo de la adultez desde una feminidad sin reticencias, reconociendo el cuerpo, permaneciendo testarudamente en su rol de demiurga en toda situación, aun en las “accidentales”. Esta toma de posesión/posición se repite a lo largo del poemario como un tropo, presentado con frescura y sabiduría:

cuando me caí esta mañana un hombre

de sobretodo negro

me ofreció su ayuda

le dije que no hacía falta

y me quedé diez segundos

en el piso

(Elecciones)

Esta intrepidez de mujer autónoma, soberana de sí misma, se refuerza en los versos finales del poema, donde florece la auto-observación y, sobre todo, el dominio de una misma, empezando por el cuerpo:

y al observar mi cuerpo

descubro cierto dramatismo

sospecho que mi cuerpo está actuando

(…)

empezar todo con el pensamiento

y arrojar mi cuerpo como una jugadora

de fútbol o una alpinista.

Ese mismo cuerpo que aparece golpeado y redimido (“todavía me picaba el brazo que más trompadas había recibido / (…) yo me daba una oportunidad / todas las oportunidades que un cuerpo resista”; “y me di la cabeza contra una misma rama inmensa / todos piensan que me hizo cambiar / pero lo que cambió fue mi suerte”; “La mayor parte del día estoy durmiendo / sueño con escenas graciosas / o me río borracha en la vereda. / Esta semana dormí durante dos días / y cuando me desperté vi el paquete de cigarrillos / al costado de la cama pero no quise fumar / tomé un sorbito de agua / y sentí que mi carne daba un salto”).

Ese mismo cuerpo hace de recipiente siempre en construcción, frágil, reciclado, desnudo, de aquello que atesoramos, de lo que no podemos terminar de soltar, de lo que conservamos aun a pesar nuestro. Gabriela Luzzi nos trae una voz poética que logra, sin bebotear ni balbucear, dar cuenta de la decisión por la inocencia, es decir: de la postura radical, casi hasta política, de una mujer (sujeto subalterno por excelencia) que frente a la violencia y el sinsentido insiste, persiste, y casi que milita, la liviandad radiante de la luz:

si te sacan rajando

metafóricamente

inconscientemente

literalmente

todxs merecemos amar

todxs merecemos amar

todxs merecemos amar.

 

Un alhajero sin terminar (2016)

Autora: Gabriela Luzzi

Editorial: Santos Locos

Género: poesía

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