Reseña #546- Susurros en una copa de sake


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Por Miguel Sardegna

Gaijin ganó el Premio UNAM-Alfaguara 2002 y fue publicada al año siguiente. Odelia Editora viene a rescatarla y a darnos otra oportunidad.

El primer capítulo nos ubica de inmediato en zona de guerra. Hay una profesora, hay alumnos. Se habla de lápices y de cuadernos. Creemos que se trata de un aula común y corriente, como las de nuestra niñez. Y de golpe, con naturalidad, el narrador nos dice: “Nos levantamos de los bancos –placas de acero apiladas– y salimos de la carpa”.

El narrador protagonista tiene trece años. Veremos el mundo a través de sus ojos, compuesto de proyectiles de cañón que desentierra con facilidad en la plaza, rifles, cascos, municiones. Auténticos tesoros que todo niño colecciona, aunque no hayan perdido su capacidad de dañar. La vida sigue entre escombros, se abre paso por sus grietas.

Le bastan unas pocas palabras al narrador para pintar su aldea, aunque a veces no pueda evitar repetir adjetivos dolorosos. “La comisaría, la ex comisaría, estaba ocupada por soldados americanos con su bandera americana y sus uniformes americanos”. Pero más allá de este énfasis, esa comisaría nueva no parece molestar demasiado a los lugareños, que bajan la cabeza al pasar por su frente. Prefieren hacer de cuenta que ya no existe, que desapareció con los bombardeos, al igual que sus propias casas. Esa contención de los lugareños es la misma contención con la que narra Maximiliano Matayoshi (Buenos Aires, 1979). Su narrativa es amable y minuciosa, elude cualquier palabra altisonante. La cortesía del susurro.

Gaijin está conformada por cuarenta y nueve capítulos y un epílogo, agregado para esta edición. No hay otras divisiones, y sin embargo se advierten dos partes bien diferentes. En la primera mitad de la novela viajamos en barco con el protagonista, escapamos. El niño deja todo atrás (su madre, su hermanita menor, su tierra) y se embarca hacia Occidente. Se trata de una auténtica novela de carretera, una road movie. Aunque en lugar de carreteras recorremos rutas oceánicas, con el detalle preciso de los puertos en los que atraca el Ruys. Hong Kong, Manila, Singapur, East London, Montevideo. Más de una vez tuve que reprimir la tentación de buscar un mapa y repetir la ruta con un dedo. En la segunda mitad de la novela, se pisa tierra firme, comienza la nueva vida en el exilio, en Buenos Aires. Ya no hay lugar para el hambre. Ahora sabemos lo agradable que es el aroma de las galletas por la mañana, la intensidad del primer amor juvenil. Aunque atenuada, la idea del viaje persiste, siempre estará latente la pulsión de regresar a Japón y reencontrarse con los que quedaron atrás.

Hay un personaje entrañable en ese barco que viaja a Buenos Aires: un viejo que toma sake todo el tiempo. Perdió un brazo defendiendo la isla, la manga le cuelga suelta del hombro. Saato, se llama, y es quien trae constantemente las anécdotas de la guerra. Cuenta, por ejemplo, que algunos lucharon con varas de bambú y se lanzaban al enemigo como si fueran invencibles. Corrían hacia las ametralladoras solo para morir y para ver morir a otros. Cuenta que siempre se les dijo que estaban a punto de ganar la guerra y de hacer que los americanos se arrodillaran ante el emperador. Y al final, sin que hubieran anunciado una sola derrota, se rindieron. Una buena historia siempre es universal. El velatorio de Saato fue en proa, bajo un vendaval. Escribo estas líneas acompañado por mi copita de sake, cargada hasta arriba, a su salud.

Un pasaje de la novela me recordó un tanka del Manyoshu, la compilación más antigua que existe de poesía japonesa. Una antología poética de casi 1300 años de edad. En castellano, el título sería algo así como Diez mil hojas recopiladas. No importan demasiado las circunstancias particulares que narra Gaijin en este punto, no vienen al caso: solo interesa que el niño que dejó Japón para ir a Buenos Aires debe ahora dejar Buenos Aires y viajar a Mendoza. Entonces leo, maravillado: “El tren navegaba sobre olas. Volvía a cruzar océanos para regresar a Japón. Yo aún escuchaba los empalmes de las vías, un ruido seco al subir y otro al bajar. En el horizonte, solo el mar y un sol celeste sobre un cielo a veces blanco y a veces anaranjado”.

Los versos del Manyoshu son célebres, o fueron célebres. Hubo un tiempo en que los japoneses presumían de saberse de memoria tankas como éste:

Enfurecido por las olas

un mar de nubes baña los cielos.

La luna es un barco

que avanza a remos a esconderse

tras un bosque de estrellas.

Para Kawabata, pensar en los orígenes de la literatura japonesa es pensar en las emociones que depara un viaje. Me sumo a ese viaje (quizá un viaje de retorno al origen) y pienso en la “literatura japonesa” que nació en este rincón del mundo: mis lecturas más recientes me toman por asalto, ahora, todas juntas. Entre ellas se evocan, se aluden y se reescriben. Esas vistas de Japón tan nuestras, entre las que se inscribe Matayoshi, pero también las novelas de Sancia Kawamichi, los cuentos de Kamiya, el Otaku de Brecciaroli, Nuestra señora de Hiroshima de Chaija, Anna Kazumi Stahl, los ensayos de Amalia Sato. Japón, tierra ilusoria y reinventada. Llevo tiempo imaginando un artículo más o menos extenso que compare impresiones, que salga al encuentro de coincidencias y de desacuerdos. Lo más probable es que nunca llegue a escribirlo, más allá de estas pocas líneas de hoy, porque de algún modo yo mismo soy parte (o quiero ser parte) de esa orgullosa estampa japonesa. De todos modos, queda asentado acá, como una expresión de deseo tempestuosa.

Lo que no puedo evitar preguntarme es qué es de la literatura de Matayoshi desde Gaijin. ¿Puede alguien escribir una novela de 250 páginas y ya no necesitar volver a hacerlo? ¿Acaso contó la historia que tenía para contar, rindiendo un justo homenaje, y con eso le basta? Me gustaría creer que no.

Gaijin (2003, 2017)

Autor: Maximiliano Matayoshi

Editorial: Odelia

Género: novela

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