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Reseña #187- Llena tu cabeza de rock

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El fuego me consume la mente, mi cuerpo inquieto te busca, dando vueltas en una cama vacía y sucia”

Sé que no/Rekebra, Todos Tus Muertos

Por Miguel Vilche

Retazos de cuero en el jean, camperas bien ceñidas con las espaldas pintadas a mano, sobretodos largos aleteando en la brisa porteña, pelos largos revueltos o lacios sacudiéndose en violentos pogos, hileras blancas surfeando narices, esperando por las esnifadas perpetuas. La moda marca épocas, mal que nos pese, es parte de la estética que define la arquitectura de una espacio y un tiempo; sus variables escupen rasgos distintivos que sirven para describir escenarios particulares. Entonces ¿Cómo no usarla como recurso literario? Hacer un mash up con todos esos ingredientes: un poco de neón, de bares-sótano, de droga desatada y derramada por todas las mesas de la noche marinada con el naciente rock nacional comercial. Y ahí sale la receta ideal para motorizar una trama urbana, un recorte del reviente de la década del 80, la que trajo los traumas de la nueva libertad post dictadura.

¿Viste cuando estás leyendo tu propio diario íntimo? Eso pasa cuando entrás al mundo de Mazzarello siendo de su misma generación, la que pisó Cemento miles de veces y vio a Chabán fumándose un faso con los ojos entrecerrados detrás de esos inevitables lentes que le daban alcurnia francesa, bajo un techo con mesas y sillas colgadas. Pero lo logra tomándose de la mano con la furia diluida con la fiesta, reflejando esa desazón, la soledad de los pibes aletargados y desilusionados de una década con el mejor de los publicistas pero mentirosa y violenta.

Los sonidos de una púa reproduciendo el vinilo o de una cinta de casete rebobinándose con la birome, son parte de la mitología que el autor recrea desde su memoria emotiva con una prosa particular, sencilla pero firme, aislada de pretenciosidad pero pulcra, prolija, atada a los grafitis pero también a la literatura clásica. Se las arregla con estilo para presentar todo el diccionario del lunfardo porteño sin faltarle el respeto a la Real Academia Española, y ese es un acierto sin dudas. La droga, sus efectos, las peripecias que disparan su comercio, las relaciones extrañas y viscerales, son el denominador común de la historia que logra como resultado una explosión de sensaciones, una necesidad de reproducir los bajones, la paranoia, las texturas, los sentidos multiplicados; y para poner en papel las sensaciones hay que tener pericia.

Los ejercicios melancólicos parecen marcas registradas de los escritores de la generación que vivió su juventud en los 80. Es como si esa década fluorescente tuviese per sé algún sesgo que la construyera como entrañable por encima de otras, que se arraigue en la nostalgia por alguna razón desconocida ¿Quizás la mezcla de oscuridad reciente y luz nueva? Se pueden barajar muchas teorías al respecto, desde las ventajas formales que dan haberlas vivido, hasta la abundancia de matices que se disparan por el eclecticismo inherente que la caracteriza y hasta la reflexiona.

Se puede ver a los protagonistas agarrarse fuerte de las sábanas mientras las venas estallan, mientras pisan mundos oníricos con sus cerebros fritados por la ebullición. El autor le apunta a cada rasgo de la superficie de esos años donde el teatro, la música, y el erotismo se ligaban a la cocaína que daba instrucciones desde sus envoltorios.

Un libro que debería estar embolsado si se tratara de una revista, o tener la etiqueta de “Parental Advisory” en la tapa si se tratara de un disco; rebosante de sexo, violencia y palabras obscenas, no tiene reparos en hablar de clítoris y lenguas húmedas hurgueteando, de penes erectos hasta el dolor soportando fellatios descritas hasta el mínimo detalle. Es quizás en ese revoltijo de desbordes y transgresiones donde radica la originalidad de su estilo; logra pasar los límites sin ser pretencioso, otro acierto de su lenguaje coloquial, lleno de “porteñismos” y lunfardos para describir los años donde la libertad era un fenómeno nuevo para los jóvenes de la época, y vaya que les costaba entenderla.

Mazzarello nos mete de lleno en el mundo desangelado, hasta nihilista, de esta década donde la merca, el sexo, la amistad y el rock definían los caminos de muchos jóvenes que se despertaban a los albores de la democracia. Visceral, sin predicamentos altruistas, desarrolla una historia de hechos cotidianos, de sencilla trama rutinaria con un final que puede ser feliz como no. Como un recorte de una versión argenta de “Forrest Gump”, nos pasea por la mayoría de los escenarios y momentos icónicos de esos años: Prix D’ami, el Parakultural, Cemento, Boedo, Pompeya, Villa Soldati y sus laberintos “comerciales”, el mundial del 86, los goles del Diego a los ingleses, los cruces entre metaleros y punkies, la mafia de los adultos asomada siempre, agazapada.

El cierre perfecto sería dedicarle un par de adjetivos seminales para lo que consigue Mazzarello con los pibes de nuestra generación: empatía e identificación. Pero sería injusto como cierre.

Su literatura es más que eso, pero a lo mejor con un buen pase, lo entendemos mejor. ¿Apologista? No creo, pero se puede discutir.

Igual, mucho no importa, a fin de cuentas, no es otra cosa que un nostálgico desatado.

 

Un mogra no es un gramo (2014)

Autor: Luis Mazzarello

Editorial: Wu Wei

Género: novela

5 comentarios

  1. Dino Brontosaurio Dino Brontosaurio

    Que buena reseña Migue, no parás de superarte, me diste ganas de leer el libro.

    • Miguel Vilche Miguel Vilche

      Gracias Dino! La verdad que es muy interesante para revisitar una época con muchos matices. Abrazo!

  2. Luis Luis

    Me encantó la reseña: el autor.

    • Miguel Vilche Miguel Vilche

      Que grande Luis! Es importante que te haya gustado. Un abrazo y gracias!

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