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Reseña #496- Campo de condensación

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Por Joaquín Correa

“Lo que queda afuera, no hay por qué intentar nombrar: basta hacerle espacio. No es necesario ser original en relación al habla, pero se debe evitar ser poético de acuerdo a un uso esperable”, se decía a modo de introducción crítica a la selección de poemas de Eduardo Milán incluidos en el Medusario de Echavarren, Sefamí y Kozer. La antología que presentó en 2012 Espacio Hudson, Suramen. En el sentido de velamen (Una antología 2004-2011), podría imaginarse, en ese sentido, como una continuación del lezameano contexto del Medusario, heteróclita y dispar antología de poesía latino-americana aparecida en México por el Fondo de Cultura Económica en 1996 y reeditada por Mansalva en 2010. En uno de los textos introductorios, “Razón de esta obra”, el propio Echavarren explicaba: “Medusario es una tercera entrega, una ampliación considerable de otras dos: Caribe trasplatino, una selección bilingüe, español-portugués, que compuso Néstor Perlongher con traducciones de Josely Viana Baptista (Iluminuras, São Paulo, 1991) y Transplatinos, una muestra de poetas rioplatenses compaginada por Roberto Echavarren (El Tucán de Virginia, México, 1990). Según afirmaba allí Echavarren, los tres trabajos no debían ser pensados como antologías aisladas y autónomas sino como “entregas de una serie”, idea que, junto a la lista de los numerosos poetas – muchos de ellos activos todavía en el presente – que por cuestiones de espacio quedaron fuera del volumen, sugiere la continuidad y vitalidad del neobarroco, aproximándose así a las propuestas de un D´Ors, por ejemplo, en la trans-historicidad del barroco. Suramen presenta una reunión de textos que comienza allí donde Medusario se había detenido. Por una cuestión temporal, en principio y entonces, podríamos asociar ambas antologías en esa serie galáctica que imaginó Echavarren. Lo que, en un segundo momento, desnudaría la pregunta siempre algo incómoda sobre la actualidad del neobarroco latinoamericano.

La extensión de los libros de poemas sólo permite un exceso a los textos barrocos (porque en el exceso se definen) y a las antologías (porque escapa su constitución panorámica a la, por necesidad breve, búsqueda de intensidad que todo libro de poesía anhela). Así, las casi 200 páginas de Suramen no sólo disponen una selección importante del periodo inmediatamente reciente de la producción de Milán sino que también escenifican el exceso. Otras dualidades marca Antonio Ochoa en “Un camino que va dejando brasas: la poesía de Eduardo Milán”, prólogo de la antología. “La poesía de Milán coloca a quien habla en los poemas y a quien los lee, en un territorio donde es posible ver los dos mundos: el mundo del hombre y de la tierra, del escenario y del afuera, de lo interno y de lo externo”.  Y un poco más adelante: “De un lado, el pensamiento de la abstracción metafísica. Del otro, la realidad concreta de lo que hay. En sus poemas encontramos una preocupación por el presente y por lo presente, por la manifestación”. La poética de Milán, podemos adelantar, trabaja con el anacronismo: en el presente confluyen y se confunden los rastros y restos del neobarroco, la tradición literaria, los afectos, la política y la economía en lo cotidiano inmediato. El aquí-ahora aparece como el tiempo del acontecimiento: los surgimientos de elementos disruptivos sacuden el poema, lo conmueven al tiempo que lo concretizan y lo ligan aún más estrechamente al mundo. El poema acaba siendo un elemento en el mundo. En ese entre-lugar que se abre entre el anacronismo y el presente, entre el espacio-tiempo del poema y el del mundo, está la voz de Milán.

La dicción es barroca: “Hábil para nombrar, Hudson, / lo vio purpúreo por puro reo que era / el río vuelto tierra, no Hudsón, / inglés”. Ese es el primer poema de la antología, perteneciente a De unas palabras sobre el tema, de 2004. Los sonidos que se repiten y los juegos del lenguaje forman el vértice que estructura al poema y que se empeña en no concluirlo: “el poema que se suspende, nunca termina”, es el verso de un poema; “Lo importante es el remate, / dicen los maestros desdeñando el medio, / la vida misma, jugándose al final, / a la coronación del acto, a la corona, / reyes, virreyes, cancilleres, cosas de ayer / secándose el sudor. Pessoa dice no, / “la única conclusión es el morir”, dice Pessoa / y anuncia el poema del presente, el que no acaba / ni con el mundo, ni con el poema, ni con el lector / que lo espera desesperadamente con ansia / de redimirse en mí. Busquen a otro, / decía Carlos Martínez Rivas, yo no”, es el final de otro. La dicción es barroca; el tono, coloquial. “QUE NO HAY NINGÚN PELIGRO, / que la palabra permanece intacta / fuera de la persona”, empieza otro poema, cuyo verso inicial funciona a modo de título, en estos poemas sin título, por lo tanto no separados del resto, por lo tanto partes de un continuum, por lo tanto infinitos. El poema comienza recuperando otra voz, que permanece fuera del poema, pero que lo habita. El poema, entonces, es el espacio de reunión de voces o, mejor, de palabras: “El hombre pasa, la palabra queda”. De ahí que en Milán no haya una jerarquía de discursos y el espacio del poema sea el de la común-unión donde todo lo sagrado es profanado y donde lo profano es sacralizado. Ahora bien, ese espacio es un campo de combate arrasado, con trincheras abandonadas y el eco de los gritos aun intactos en el aire: la América Latina de Milán es la de la miseria que todavía le exige el poema a los sobrevivientes y a los abandonados. El poema, campo de condensación, le hace frente a la masacre, campo de concentración contemporáneo. El poema se define desde la pérdida; la pérdida es su punto de partida. La pérdida, la falta y las ausencias.

La iluminación, el toque de la campanita, la epifanía, el deslumbramiento: “lo repentino que gratifica”, eso, eso es también lo que persiguen varios de estos poemas en la intuición de la revelación que trae la frase feliz: “No es que una frase feliz desaparezca el mundo: / Lo transparenta”, se lee en un poema de Acción que en un momento creí gracia. En ese pequeño exceso está el don, la gracia, la dádiva que aun reside en el espacio arcaico y anacrónico del poema. Y así, de la intensidad a la claridad diáfana del día a día de todos los días se desplazan estos poemas que ya están empezados pero que anuncian que nunca han de cerrarse. “afuera, lugar de toda poesía / (…) / lengua de afuera / escrita adentro / sin adentro / -señala algo”, cierra uno de los poema de Dicho sea de paso, de 2008, y allí está, perfecta, indecidible, la poética de la voz de Milán.

 Suramen. En el sentido de velamen (Una antología 2004-2011)

Autor: Eduardo Milán

Editorial: Espacio Hudson

Género poesía

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