Miniaturas- Indio Solari y la literatura según sus memorias


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Por Diego L. García

Los que hemos seguido la carrera de Los Redondos y de Indio Solari siempre hemos reparado en la brumosa relación entre las letras y cierta línea literaria. Más con la incertidumbre que depara la belleza sin exageraciones que con certezas de fácil deglución. Hipotetizando, por ejemplo, conexiones entre la escritura solariana y los beats, los poetas malditos, el cómic y algunas vertientes del policial negro. Pero nunca hasta ahora, que Marcelo Figueras ha transformado en libro una larga serie de conversaciones con Solari, estuvimos tan cerca de tener fundamentos para pensar ese vínculo. A lo largo de estos Recuerdos que mienten un poco (Sudamericana) no son pocas las veces en que el diálogo aborda la cuestión literaria, ya sea con respecto a las canciones, a la obra textual o a las influencias del artista.

“En una primera época me sentía más cerca de la literatura. La poesía que leíamos en el colegio no me decía nada, obvio: ese regodeo en torno de la palabra, el barroquismo al cual el castellano tiende naturalmente… Encima había que aprenderse unas historias épicas medio pelotudas. Nos encajaban al Arcipreste de Hita, el Cantar del Mío Cid

Los que me atrajeron fueron ciertos textos en los que el silencio parecía importar más que lo dicho. Me interesaban las sombras que producían ciertos versos; la línea que faltaba, por encima de la que estaba; los textos que te invitaban a que los completaras en tu cabeza.

Por eso me fascinaron los haikus, esos poemas de los japoneses que sugieren un universo entero en unas pocas líneas: porque trabajan con la ausencia, con aquello que no está dicho, que no puede ser dicho por los versos. Para mí el primer objetivo de la poesía es conmover. Todas las destrezas que uno posea como escritor deben estar supeditadas a lograr ese objetivo”.

Esta referencia al haiku (y a la escolarización de un período histórico poco afín a la creatividad) nos presenta un modo de concebir la relación entre escritura y vida. La posibilidad de surfear un presente con toda su densidad, sin artificios de más, es la clave del haiku y de la poesía que por entonces empezaba a mirar hacia Oriente (el libro ya arranca con un epígrafe de Jack Kerouac).

“No creo mucho en el asunto de las musas y la inspiración divina. En todo caso hay que estar atento, abierto e invocándolas, porque si cuando pasan estás pelotudeando, cagaste. La poesía que me interesa es la que no se agota en el tiempo”.

El tiempo es una constante en el libro, como lo es para todo artista. Y tal vez sea la materia fundamental del pensamiento poético, considerando por supuesto las formas de escapatoria, las puertas que cruzan las percepciones de un lado a otro, las experimentaciones en busca del otro lado para quebrar la linealidad de las estructuras que nos automatizan sin descanso. Vale la pena reparar en este comentario: “Para mí la vida es el presente. Cuando escribo no busco caerle bien a la gente sino la transformación metafísica mía, lo que cambia en uno al hacerlo”.

“A la hora de narrar hay distintas aptitudes. Todos los escritores son especialistas en algo. Yo soy de prenderme a todos los pensamientos que me llegan, no los ahuyento, les doy su oportunidad. Para eso debés tener una psiquis entrenada, claro, porque de otro modo vivirías aturdido. Por eso no soy de la clase de tipo consecuente que hace falta para armar un relato de largo aliento. Enseguida aparecerían cosas que me entusiasman más y me iría para ese lado, empezaría a jugar con otro viaje”.

Ese gesto de no ahuyentar los pensamientos que llegan, de valorar lo imprevisto, de confiar también en aquello que excede al control de quien escribe es unos de los surcos más notables del estilo de Solari. Surcos por donde corre su mejor caudal, sus enigmáticos monumentos con forma de canciones. “La poesía no se tiene que agotar nunca, debe ser enigmática”, señala y reformula en varios pasajes del libro.

“El que escribe poesía es uno mismo, sin muchos disfraces. El que escribe cuento también es uno mismo, ante su imaginación controlada. El que escribe una novela tiende a perderse dentro de ese universo nuevo que se va desplegando, descontrolando ante sus ojos. Yo no sé cómo hacía Dostoievski, por ejemplo, que escribía novelas de mil páginas, para acordarse del nombre del caballero que aparecía mencionado una vez sola en una línea del capítulo veintitrés, cuando andaba persiguiendo a una princesa.

En mi adolescencia y juventud escribí, sí, pequeños cuentos que eran más bien humorísticos, como chistes largos. Ahí la primera y la última frase eran muy importantes, la clave de todo. Pero algo largo como El delito americano, esa narración que vengo construyendo desde hace décadas, sólo puedo acometerlo por acumulación”.

¿Qué entiende Indio cuando habla de ser “uno mismo”? Sin apelar a gurúes que no sintonizarían con la frecuencia de lo que tratamos, podemos pensar en un ars poetica basada en el autoconocimiento y la supresión de las barreras materiales. Lejos de ser un síntoma sesentista de aquellxs flipadxs por el shopping disco zen, el esencialismo resulta un espíritu de síntesis ético-poético. Esto es transversal a toda su obra y en todos sus formatos.

Música y literatura, letras y poesía. Ideas que muchos críticos se han encargado de separar, de aislar en laboratorios evangelizadores, pero puestas en crisis cuando Bob Dylan recibió el premio Nobel de literatura en 2016. Sobre este asunto también opina Solari con la autoridad de quien ha montado (casi) todos los containers del arte: “La belleza es una cosa tan subjetiva… ¡Pero el Nobel se lo tendrían que haber dado a Leonard Cohen, antes!”.

 

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