Reseña #651- Poder decir adiós es crecer


 

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Por Coni Valente

“Si permaneces demasiado tiempo en un mismo lugar, serás juzgado”. Esa es la cita con la que uno se encuentra al abrir Los boludos de la lluvia de Dafne Mociulsky. Y así arrancamos, porque de eso se trata: permanecer.

En la música sería más fácil encasillar este relato de Dafne, sería rock barrial, sin lugar a dudas. En la literatura, es un poco más complejo ya que el sonido no existe, aunque en este libro un poco sí.

Con todo esto de la modernidad y los millenials, los “chicos country” y otros inventos de estos tiempos, nos olvidamos un poco del origen, de lo que era “lo común y habitual”. No hace mucho tiempo decir que eras de barrio te convertía en cuasi uno más entre los mortales, luego decirlo se convirtió en snob, pseudo vintage. Y ahora, ¿ahora qué es? Dafne camina por esas sendas, desempolva a través de un grupo de amigos insertos en su hábitat natural, o mejor dicho, en el único que conocen.

Alrededor de la historia de Iván, Fredo, Broche, Goku y Sonia se halla todo ese folclore que los circunda, ese espacio que los contiene, pintoresco y a la vez real.  Casas bajas, la cuadra con sus vecinos, cada uno adoptando un rol específico dado por la configuración natural de la historia particular y las interrelaciones vecinales clásicas. Desde este punto de vista, la novela es vistosa, pero como cada narración tiene un trasfondo que no lo es tanto y que solo se descubre hurgando entrelíneas. El concepto de superación está presente de punta a punta, sin renegar del todo de lo primigenio que define a cada uno de nuestros protagonistas pero ahí está adormecido entre las letras. Levantarse cada día viendo el amanecer por la misma ventana, desayunar y salir a la calle viendo al bajar la vista, esas mismas baldosas y caminar por idénticas veredas  soñando despierto con que lo que ven nuestros ojos cambie alguna vez, puede transformarse en una carga muy pesada.

De algún modo esa forma de estancamiento es lo que se encuentra en el reverso de esta historia. Quedarse, permanecer es no crecer. No cambiar, ni evolucionar es hallarse detenido e indefectiblemente es sentir frustración al mismo tiempo que se sigue viviendo igual. Mientras tanto, los días transcurren, hay intentos de salirse de ese camino signado pero son vanos, y hay entonces esperanzas siempre cercenadas.

Realmente no sé si fue la intención de Dafne o no, pero de algún modo trato de encontrar un paralelismo entre la lluvia y la perpetuidad de un barrio, de una forma de vivir “barrial”. Y sí, la encuentro. La lluvia siempre es igual por los siglos de los siglos, sean cuales fueran los ojos que la ven siempre son gotas cayendo del cielo y aquí, en este relato, sea cual fuere el barrio y sean o no este particular grupo de amigos, da igual, siempre estarán ahí esos que permanecen, siempre estarán los rituales, los códigos, las contraseñas. Queramos o no, y aun en contra de nuestra voluntad, volverá a llover, así como ese almacén, el techo de tejas, la vieja de la esquina, o el quiosquero del barrio serán parte de nuestro ADN, nos configurarán como personas y aunque ciertamente como Ivan, Fredo, Broche, Goku y Sonia queramos escapar en nuestra mente y madurar y crecer yéndonos, siempre es nuestra identidad.

En Los boludos de la lluvia, la autora trae a la reflexión, esta idea de que irse es madurar y yo me pregunto ¿es así?   

Los boludos de la lluvia (2017)

Autora: Dafne Mociulsky

Editorial: Emergencia Narrativa

Género: novela

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