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Reseña #318 – Un Golem modelado con polvo de estrellas

burkett

 

Por Pablo Martínez Burkett

Leí “LA ETERNIDAD DE LA ROSA – Adiós para siempre, por primera vez” (Hojas del Sur, 2016) escrito a cuatro manos por Gabriel Moschitta y Laura González Roma.

Para evitar la perfidia del spoiler me ajusto a la que se puede leer en la contratapa. Allí se anuncia que un joven sufre la posesión de un espíritu que a través de los sueños le induce a vivir las vidas de otras personas y que Fabio Zerpa (sí, sí, ese Fabio Zerpa) se las arregla para sanar al atribulado soñador con el auxilio de la hipnosis regresiva, chamanismo, psicografía y un poco de psicología. El aquelarre empieza en el cerro Uritorco, sigue por los Valles Calchaquíes, Buenos Aires, Mendoza, Misiones y finalmente, se resuelve en el Valle de los Espíritus en Perú. Y como el que dirige el asunto es Fabio Zerpa (sí, ese, no insista) también tenemos la irrupción de seres extraterrestres con su mensaje de paz, amor y buenas ondas.

A decir verdad, la novela de Moschitta y González Roma cumple con lo que promete. Porque todo eso sucede y más, inclusión sea hecha de bastante (♫) “I love you, Molly, I love you” (♫). No falta nada. Es fácil de leer, amena, con sutiles pasos de comedia y actores muy bien delineados. Entremezclar personas de la vida cotidiana con personajes de ficción y sucesos históricos con torsiones fantásticas facilita el tránsito por el difuso borde de lo real y lo ilusorio.

En efecto, la acción se centra en este compungido soñador de vidas pasadas y el obrar de nuestro experto en entidades alienígenas que, mediante la sofrología, lo asiste en la liberación de sus males. También aparecen chamanes diversos que, con sus conocimientos ancestrales y la ayuda de cierta sustancia milenaria conocida como “la soga de los espíritus”, inducen al afligido a estados modificados de conciencia que se representan como un vertiginoso carnaval de visiones, emociones y experiencias extrasensoriales que culminan con la sanación catártica. Y para que no todo sea superchería y curanderismo, varias veces se enuncian conceptos de física cuántica y psiquiatría, lo que en su conjunto le confieren verosimilitud a la aventura fantástica. Entre medio, se desgranan un par de historias de amor que son eco de otras que atestiguamos con cada sueño inquietante.

La temática abordada amerita una pequeña digresión, sobre todo para los que no están familiarizados (o recelan) con este asunto de las vidas pasadas. Para ser breves, citemos que ya en los Upanishad, conjunto de libros sagrados del hinduismo, se predica la regresión a las vidas pasadas como método de conocimiento y sanación. Desde entonces se fueron acumulando capa tras capa hasta confeccionar un sincretismo, hospitalario de distintas creencias que, grosso modo, postula que los procesos vitales compartidos hacen que las personas se reencuentren a lo largo de varias vidas para completar un aprendizaje común y concretar así un crecimiento evolutivo. No solo somos todos los que fuimos, también vamos en alegre montón con todos los otros que fueron y siguen estando a nuestro alrededor. Para bien y para mal.

Y justamente, la “LA ETERNIDAD DE LA ROSA” trata de este progresivo descubrir(se) con un pulso narrativo que sabe ovillar y desovillar la trama hasta que la tensión alcanza su momentum de forma muy lograda, en una circunstancia que puede ser leída en el plano lo concreto, digamos la física de Newton, pero también en el plano de lo posible, digamos la física cuántica (es claro que admite otras muchas lecturas pero como ni de cerca soy experto en ninguna de ellas, me remito a anotar lo poco que sé).

Y entonces llega el grand finale. Es probable que como decía Juan Carlos Borges, “… la solución del misterio siempre es inferior al misterio. El misterio participa de lo sobrenatural y aun de lo divino; la solución, del juego de manos” (Borges, “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”, El Aleph). No descarto que la idea de rendir tributo a un ídolo haya sido el disparador y con ese cometido se haya preordenado todo lo demás. Pero a mi modo de ver, no sé si beneficia al sustento de la narración (quiero aclarar que soy un fanático intransigente del personaje convocado para cerrar la historia). De cualquier forma sería algo perdonable porque todos nos pasa. Haga el ejercicio de pararse frente al espejo y pregúntese quién fue (quién le hubiera gustado ser) en sus vidas pasadas. El narcisismo mal resuelto que todos sufrimos nos impondrá la reencarnación de héroes, próceres, emperadores (ponga aquí el título que le dicte su megalomanía esquizofrénica). Pero la ley de los grandes números y una dosis de lógica deberían persuadirnos de lo contrario. Y aunque usted no crea en la unicidad del alma navegando de edad en edad por la multiplicidad de los cuerpos, piense simplemente en su mera existencia. Usted no es Mickey Rourke ni yo Kim Basinger. O viceversa. Somos el vecino, con su patética vida miserable. Y en este sentido, la peculiaridad de ciertos antecesores que se van presentando a lo largo de la novela me resultó algo incómoda y sobre todo, más allá de mi idolatría, me fastidió al llegar al final.

Pero prescindiendo de mis gustos personales creo que “LA ETERNIDAD DE LA ROSA” del binomio Moschitta y González Roma es una lectura por demás de recomendable. Una historia muy bien contada que postula algo que si por extraño no menos bello: somos el golem que sueña una divinidad dormida. Pero lo novedoso radica en que soñador y soñado son la misma persona. Uno mismo.

Al cerrar el libro, uno chapalea feliz en esa disolución de la alteridad y con esperanza recita aquel verso, también de Juan Carlos Borges que dice: “Si (como afirma el griego en el Cratilo) / el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Quizás en nuestro nombre estén todos los nombres que hemos sido y todos los que serán. Que así sea.

 

Título: “La eternidad de la rosa – Adiós para siempre, por primera vez”

Autores: Gabriel Moschitta y Laura González Roma

Editorial:  Hojas del Sur, 2016.

Género: Novela

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