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Reseña #814- El vacío como poética

SATIE-1

 

Por Adrián Ferrero

    De este libro, que es ante todo un dispositivo inteligente, radicalmente original, recorto una frase que me sirve como definición de su poética: “A lo sumo, enamórese, como yo, del vacío”. Este vacío al que alude en primera persona un Erik Satie imaginario (o no tanto), es la punta de un cabo que evidentemente hay que atar. La de alguien que hace de ese vacío su razón de ser, su razón de  existir y su propia compañía. También su morada ¿En qué consiste “estar enamorado del vacío”? Quizás percibir bajo la nada la necesidad de colmar un pentagrama de modo arrobado. O, más aún, la de, mediante una serie de arrebatos de la pasión (que luego se organizarán según un código) padecer los sinsabores del amor encontrándolos en las ceremonias de la compañía intensa del trabajo (aunque eventualmente también exista una amante, circunstancia que -ahora que lo pienso- quizás refuerce esa  hipótesis). La amante remite a la satisfacción pasajera pero también remite al no compromiso. A la falta de estabilidad. Y quizás Satie haya tenido mucho de esa emoción en su vida. Quiero decir: haya hecho de la inestabilidad un suelo delicado en el cual procurar hacer pie (no siempre con éxito) pero sí consiguiendo una reputación definitiva. Simultáneamente, el vacío, en tanto algo que debe ser colmado como condición de existencia para un sujeto, supone una cierta operación de trabajo y de gasto psíquico. Quizás el mismo que le otorga, mediante la exigencia, sostener su talento.

    Objeto Satie, título que es parcialmente tomado de la sección titulada “Interludio Man Ray”, consiste en un pensamiento que el libro le atribuye a este artista mientras compone su su obra “Plancha con clavos”, que ensambla por la noche, luego de un supuesto diálogo con el músico siendo éste aún un joven. De modo que recorremos su biografía también en diálogo con texturas, sonidos, tonalidades, imágenes plásticas y, me detengo en este punto con especial cuidado porque existen superficies, bordes y un interior que probablemente en tanto que, por ejemplo, caja, remite a una cierta clase de vacío, ha de ser colmado. Metáfora última del sentido que reclama su condición de existencia y, en términos ideales, su condición de excelencia.  

   En el libro conviven tanto el código verbal (el monólogo de Satie naturalmente, con algún interludio de su amante), con el visual: imágenes, pictogramas, fotografías, pinturas, pentagramas, entre otros. De modo que, efectivamente se trata de una combinación de códigos de distinta índole que no encaja en ninguna de esas disciplinas en su especificidad. Las combina y he ahí, me parece, donde estriba precisamente su carácter de naturaleza más disolutoria.

    Erik Satie fue de misteriosa vida privada, esto es, de identidad de contornos inestables en tanto que sujeto, porque nos obliga a utilizar la imaginación más que disponer de la certeza para cartografiarla de modo definitivo. Hay más de connotativo que de denotativo en la construcción de sujeto de Satie. Este punto de naturaleza especulativa resulta para Negroni uno de los puntos más atractivos para hacerlo objeto (precisamente) de un libro. Satie nos habla en una narración en un monólogo en primera persona en una disposición clara junto con, de tanto en tanto, la mencionada amante a la que llama Biquí y a quien regresa a través de apóstrofes, cartas y declaraciones. Esto constituye el componente más jugoso para Negroni. Satie es esquivo y es un enigma o, quizás, un secreto que también, parcialmente, según la exquisita poética de Negroni ha de permanecer intacto si aspira a la eficacia de su poética. El magma perfecto para ficcionalizar a Satie, formulando una narrativa de artista. Porque esa narrativa constituye una narrativa que ficcionaliza, mediante operaciones complejas y siempre con estrategias cuidadosamente selectivas, persiguiendo énfasis y acentuando ciertas intensidades, para afectar a quienes lean (miren) el libro de una manera de deliberada. La “silueta Satie” que María Negroni dibuja busca un efecto que no necesariamente coincide con el que produce ni, menos aún, con la que tuvo lugar, porque toda escritura lo ignora todo (o casi todo) de su recepción. Y la escritura de Negroni suele ser del abismo.

    Este libro prodigioso dialoga con las grandes vanguardias históricas del siglo XX , lo que lo vuelve un monumento imaginario y una pieza en cierto sentido también de especulación documental. En tal sentido, deambulan por su textura figuras de existencia constatable que en la narrativa de autor realizan ciertos actos que otorgan al diseño del libro una cierta arquitectura, la que Negroni aspira. En tanto que estratega se revela como una magnífica hacedora. También este obra libro nunca deja de ser especialmente creativa porque a partir de la erudición (pienso que en ocasiones quizás hasta apócrifa, jugando con los referentes) pero también de operaciones de reelaboración un constructo disolutorio. En su imprevisible brevedad hay una profunda condensación de sentidos con secretos que no se revelan sino que se solapan o acrecientan más aún. Y esos secretos en relación a esa condensación hace que sean más filosos. En efecto, la estrategia de Negroni es la de la estocada. Un listado (incompleto) de las partituras mayores del músico, rigurosamente fechadas, constituye la invitación perfecta ya no sólo a la lectura, sino a la escucha y a la mirada atentas de su pentagrama traducida en una poética musical que Negroni hace confluir en bajo la forma de libro/objeto. Todo el libro puede ser leído, en su carácter significante, como una gran pieza de música de cámara siempre de carácter experimental.

    Un epílogo de Pablo Gianera informa, razona, historiza, traza genealogías y procura lo imposible: definir lo que sabe indefinible. Ensayar la narrativa de dos artistas. Entre todo ello, también dar cuenta de cómo dos sensibilidades fuertes, en ocasiones, desean el contagio. Dos semejantes van al encuentro la una del otro. Este libro sutil, sofisticado y también, por qué no decirlo, en un punto, tan extravagante como en su singularidad lo fue Erik Satie junto con su obra toda (incluso la escrita), es la pieza de un museo exquisito o de una galería de artista, libro/objeto en todo caso. María Negroni vuelve a demostrar su inconformismo a la hora de acatar ciertas normas, motivo por el cual procede a realizar lao operación antónima: la del desacato. Ello la sitúa entre las creadores más potentes con capacidad de revisión de tradiciones literarias y renovación de poéticas para establecer desvíos, cruces, préstamos, pero también disidencias. A ello es habitual que apueste. A la insurrección y a la iconococlastia.

 

Objeto Satie (2018)

Autora: María Negroni

Editorial: Caja Negra, Colección Numancia, Epílogo de Pablo Gianera

Género: Ni biografía, ni ensayo, ni narrativa convencional

 

 

Complemento circunstancial musical:

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