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Reseña #110- El inicio de nuestro por-venir

semana tempestad-5

 

 

Por Joaquín Correa

I

Copi, Raúl Damonte, nació en Buenos Aires en 1939. Su padre, Raúl Damonte Taborda, tuvo una prominente y controvertida actuación política; también era pintor de talento. Su madre era la hija menor de Natalio Botana, el legendario fundador y propietario del diario Crítica; la esposa de éste, Salvadora Onrubia, anarquista feminista, fue dramaturga y tuvo influencia sobre su nieto”, así comienza el imprescindible Copi, de César Aira. Con una genealogía. Genealogía de la que nosotros, esmerados amantes de los precursores y anti-dialécticos, recuperaremos sólo un momento y dentro de ese momento, una determinada fracción de tiempo. La exploración del tiempo ha fascinado a tantos y tantas en ese extraño pasaje de siglo XIX a XX. Pretendamos esa obnubilación.

II

Mariana Docampo ha dirigido la colección Las Antiguas. Primeras escritoras argentinas. Su deseo y voluntad está registrado en un breve prefacio u advertencia. La arqueología será su método. Re-leer la historia literaria argentina y detenerse en aquellas obras escritas por mujeres que – por pereza, inercia o profusión de prejuicios no han tenido su fortuna, quiere decir: su sobre-vida – han sido no sólo condenadas sino dejadas a merced del olvido y del margen será su norte. Lo que está poniendo en tela de juicio son, precisamente, los parámetros del canon y la tradición, para, volviendo su mirada hacia el pasado sin perder su percepción de los tiempos presentes y futuros, ángel estrábica, hacer material la posibilidad de una escritura de la diferencia con otra historia, con otra forma, con otra materialidad. Las primeras escritoras argentinas, pues, no deberían haber sido las únicas ni las últimas, no está diciendo Docampo. Y también Copi.

III

La edición conjunta de Almafuerte (de 1913) y El libro humilde y doliente (1912 y 1918), de quien fuera “una maestra de niños campesinos”, tal y como fuera presentada en numerosas oportunidades, es decir: de Salvadora Medina de Onrubia, fue organizada por Lucía de Leone, que llevó adelante un trabajo dedicado, erudito, cuidado y afable que se manifiesta no sólo en el extenso prólogo, sino también en los apéndices y las notas a ambos textos. La persona de Salvadora, sin ninguna duda, es atractiva: maestra rural, anarquista, feminista, millonaria, mala madre, mujer despechada, empresaria, adicta al éter, abuela de Copi. La mujer mítica, la mujer de las mil caras. Acercamientos a su vida ha habido varios; muchos de ellos, sin embargo, a partir de la vida de los otros, detalle de color, mero apéndice. Aún hoy, y a pesar de la profusión de adjetivos que cosechó su bio-grafía, no ha logrado la autonomía suficiente como para ser tomada en serio. La potencia de su vida ha sido devorada por la vida de los otros. La potencia de su vida ha sido desactivada, diluida. Vida y obra, así, inseparables en su génesis y desarrollo, pasaron a ser tan sólo una rareza en los anales de los periódicos, en los archivos de la tradición literaria, en un párrafo inicial de un libro sobre Copi. “Las mujeres nunca jamás dijeron ni quisieron recordar los hechos de su vida que en su alma y en su carne fueron verdades imperativas y que les formaron el alma y carne. Siempre son “pecados” y de eso no se habla”, declaraba Salvadora en un texto autobiográfico que precedía la publicación de uno de sus relatos en una antología de cuentistas de 1929. Quien desde la representación de sus textos teatrales se empeñó en divulgar las ideas anarquistas, podemos intuir, no tendría miedo alguno de sacudir un poco el moho de las instituciones literarias. “Salvadora Medina Onrubia – ha dicho Lucía de Leone – se perfila en nuestros días como una nueva alternativa a la hora de rastrear en la tradición argentina ejemplos de otras mujeres que negociaron sus tiempos entre la escritura literaria, la práctica periodística, la militancia, y también la vida privada”. Si por fin considerásemos una vida no a partir de los parámetros liberales-capitalistas de la pérdida y la ganancia sino a partir de la felicidad del derroche del potlach, en Salvadora Medina Onrubia hemos de señalar uno de nuestros tótems.

IV

La distancia histórica no nos permite demasiada piedad con los textos de Onrubia. Podemos descubrir en ellos algunos clichés propios de la época: la sensibilidad pre-racional de la mujer, la lectura del cuerpo del otro a partir de los factores hereditarios y fisionómicos, la confianza en el realismo como instrumento de denuncia (por lo tanto, la sumisión de la literatura a un fin pre-determinado). Sin embargo, esta lectura es aplicable a varios colegas de su generación y, sobre todo, a aquellos partidarios de los fines represivos del Estado hacia todo lo diferente. Debemos, por ello, no permanecer en una condena lisa y llana de los textos sino en una lectura que, trayendo aquella escritura al presente, pueda decirnos algo.

Lo que se advierte, en ambos textos, es un desmedido afán por afincar la voz de la escritura en la sinceridad y la honestidad. Se dirá que esas cualidades fuera están de lo literario. No obstante, la permanencia en una zona de ingenuidad disconforme resulta molesta por el simple hecho de ganar mayor potencia en su insistencia. Ese modo de decir, por ejemplo, la salvará de la pedagogía y la moralina de quienes confiaban en un exceso de realismo la corrección de la degeneración social.

V

Almafuerte es una obra teatral con un poderoso substrato anarquista. Las desgracias van se sucediendo y acumulando en una familia de constitución predominantemente femenina. Del rigor del trabajo se pasa a la falta de trabajo por el descubrimiento público de la enfermedad (tisis) de la una de las hijas, a lo que se suma el exilio de la pareja (Arturo) de la encargada de llevar la casa adelante (Julia) por la persecución policial y política de sus ideas e ideales anarquistas. La tragedia se precipita sobre la familia que comienza a disgregarse en la pobreza y los trabajos poco dignos. Pese a exponer la injusticia de la situación y a la presencia de varios monólogos profundamente políticos, Almafuerte no es una obra de tesis. Es una tragedia al estilo griego: el destino guía el devenir de los hechos. La división social y la pobreza que le ha tocado en suerte a esta familia hacían no sólo posible sino previsible tal desenlace de los hechos. El anarquismo, en ese sentido, aparece en el horizonte como un reparador de los daños, como una solución algo ajena y extraña al cuadro así presentado. El anarquismo, parecen querer decir estos personajes, es tan sólo un ideal.

La situación está colocada en el ámbito privado dentro de la ciudad. La casa es una caja de resonancia de lo que sucede allá afuera. La casa, último reducto de la pobreza y la enfermedad, es la evidencia de la imposibilidad dentro de ese estado de fuerzas que es la sociedad capitalista de la dicha y la felicidad para todos sus habitantes.

Más que una obra costumbrista, Almafuerte es un fresco de época, una aguafuerte de tonos oscuros de la época de la Ley de Residencia. No hay, en ese sentido, personajes que no pertenezcan a las clases más humildes. El terror no tiene cuerpo más allá de los chismes y habladurías de las vecinas. El amor no es un sentimiento permitido a los pobres. El amor es ocio, impide la producción y está fuera de las posibilidades de una larga jornada laboral: “Eso del cariño se deja para las ricas”, dice Doña Braulia. El trabajo no dignifica ni libera. El trabajo oprime.

VII

Otra era la visión en El libro humilde y doliente. Cuentos situados en el ámbito rural sin ningún tipo de idealización: lo rural se define en la extrema pobreza, la indigencia y los intentos desesperados de supervivencia. Los relatos, confiesa Salvadora en su prólogo, han salido de lo más honesto de su alma y están afincados en lo real. Son, entonces, crónicas de los humildes. En ellos no hay reparos: lo brutal, truculento, sucio y denso surcan sus páginas. La muerte y la enfermedad son los parámetros que definen a casi todas las vidas narradas. Los protagonistas son sujetos marginados (y no marginales) y la voz del relato oscila entre la compasión algo distanciada a pesar de la empatía y la condena a la reproducción de los males hereditarios del vicio. De la pobreza no hay salida digna: la enfermedad y la muerte de un lado, el devenir “ladrón, asesino o más bestia salvaje que hoy”, del otro.

A pesar de que bien otro sea su propósito, mucho más cercano a una transformación radical del orden existente a partir de la implementación de la sociedad anarquista, la variedad de los personajes retratados en los cuentos hace de El libro humilde y doliente un fresco de los monstruos aquejados por los males del margen. La historia de la sangre pobre está definida en una historia común de “trabajo, enfermedades, vino, dolor y miseria”. La potencia del pobre, va a decir en el que tal vez sea su mejor relato, “Lorenza”, una durísima crítica a la educación religiosa, se encuentra en su potencialidad de traer hijos y más hijos al mundo, “las más grandes bombas de dinamita” arrojadas contra la vida. Como lo dirá más tarde Solari, esas bombas se dirigen a implosionar al mundo desde adentro. Bombas de dinamita humana y bombas de dinamita rojas de anarquismo: Salvadora no parece confiar en una solución pacífica de las desigualdades e injusticias sociales.

VIII

Hay una figura maravillosa en estos cuentos: la de Don Hilario. Personaje excéntrico en el que bien podría leerse toda la tradición argentina. Uno de los últimos gauchos criollos, previos a las perversiones del compadrito urbano y del gaucho agringado, su cuerpo es la historia del dolor y el esfuerzo por el trabajo diario. Ha visto a todas sus hijas morir de tuberculosis. Su soledad es inmensa. Nada, sin embargo, le otorga la benevolencia de sus pares: es un extranjero, ha nacido fuera de la patria. Es algo menos que un perro: es un malvinense. ¿Cómo llegó un hombre nacido en las islas del Sur a un pueblito perdido del Litoral? No es argentino según sus vecinos; no es inglés según su sentimiento. En esa figura extraña, Medina Onrubia pudo haberse salido del maniqueísmo que tanto le reprocharon sus críticos contemporáneos. En este gaucho sin patria podremos encontrar ahora nosotros el inicio de nuestra tradición por venir.

Almafuerte y El libro humilde y doliente (2015)

Colección Las Antiguas

Autora: Salvadora Medina Onrubia

Editorial: Buena Vista

Prólogo: Lucía De Leone

 

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