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Reseña #363- En el límite fulminante de la luz y las tinieblas

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Por Pablo Martínez Burkett

Leí Siempre hay alguien a quien matar (Editorial Revólver, 2015) de Guillermo Orsi. La contratapa anuncia que es una novela negra. Tratándose de Orsi no debería asombrarnos. Pero también podría ser catalogada como policial argentino, vertiente local que por sus notas tipificantes ha logrado eludir la condición de literatura menor con la que se destrata al género en otras latitudes. En estas pampas australes resulta uno de los andariveles más transitados por una diversidad de autores. Es cierto que no son frecuentes los razonadores como el Chevalier Dupin, Sherlock Holmes o Monsieur Poirot ni rompe-huesos como Sam Spade o Philip Marlowe, por nombrar a los clásicos de ambos subgéneros pero no es menos cierto que en la mitología vernácula se opera una torsión para que la labor investigativa esté a cargo de peluqueros, periodistas, libreros o cualquier otro que no sea un numerario de las fuerzas del orden cuya infamia los priva de toda credibilidad. En esta novela el protagonista es Francisco Paco Molinari, un escritor nihilista, desorientado y al borde de la quiebra (quizás sea pariente de aquel Molinari, pero Aquiles, que visitaba a don Isidro Parodi).

Como bien anuncia la solapa, Guillermo Orsi es una de las voces del policial argentino. Da testimonio la pluralidad de premios recibidos durante los últimos treinta años: Premio Emecé 1978 por El vagón de los locos; Premio Umbriel de la Semana Negra 2004 por Sueños de Perro; segundo Premio UNED por Noches de Pelayo; Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona por Nadie ama a un policía; y Premio Hammet 2010, Semana Negra de Gijón por Ciudad Santa y Fantasmas del desierto que ha sido nominada al Premio Hammet 2014. Los personajes que hospeda su vasta obra eluden cualquier maniqueísmo. Más bien fomentan el claroscuro. Uno nunca sabe si militan del lado de los buenos o si hay que poner una cruz en la casilla de los malos. Algo de eso se nos deja entrever la novela que aquí reseñamos cuando dice: “Así se mira a los fantasmas, pienso: en el límite fulminante, único irrepetible, entre la luz y las tinieblas”.

Siempre hay alguien a quien matar se divide en cinco partes y un epílogo. La primera titulada: “Por los ojos de la noche mira el diablo”; la segunda: “Pero la muerte dobla la apuesta”; la tercera: “Suele ser tarde cuando los muertos se despiden”; la cuarta: “Impostadas voces, cadáveres de arena”; la quinta: “La verdad nos traiciona siempre” y el epílogo: “Para eso sirven las cartas de amor”. Repasemos el argumento de hasta donde se puede contar.

En Los Médanos, una ciudad de la costa balnearia, mataron a una mujer. Alguna vez Molinari la amó. O al menos, eso le dicta un recuerdo que lo hostiga. Tanto como para volver a la pequeña urbe de viejos y perros abandonados. Se lo pidió la hermana de la víctima. Lo recibe una lluvia impiadosa. No será el único temporal. El invierno no ahorra crueldades. Además de Molinari, la malograda y su hermana, en la novela hay otro triángulo basilar: el comisario Bermúdez, el doctor Calzada y por supuesto, Paco. Entre los tres se sostiene la acción pero sobre todo, se suscitan los diálogos más desopilantes y esclarecedores. En el policial clásico hay alarde de vanidosa inteligencia. Aquí si hay alarde de algo es de cinismo: el comisario es un cínico que incita al forastero a hacer lo que él no puede (o no quiere). El médico forense es un cínico que ha visto todas las máscaras de la muerte y el escritor, un cínico que deja que la realidad la escriban otros. Y por si faltaba algo, hay una compañía teatral ambulante que representa una mala versión de Macbeth. Y políticos corruptos, policías igual de infectos, muchas balas y no pocos muertos.

Creo que uno de los hallazgos de esta novela reside en que, si bien estamos frente a la historia de un asesinato, la lateralidad de una existencia fracturada e incrédula va ganando el centro de la narración. Porque bajo sucesivas capas de crímenes, corrupción, traiciones y hastío subyace una historia de amor. O la necesidad de creer que se tuvo una. O la restauración del amor como pacificación de la propia existencia. Al menos Paco se aferra a eso. Pero el destino es un tahúr.

Por eso, la novela es un truculento deleite desde la frase de apertura hasta el punto final. Borges decía que “la organización y la aclaración, siquiera mediocres, de un algebraico asesinato o de un doble robo, comportan más trabajo intelectual que la casera elaboración de sonetos perfectos o de molestos diálogos…” (Borges, Jorge Luis. “Leyes de la narración policial”). Y en este sentido, Orsi hace un trabajo de digna composición. La elaboración de los personajes es potente y la construcción de la intriga provoca adicción. Y el grand finale es un gancho al hígado.

Si le gustan los policiales, si le gustan los policiales con sabor local, si le gusta una novela bien escrita, de esas que lo mantiene toda la noche despierto, ya sabe.

Siempre hay alguien a quien matar (2015)

Autor: Guillermo Orsi

Editorial: Revólver

Género: novela

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