Reseña #632- Después de los gusanos


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Por Lucía De Leone                                                                                                  UBA/UNA/ CONICET

Corría el 2014. A raíz de un importante coloquio en Rosario titulado “Ficciones en transición”, al que, por esas cosas de la vida, había sido invitada a participar como panelista, recibo un inbox -diría semi amable- del por entonces “0 Molina”, quien era parte de las cumbres organizativas. Yo conocía a este personaje mediante Facebook y porque tenía referencias suyas como “el pibe que venía del campo y era la promesa de las Letras rosarinas”, pese a ser cordobés, del pueblo sojero Leones exactamente. Había escrito una tesis brillante sobre mercado y literatura de la que mi directora había sido jurado y me dijo: “Lucía, esta es una tesis modelo”. Me la pasó, me la hizo leer y me hizo desmontar las estrategias de presentación. 

Lo seguía en las redes como el “loco de la paloma”, como el chico ese que con tan solo una treintena de años concursaba y ganaba un cargo de adjunto, como el gran provocador, diría casi un DT del Facebook. Pero también como el que posteaba largas parrafadas, intensas, bien escritas, no menos adorables por revulsivas, que sin dudas, me decía a mí misma, era literatura y de la buena. Como gran estudioso del valor y del mercado (literario, académico, editorial), “Ningún Molina”, “Nadie Molina”, “Un Molina” o toda la serie de heterónimos por él desplegados para invisibilizar lo imposible, estaba gestando una literatura que exigía un modo de divulgación y circulación diferente, que requería al menos en esa instancia  no habitar el mundo analógico, y perderse, enmarañarse, confundirse entre la verticalidad del cúmulo de cada nuevo posteo. Como los escritores que hacia principios del siglo XX ingresaban a la vida literaria mediante la prensa, Molina ingresaba, o mejor dicho se instalaba vigorosamente (ya contaba con poemarios premiados) con la potencia pero también con el miserabilismo que acarrea muchas veces el funcionamiento de las redes. ¡Cuántos son los que creen que tildar un like es avalar un contenido!  ¿Cuánto de cierto hay en quienes afirman que los likes son intrascendentes?  No creo que nadie haya salido ileso de la experiencia de contabilizarlos o advertir cómo muchas veces los usuarios conectados no aprietan el maldito comando. Esto no pasaría a mayores si después no son los mismo que alegan que sí, que vieron la publicación, pero claro no megustearon. Pero como los likes no se piden, hay que mostrarse desinteresado. Una vez, Cristian me dijo que, entre otras cosas, los likes son un modo del afecto. Tenía razón.

Pero volvamos al inbox del 2014. Ese coloquio me daba pavor, trataba de no entrar al Facebook, no quería saber demasiado, y Molina me buscaba con insistencia por el privado. Una vez me avisó que tenía que mandarle una foto mía porque estaban armando una página del Coloquio y que todos y todas tendríamos nuestro “momento Moria”. Al mismo tiempo posteaba la visibilidad que el coloquio venía teniendo en diversos medios y se comentaban las exitosas biografías de quienes integrarían panel conmigo. Confieso que no lo soportaba.

Si refiero  esta extensa anécdota biográfica es porque  desde entonces cultivamos una amistad intensa que se cruza constantemente con nuestra vida académica. Así fue como en uno de esos inbox desoladores me comentó que le interesaba muchísimo mi tema de investigación: las reversiones del campo en la literatura argentina actual, por enunciarlo rápido e imperfectamente. Enunció una frase que más o menos decía así: “¿Sabías que ese era el tema que hubiera elegido yo, pero seguí con mercado”. La verdad no lo captaba del todo. En nuestro mundillo por momentos hay situaciones de incomodidad y pensé que me estaría reclamando la propiedad de un tema de investigación. Pero de inmediato me listó una serie de libros incunables, del interior, que me venían muy bien para incorporar al corpus de mi investigación. Me dio ideas, me leyó el bendito trabajo que iba a presentar, me lo corrigió, me lo mejoró.  Y en un momento de debate vía inbox – que serían hoy las nuevas formas del salón literario, los nuevos modos de la sociabilidad- me dijo con firmeza: “Yo quiero putizar el campo”. Y fue así que, sin haberme visto nunca la cara (aunque recuerdo que lo crucé en La Plata en un congreso pero no me dio chance), me mandó partes de lo que hoy se publica como libro bajo el poderoso título de Machos de campo.  De modo que, me siento parte de la previa por decirlo a tono con el universo referencial del libro.

Machos de campo aloja, entonces, una serie de textualidades,  que escapan a la cómoda rotulación, preferentemente híbridas (el relato se cruza con el guión, la narración se acomoda en el formato chat), “fueras de sí” tal vez, en la medida en que muchas de ellas demandan ser performateadas, cuyas primeras apariciones fueron, como anticipé, en formatos virtuales: Facebook, páginas web y los ya antiguos blogs o fotologs. Hoy esperamos con ansias al Molina “instagrameado”, del Tinder, del Snapchat y de todas las demás aplicaciones de tinte multimedia. Ahí veremos entonces qué pasa después. ¿No es que en el campo abierto se ven los pingos, que en las pulperías se ejecuta el arte del puñal, que en las esquinas orilleras se baila entre varones como símbolo de virilidad extrema, para decirlo a tono con la atmósfera exquisita que evoca el mismo libro que elige  tomar con ahínco la ruta del desvío?

Ahora bien, como señaló la crítica y escritora Sylvia Molloy (2010), el campo  argentino en sus distintas imaginerías o metáforas (el horizonte oceánico que se confunde con el cielo,  la llanura bárbara, la huella, el campo productivo, la sede de las utopías y fábulas fundacionales, la salida profiláctica de una ciudad pútrida, etc.) fue tradicionalmente un espacio generizado como masculino, que funcionó, generalmente, como reservorio de los valores patrios donde los varones fueron a pagar  tributos de diversa índole. En la línea de las reversiones en clave gay de la historia  de Cruz y Fierro cruzando la frontera hacia tierra infiel (como la reescritura de esa escena que hace Martín Kohan) y en la estela de las imágenes homoeróticas de la vida del gaucho en escenarios salvajes, amenazados, entristecidos, y también de juerga donde las mujeres no tienen cabida, aparece este libro que va más allá de los límites del alambrado, la huella, la frontera, el velado homoerotismo  y los tiempos de la nación. Molina se apropia de “esa escuela de hombría” (son palabras de Molloy) donde ya parecía haber pasado todo (un tiempo atrás, sospecho, la crítica hubiera rechazado cualquier intento literario de retorno al  “impracticable” ruralismo) y reinstala no sólo otros temas y otros oficios, como los que exige el campo sojizado y global de hoy, sino también nuevas temporalidades en topografías que evaden los clásicos dispositivos binarios  (campo vs. ciudad; capital vs. interior)  y redirige la mirada y la narración del campo hacia personajes con deseos y relaciones sexo afectivas disidentes a la heteronorma (o para ser más enfáticos, a la heterosexualidad obligatoria que parecía guiar las conductas y la moral de los hombres de campo).

La geografía que Molina dispone para la acción de Machos de campo son lugares “entre”, orilleros, ahí donde uno se topa con el campo abierto y se pueden imaginar las luces de la ciudad o se llega a visualizar, bien chiquito,  al pueblo más cercano. El ejemplo paradigmático de este trazado es la vera de la ruta, donde es posible que el gordito de la moto (tan lejano a los motoqueros del rockabilly de Fantasmas de la ruta de José Campusano)  menee la pelvis y arroje al parabrisas de los camioneros la bombachita rosa. Pero como todo el libro, y ese cuento en especial, puede leerse también como una teoría del relato oral, hecho de versiones escuchadas, deformadas,  mejoradas y tendenciosas mediante el uso del detalle (Molina adorador de Roland Barthes), el estatuto del chico de la motito alcanza el mismo nivel de sospecha que el de los aparecidos en la ruta, sean estos OVNIS que descomponen vehículos, la Difunta Correa, el Gauchito Gil o Gilda. Haberlo visto, haber estado ahí, haber recibido un bombachazo rutero no puede garantizar nada en estas narraciones, ubicadas en temporalidades que el libro acuña como la del “después de los gusanos”.

Así también son las banquinas de la ruta las que alojan en los tiempos muertos (la siesta, la madrugada) para la vida de pueblo y de campo en pleno verano al trencito del amor. Una detención témporo-espacial que sólo se ve alterada por la llegada de medios de transporte que Molina narra con destreza de cineasta: “Y, de pronto, un camión se fue agrandando en la perspectiva”; “… vio venir una moto con un cuerpo gigante arriba de ella”. 

¿Qué novela rural no hace uso para su trama del ferrocarril, insignia absoluta del progreso? El tren de pasajeros que conecta punto con punto, los trenes comerciales que trasladan cereales. La estación, la llegada de la correspondencia. Pero claro, ¿de qué hablamos cuando hablamos de trenes en el universo machocampiano? De un vagón que nadie sabe bien cómo llegó allí. Pudo ser acaso un vagón quitado del circuito productivo y comunicacional, una suerte de desecho rural. Una incrustación en zonas liminares, una suerte de  tetera rural, que los varones dejaron a merced de los machos de campo. Un espacio público- privado donde se coge (las cosas como son en el afán antieufemístico de Molina),  clandestinamente (pero todos lo sabemos), entre varones y a libre demanda (como en sus remedos urbanos: los baños de Constitución o los parques) y que se perfila como contracara extrema del nido donde reina el imperativo de la domesticidad: la familia y la reproducción. Podría ser  también -por qué no, si estos relatos traicionan el imperio del realismo que acecha a la mayoría de la narrativa actual- un vagón que cayó del cielo, que arrastró las inundaciones, o que surgió de las catacumbas gusaneras. Poco importa, cuando lo relevante es que  ahí van a parar los machos de campo. En el trencito fiestero los susodichos no se miran, casi no se hablan, pero se tocan el culo desesperadamente, se acarician las espaldas, se huelen, se la miden, se hunden las cabezas entre las piernas del amigo, gimen como locos, hacen el trencito humano, hacen  tambalear el vagón. Porque los machos de campo son hombres casados, con bigotes, forzudos, de pocas palabras, de ceño fruncido, de risa nerviosa, algunos con manos ajadas de herramienta, otros, con autos costosos. Ahí se da el todo con todos (yo con vos, yo con él, yo con todos…), sólo importan los cuerpos calientes, dispuestos, liberados. El vagón de la ruta rural es parecido a la carpa de los cowboys de la película estadounidense Secreto en la montaña, donde los varones rudos de las alturas no usan cremas, no piden permiso, no entablan diálogo onanista ni establecen preparatorias amorosas para dar vuelta al cuerpo del otro, al que se quiere penetrar.

Los machos de campo del relato “El trencito del amor” son subjetividades “entre” (como la topografía del libro entero), y están a mitad de camino entre las llamadas masculinidades hegemónicas (adeptas al asado, al truco, al deporte, la lucha, la imagen viril) y nuevos modos de la masculinidad que empezaron a poblar muchas de las ficciones contemporáneas de plumas de escritores: los amos de casa, las nuevas paternidades, las sensibilidades “feminizadas”, inscriptos todos en las dinámicas económicas familiares que trajo aparejada el protagonismo de la mujer solvente en el mundo del  trabajo y la esfera pública como en las novelas recientes de Félix Bruzzone, Pedro Mairal y Iosi Havilio, por situar tan solo algunos emergentes.

Y, es a través de la figura del voyeur de ese mismo relato y de la mirada infantilizada de “Trampear” (un cuento que juega con el doble sentido de la palabra: la trampa para cazar, y andar de trampa) que se cuelan dejos de la voz de Toto, el nene- nena del pueblo polvoriento, chismoso y agonizante de La traición de Rita Hayword de Manuel Puig: “Maestra, cara de cogía” es la frase latiguillo de Toto, el mismo que se sueña enredado entre algas y peces,  escribe las llamadas composiciones y va al cine con la mamá a ver películas de divas. Bien, el  que observa sin querer, a causa de un recalentamiento de su motor, pero caliente por  todo el traqueteo de los machos de campo podría ser parecido al niño que encuentra irremediable placer al ser revisado por el doctor que usa tutú de bailarina, o al que se inicia sexualmente mediante revistas porno y coqueteos homosexuales con quien sale por el campo a trampear. La sintaxis masturbatoria de quien relata el devenir de los machos en el tren se enfila con las escenas tibias de iniciación donde se frustran los actos sexuales.

De los múltiples personajes entrañables que desfilan por el libro de Molina, me detengo en el chico discapacitado (así se no nombra sin eufemismos consolotarios de y para otros). Pues, más que producto de un accidente, ese personaje debe leerse como producto de las políticas de la muerte que instala la agroeconomía rural del campo del presente tanto en materia ecológica como humana. Un mutante de la bomba agroquímica que produjo la grieta entre quienes pudieron huir de la muerte y quienes no tuvieron más remedio que nacer y criarse en la era del vapor tóxico. ¿Cómo entender si no a ese cuerpo, expulsado de la comunidad, que se va endureciendo año a año, a esa cara caracterizada, a esos huesos infectados y purulentos,  para el que no hay  saberes médicos que  siquiera diagnostiquen o protocolicen para lograr hacer vivir? No por casualidad, bajo el amparo del epígrafe de Laiseca, el narrador confiesa su miedo a los nombres, a la identificación, de todo aquello que hace mal.

En este sentido, es que me interesa también pensar este nuevo libro de Molina –como alguna vez lo hice con su poemario Un pequeño mundo enfermo y como lo ha hecho, y muy bien, Mariana Catalin con la plaga zombie- como una narrativa del final. Pareciera ser el campo de hoy (sojizado, asesino, cruel, global, sin vacas y plagado de galpones y aceiteras) el escenario privilegiado para contar un posible fin de mundo o de la humanidad: Schweblin, Acevedo, Casterllanau, Krimer, Baigorria, son solo algunos ejemplos, y todas ellas escritoras.

  Machos de campos, entonces, como una narrativa rural del final, de final selectiva para ser más exactos, donde los gusanos gigantes que aparecieron de golpe en las zonas rurales, arrastrándose cómodamente por los surcos de soja, empiezan a metamorfosearse para engullirse preferentemente a los machos de campo. La procedencia de esos gusanos también tambalea entre las versiones de versiones mediante las cuales se construyen los relatos del libro. Una sostiene que fueron producto de la importación de algún país centroamericano (vuelve aquí a aflorar la política de la destrucción de la agroquímica que los estados parecieran no querer regular), que hicieron túneles subterráneos gracias a la siembra sojera. Otra dice que eso no nunca ocurrió. Pero lo cierto es que el relato comienza después de los gusanos que es como decir después del trencito del amor, finiquitados los machos de campo. Un aniquilamiento que debe leerse en términos estéticos y nunca morales (es Furor Molina quien escribe). Esperamos ahora a ver qué viene después de los gusanos. ¿Una novela sobre las Hembras de campo, sobre las plagas Lu cianas?

No quedan dudas de que Machos de campo fue un libro esperado, esos que se piden a los otros, a los valerosos como Molina, a los gritos y por favor. Un libro que te despierta todo tipo de sensaciones: una risa desenfrenada (por momentos leerlo era estar hablando con Molina), ternura implacable (si leemos en clave autobiográfica  y vivenciamos al niño que hace los oficios rurales que nadie quiere porque si no le espera reprimenda de un padre alcohólico), y el encuentro con  imágenes perfectamente talladas. Una de ellas es la de hacerle el tiburocinto al negro toba justamente en el Río Paraná, sacralizado por Saer, por Juan L. Ortiz, y que aquí aparece inundado de fluidos de varones; río puto, río largo que compite con la anchura del Río de La Plata pero al que lo llena de aguas; río de los putos que amenaza con embarazar a las bañistas con semen de puto.

Decía que era un libro esperado; y así como empecé refiriendo la relación de la literatura con las redes, termino vinculando la publicación de los relatos virtuales  en libro de papel mediante la edición colectiva que se da, tan luego, gracias a las redes, a la hiperconectividad y a la virtualidad. Hoy contamos entonces con un libro, con el valor material y simbólico que tiene. ¿Dónde lo ubicaríamos en nuestras bibliotecas, por tema, por autor, por nacionalidad, por color, entre los libros “raros”; en el estante de los visibles o en el anaquel de arriba de todo? ¿Es un libro para dejar en la mesa de luz al alcance de la mano de todos cuando nos vence el sueño y apagamos la luz? No quiero saber. Es un libro soñado y un libro para soñar.

Machos de campo (2017)

Autor: Púber P (Cristian Molina)

Editorial: Baldíos en la Lengua

Género: cuentos

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