Entrevista + Reseña #373- Sinécdoque, Villa Miserias


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Con motivo de la salida de la edición argentina de su libro La suma de los ceros (Ediciones Godot 2016), Eduardo Rabasa visitó Buenos Aires en el marco de la V Feria de Editores que se realizó el 6 y 7 de agosto de 2016. El escritor y editor de la prestigiosa Sexto Piso abunda en las razones por las cuales su libro es un fresco que nos muestra la potencia del neoliberalismo.

Por Pablo Méndez

Eduardo tiene un pequeño libro de El capital de Marx cerca suyo y una libreta. Pide un té verde sin rodeos.  Yo no me decido. Miro la lista de opciones extravagantes y dudo pero me quedo con lo bueno conocido: café cortado, chico. Soy poco original, comienzo la entrevista preguntándole por su estadía en Buenos Aires. Si ya comió asado, si paseó por la urbe descontrolada, si conoció escritores argentinos. Eduardo contesta con una sonrisa, se lamenta por el poco tiempo que su visita le depara. La verdadera entrevista no tarda en aparecer.

¿Qué herramienta tiene la sátira con respecto a otras formas literarias que te ha impulsado a elegirla para contar tu historia?

Me parece que la sátira, cuando funciona, permite deformar la realidad hasta límites que, paradójicamente, nos la muestran con mayor precisión y crudeza que registros más realistas. Bueno, no sé si con mayor precisión, pero es como si la sátira nos permitiera traspasar las apariencias y ver qué es lo que se encuentra debajo de ciertos mecanismos que dan lugar a que la realidad sea de tal o cual forma. Por ejemplo, Jonathan Swift muestra el absurdo de la condición humana y de buena parte de sus empeños al mostrar a Gulliver como una criatura que se siente inferior y ridícula frente a una raza de caballos superdotados, los Houyhnmms, que cuentan con una sociedad cuasiperfecta, frente a la cual las nuestras palidecen.

En ese sentido, mi intención era reflejar en el microcosmos que en la novela es Villa Miserias algunos de los mecanismos de ejercicio de poder en nuestras sociedade contemporáneas más descarnados, pero también más sutiles, pues a menudo se ejercen a través de costumbres, o del propio lenguaje, sin que haya necesidad de que exista una plasmación específica. Me parece que la sátira (y el humor) funcionan mucho mejor para abordar este tipo de cuestiones, y que incluso, de manera un tanto optimista (quizá naif), otorgan una ligera redención a través de la risa.

(En La suma de los ceros se muestra una sociedad distópica, abrazada al fundamentalismo que camufla la acción democrática en lo abyecto de los intereses políticos. Plantea bajo la máscara inteligente de la sátira un futuro que transcurre en este presente como forma de crítica social.)

 ¿Cómo trabajaste la construcción de los personajes en La suma de los ceros para que sean simples arquetipos funcionales a una historia?

Justamente, a mí me gustan ciertas teorías de técnica literaria que consideran que los personajes representan alguna idea o alguna función, además evidentemente de procurar que sean verosímiles en tanto también son precisamente eso, personajes. Lo que pasa es que dado que el personaje principal está a su vez escindido, es como si él llevara varios arquetipos en pugna dentro de sí: los dos más evidentes son una hiperconciencia que literalmente lo paraliza, y un cuerpo que se mueve en automático, como si tuviera una vida ajena a la mente que supuestamente debería habitarlo. El resto de los personajes cumple cada uno con una función determinada (por ejemplo, Nelly es la encarnación del deseo siempre insatisfecho, cuya búsqueda obsesiva a menudo nos conduce a perdernos sin remedio), pero aún así, insisto, la intención es que fueran a su vez multidimensionales y complejos, para que no fueran meras parodias o caricaturas.

(Los personajes, arquetipos barriales latinoamericanos, se estructuran en ese indeterminismo funcional que marca el tono de la novela. Peones regidos por los sintagmas de la sociedad moderna. Cuatro personajes que se entrelazan en un reality show cotidiano en el complejo Villa Miserias. Una trama que funciona como probeta de análisis  de la macro política.)

La metáfora política que circunda el libro es la del “quietismo en movimiento”, y tiene como pilares la implantación de placebos, ¿se puede hacer una comparación con el mundo editorial?

El mundo editorial tiene un rasgo que para mí es sumamente paradójico (y a menudo frustrante): si bien la inmensa mayoría de la gente que lo compone es gente inteligente, con estudios, con un sentido de la historia, la ética, etc., a la vez tiene un toque un tanto antiguo, aristocrático, en el sentido de que es un mundo muy vertical, muy jerárquico, donde cada quien es perfectamente consciente de su estatus y de su poder, y por desgracia mucha gente (tampoco digo que todo el mundo) se mueve a partir de dichas categorías. En oras palabras, pese a que es un mundo con un discurso democrático, abierto, tolerante y plural (las editoriales independientes vivimos entre elogios y buenos deseos, que luego no necesariamente se corresponden con las prácticas con las que tenemos que lidiar por parte de actores de mayor poder o dinero), en realidad es bastante cerrado, ávido de dinero y de éxito, incluso un tanto machista (las mujeres en puestos directivos de editoriales importantes son muy escasas), así que en ese sentido creo que sí es un fiel reflejo de la estructura socioeconómica de nuestras sociedades neoliberales o, lo que es lo mismo, del imperio del “quietísimo en movimiento”.

El ambiente distópico de la novela mantiene ciertas estructuras actuales de formación de jerarquías y acciones políticas. ¿Cómo es pensar, escribir desde ese pesimismo? ¿Ese pesimismo, si es que lo es, no es una forma de plantar una forma de banderas de resistencia continuas?

En algún lugar dije al respecto que creo que en la actualidad el realismo es una forma de pesimismo, y no lo digo de manera particularmente pesimista, sino casi como la constatación de un hecho. Basta con leer el periódico cualquier día para darse cuenta de que las noticias, que en teoría pretenden ser objetivas y descriptivas, transmiten de inmediato un aire de pesimismo infinito. Ahora, me parece que lo interesante es qué se hace con ese pesimismo, pues existen varias posibilidades. La más común es el cinismo, un poco a partir de la idea de que si la realidad está jodida y no hay nada qué hacer, mejor ser de los que se benefician de que la realidad esté jodida y no haya nada qué hacer. Yo no me identifico en absoluto con esa postura.

Sin pretender dotar a la escritura de una importancia o de un poder que en definitiva no tiene, creo que cierto tipo de escritura tiene un carácter de resistencia, incluso si fuera meramente testimonial, en el sentido de ir en contra de ideas dominantes que encima pretenden legitimarse como inevitables, casi como si fueran parte de un devenir inevitable (científico), así que ahí es donde creo que se le da (un poco) la vuelta al pesimismo, y que el mero acto de empuñar la pluma para buscar crear espacios, conexiones, comunidades, de gente que si bien quizá no tiene tampoco de momento ninguna alternativa, al menos coincide en su rechazo a las estructuras dominantes, tiene algo de resistencia. Cioran (el pesimista por antonomasia, jajaja) dijo en “La escuela del tirano” que a él le gustaría ser con su pluma tan terrible como los grandes tiranos del siglo XX, me parece que para sentir que funciona como contrapeso. Creo que es un ejemplo inmejorable de cómo el pesimismo, incluso el pesimismo más acentuado, puede incubar un carácter ligeramente redentor (al menos en las cabezas de quienes tienen la fortuna de leer a Cioran).

(La suma de los ceros, novela con aires de tesis ficcional, expone el panóptico de la sociopolítica bajo el micro experimento de las relaciones sociales. Utiliza toda la gama de formas literarias para manifestar una forma de resistencia contra la tiranía de los mensajes predeterminados en la conciencia social de las personas. Rastros bien marcados que nos ubica como víctimas invisibles, silenciosas de las fauces que nos imponen las leyes útiles del sistema.)

La suma de los ceros (2016)

Autor: Eduardo Rabasa

Editorial: Ediciones Godot

Género: novela

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