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Reseña #889- Especies argentinas

Faunas-de-Patricia-Ratto

Por Adrián Ferrero 

     Quiso el azar (o el destino) que mientras leía Faunas, el libro de cuentos de Patricia Ratto, para escribir la presente reseña, en mi tejado se dejaran oír maullidos furiosos, seguramente bajo el afanoso instinto de preservar el territorio en época de celo (en su doble acepción de cuidado tanto como de enfrentamiento por las hembras). El acontecimiento que tuvo lugar entonces, en el cual los contenidos del libro comenzaban a dialogar con una cierta realidad empírica de un modo cada vez más elocuente, me condujo necesariamente a salirme de él. Quiero decir: a salir de la ficción, y luego regresar a la ella desde un lugar ligeramente distinto. Incluso dispuesto a que mi clave de lectura también lo fuera. Mediante una escena especular o de cinta de Moebius, estaba asistiendo a un momento de desrealización (la mía) en el cual el mundo tangible comenzaba a tambalearse. ¿La ficción había convocado a la realidad? ¿o la realidad, presentida, me había predispuesto a tomar ese libro en ese momento? Y la relación entre los sentidos que escuchaban y los que se posaban sobre el papel recorriéndolo, comenzaron un singular coloquio ¿Cómo regresar ahora a literatura semejante, en estado de inocencia, después de haber asistido a un espectáculo en el que los contenidos del libro se habían hecho presentes en la experiencia vivida? Se trataba de una experiencia curiosa. La literatura había actuado como un conjuro. Ese hechizo que permite que ciertos nombres, combinados de una cierta manera, evidentemente contengan un cierto poder creatvio. En este caso por el suceso de ser combinados y dispuestos de una cierta manera, de ser concebidos antes, bajo una forma ficcional.

    Me detuve durante la lectura en un cuento ambientado en Japón en el que un conjunto de felinos domésticos, no precisamente mestizos como los habitantes de mi tejado, sino de las razas más puras y sofisticadas, ocupan un lugar cotidiano en una confitería. Una combinación que a nosotros, almas occidentales al fin, nos resultaría extravagante. Y si traje a colación esta anécdota de una lectura prácticamente especular con lo que tiene lugar por  fuera y por dentro del libro, fue porque trazaba un dibujo perfecto con ella. Ese dibujo que había sido aparentemente casual, era el que me tocaba descifrar como intérprete. Había, por lo tanto, dos “faunas”. En la mía, quiero decir, la que existía de este lado del libro, mis gatos eran invisibles (pero no imperceptibles). Sus maullidos desgarradores me permitían la operación intensa de fantasear con su conflicto. Los gatos del libro de Patricia Ratto, más pacíficos entre ellos, más mansos, más atractivos y más seductores incluso con los humanos disipaban sus enfrentamientos, se predisponían a interactuar sin subterfugios. También me invitaban a imaginar otra escena, teatralizada en tanto que representación literaria, en el marco de un relato que sin embargo no era convencional. Mantenía esa cuota de exotismo propia de los espacios que raramente nos es dado visitar. Y que por eso se vuelven piezas particularmente sugestivas en la economía ficcional.

     La anécdota que acabo de referir (por anodina que pueda resultar), cargó de un alto voltaje la lectura del libro de Patricia Ratto, condicionó naturalmente de modo receptivo su lectura y acaso de manera irremediable (e irreverente) cautivó mi lectura. De todos modos, me parece que lo verdaderamente impactante consistió en leer, escuchar, vislumbrar una instantánea en la que circularidad de la realidad constatable y ficción completaban un circuito.  

     Pero regresando al libro y centrándome ya en algunos de sus núcleos que entiendo contornean sus zonas más tensas, no menos importante –e interesante- me resulta la forma en que Patricia Ratto encara el así llamado género cuento. En tanto que manera de referir experiencias imaginarias (o, como es sabido, en algunos casos de existencia constatable que pueden ser leídas en clave de invención) advierto algunas constantes. En primer lugar esa zona hipersignificada que constituyen los finales de los relatos porque, como es obvio, son el momento narrativo, algo desgarrador, en el que nos desprendemos, nos desembarazamos como un desgarrón  de ellos. Y, simultáneamente, aquellos a la luz de los cuales todo el resto de la lectura que le precedió se resignifica. Por otra parte, elaboran en esa suerte de corte definitivo el regusto que permanecerá en nosotros. Esa sensación, emoción, estado a partir del cual, en virtud de haberlos atravesado, remueven nuestras zonas más recónditas. 

     Algunos casos, en especial los primeros, dibujan una trayectoria que cuando los concluimos, nos sumen en la incertidumbre y una  profunda sensación de extrañamiento. Y diré por qué. Ni los finales más tradicionales (que en su momento no lo fueron, claro está) a los que nos tiene acostumbrados el cuento con final de efecto (de Poe, a Cortázar, atravesando incluso por cierto Borges), ni el final abierto (Raymond Carver o Antón Chéjov) en el que ni la estructura narrativa ni la experiencia narrativa resuelven un final. Lo dejan en una suerte de suspenso complejo, en el que podemos sentir desde una sensación de extravío hasta otra en el que la acción se desvanece sin dejar más que un punto que puede dirigirse hacia todas las direcciones. Y muchas cosas pueden llegar a tener lugar. Incluso antagónicas. Los lectores solemos procurar desentrañar causalidades, identificar argumentos que aspiramos se clausuren con ansiedad con un remate. Pese a esa búsqueda la tarea es vana. Tampoco percibí en los finales de Patricia Ratto advertía el final “epifánico” que, en una entrevista que había visto el escritor  argentino radicado en España Rodrigo Fresán atribuyera a los cuentos del estadounidense John Cheever. Se refería a aquellos que, sin llegar a producir el efecto tradicional corte, sí permiten que los protagonistas asistan al mundo que los rodea, o a parte de él, luego de atravesar por una serie de procesos, bajo una nueva luz. Los primeros cuentos de este libro, por ejemplo “La mancha” o “Rara avis”, me produjeron una impresión distinta. La de envolverme en una suerte de captación lenta, sutil y morosa del relato en la que, al llegar al final, algo acontece. Tiene lugar lo que yo llamaría “un momento”. Y ese “momento” simplemente se limita a ser referido. Detiene allí el relato su curso. Un final que adopta la forma de la narración de un episodio. Pero que ni clausura el cuento con un efecto. Ni lo abre a múltiples posibilidades. Ni se traduce en una modificación en el estado de los personajes. Ese final, desata múltiples sentidos. Por lo tanto: ni una estructura esférica (como quería Cortázar para el cuento). Ni una estructura abierta (Chéjov, Carver). Ni una epifánica (Cheever). Sino ni más ni menos que ciertos instantes (calculados). Instantes con los que concluye un relato pero a los que simplemente se asiste. No se espera de ellos más que el hecho de que sean leídos. No se les solicita que respondan a una demanda ulterior. No están pensados en esos términos. Se trata de una situación que suele sumir en una cierta incomodidad (es cierto) que no llega a ser perturbación. Y diré por qué. Porque debemos renunciar a la experiencia de lectura según la cual un pasado convencional de lectores nos tiene acostumbrados. Explorando, entonces, ciertos finales, esto es, mediante una política de revisión, Patricia Ratto diseñaba una nueva arquitectura del cuento. Ensaya entonces, ya desde el comienzo del libro finales sutiles concluyendo los cuentos apenas con ese momento. Logrando que ese viaje a la semilla que constituye desandar todo relato al ser revisado, nos invite a repensar una forma sobre la que parece haberse dicho todo o casi todo tanto desde la escritura como desde la crítica y la teoría literarias. Repensar entonces una forma es, por otra parte, repensar junto con ella, una forma de concebir el modo en que los escritores organizamos la experiencia imaginaria pero sobre todo en directa relación con el modo como solemos plasmarla mediante convenciones. Hay otros finales en el libro, es cierto, con formas más tradicionales. Pero quizás en este contrapunto estribe su alto nivel productivo, base de su infinita riqueza (y de la ironía).

    “Flora” y “Fauna” suelen ser dos categorías emblemáticas que, según la nomenclatura más habitual, estábamos habituados en ámbitos escolares a recibir como parte de una pedagogía de la naturaleza que impartía consignas. Lo hacía para restituirles un contenido a través de largas jornadas de búsqueda en diccionarios y polvorientas enciclopedias que ahora la Internet ha resuelto (por cierto de modo algo dudoso). Esa “fauna”, bajo la forma de una solicitud, ya demandaba una búsqueda, desataba y abría la caja de Pandora de recuerdos y evocaciones. Que Patricia Ratto haya elegido uno de esa categoría remite, naturalmente, al otro significante implícitamente, pero también a ciertos universos formativos (no necesariamente escolares). Habría, entonces, una primera inscripción, la que primero viene a mí asociativamente, en el seno de un marco institucional a través de una operación nominativa. Y esboza ya escenas de lectura y escritura. Esa cadena asociativa también se vincula al orden de una ciencia: la Zoología. Una ciencia que través de una cierta epistemología se propone el abordaje del conocimiento de la fauna. ¿Y qué tiene para contestarle la ficción a la ciencia o, más concretamente en este caso, a la Zoología? Pienso que muchas cosas. Una inmensa promoción de incertidumbre. Una máxima capacidad connotativa. Y animales, primer lugar, devenidos personajes. Donde la ciencia busca estudios constatables, la poética juega con la libertad subjetiva y el carácter más sensible del lenguaje y de los significados. De las taxonomías a la libertad subjetiva.

     No obstante, la operación consiste en mucho más que remitir a contextos institucionales o formativos a los que aludí. Es el modo de atribuir significados y de resignificar prácticas. En el seno de la ficción y en el seno de los relatos, el término “faunas” en plural, desata nuevamente sugestivos atributos. Ya no se tratará de una. Se tratará de varias de ellas o de varias clases. ¿Mayor desconcierto? ¿mayor inquietud? Así lo estimo.

     Pronunciar la palabra “fauna” inmediatamente reenvía al modo en que los humanos nos vinculamos con una parte de la naturaleza en su dimensión más cultural, esto es, bajo la peculiar forma según la cual hemos devenido civilización nombrando un entorno animado.  Servirse de la “fauna” para la escritura de imaginación es llevar un paso más allá esa organización normativa, inscribiendo mediante una operación compleja la marca en la que el universo de imaginación carga a un mundo de discursos que no los tiene. No hay voces de animales pero sí sonidos o comportamientos aparentemente ininteligibles para el hombre cuya semiología resulta, eso sí, de algún modo expresiva. Ello permite fantasear y también reconocer que se trata de seres vivos con una cierta forma de manifestarse. Y están los nombres que los hombres nos hemos atribuido a nosotros mismos, en una  operación en abismo en la que esos bautismos nos distinguen no sé si de todos los animales pero sí de casi todos.           

     Y estas “faunas” cumplen funciones en la economía de los relatos de Patricia Ratto. No tienen una voz propiamente dicha en el relato pero permiten que el relato la tenga. Su presencia en la narración produce un tipo especial (y no otro) de enunciación de voces en todas sus vertientes. Hombres y mujeres les dirigen la palabra a esas faunas y Patricia Ratto juega con esas voces que no responden pero en cuyos monólogos o diálogos humanos algunos adivinan un cierto discernimiento producto de comportamientos. No debemos olvidar, por cierto, que estamos frente a un libro sobre faunas escrito por una sensibilidad atenta a las palabras pero también a una ética. Motivo por el cual las conductas humanas también suelen gozar de señalamientos. En ocasiones no se trata de animales quienes los protagonizan, sino de una mímica animal protagonizada por humanos, que puede dado el caso ser perversa, y dar cuenta de alguna clase de vínculo.  

      Los animales aparecen en estos cuentos de las formas más infinitas y más inauditas (pienso en un cuento como “Escala real”, por ejemplo”). Mucho más que un leitmotiv, diría que son ellos los que indican, radicalmente, un rango que define a la condición humana como un punto de referencia y trazan una distancia de ella. Por el otro, una asimilación de los animales a la condición humana. Quizás también Patricia Ratto se proponga en estos cuentos evidenciar lo que supone de represión de impulsos e instintos para devenir seres humanos en términos ideales civilizados. Hay aquí animales hostiles, exóticos, mansos, mascotas, amenazantes, rurales, indiferentes y sus características constituyen los atributos más dispares. Pero en esa variedad también hay variedad en los hombres y mujeres que transitan estas páginas, como si analógicamente Patricia Ratto aspirara a mostrar un fresco de ambos mundos. Y demostrar que al fin no son tan distintos.     

     Los humanos somos una especie privilegiada con dones que pueden devenir también macabras ideologías y comportamientos. Una en la cual el orden de la inteligencia desata todas las posibilidades del pensamiento abstracto, la necesidad de tramitar tabúes y de adorar dioses o de sujetarnos a ideales. Pero, sobre todo, de gestionar formas de organización social dentro de las cuales se establecen tanto un poder político como rasgos y distinciones sociales. Somos capaces no sólo de tener miradas acerca del mundo, de intervenir en él, de afectarlo sino también, de dominarlo y, eventualmente, de depredarlo. Y, por qué no, somos también capaces, entre otras muchas cosas, de imaginar animales y representarlos literariamente. 

     El reino animal de Patricia Ratto, que jamás se ausenta de su ficción (ni siquiera siendo parte del festín de un show televisivo oriental), compone no sólo el friso de sus contenidos sino una forma de concebir el relato, esto es, una poética. Desde sus variados comportamientos, los animales dotan de forma y administran los vínculos, los deseos, las alianzas, las afinidades, las cercanías y las distancias, las proximidades, las afectividades, delimitan y custodian las costumbres e incluso se encuentran o desencuentran entre ellos mismos.  Porque entre los animales mismos se establecen relaciones. Como pequeñas sociedades o ghettos la socialización también existe 

     Algunos cuentos fantásticos son el perfecto contraste para que la ficción conozca  todas sus realizaciones y el lector se encuentre con momentos sorprendentes. Esos cuentos, por cierto inesperados, se agazapan en el libro, bien administrados, tienen la virtud  de producir un efecto que resuena desde la diferencia. Son inolvidables precisamente por su carácter engañosamente insular.

     Oriente está presente en algunas oportunidades, quizás bajo el embrujo de su exotismo pero también por el protagonismo que ha adoptado en las sociedades contemporáneas por sus dimensiones económicas y tecno-industriales. No obstante, el Oriente al que asistimos en este libro puede revelarse en todo su infierno. 

     Estos cuentos, con un universo creativo bien contorneado, en una fidelidad y una coherencia que se respeta, se obstinan por persistir en su coherencia. También en ellos se profundiza, sin altibajos, no se subestima a los lectores sino que, por el  contrario, precisamente, son cuentos que nos invitan a considerar esta constelación de sentidos en la cual los animales, bajo formas plurales, trazan una poética en la cual Patricia Ratto alcanza ese punto del mundo animal en su dimensión más sugestiva por lo creativa. En la que narra al tiempo que realiza una rigurosa meditación acerca de en qué lugar hombres y mujeres podemos ser animalizados, los animales humanizados (por los mismos protagonistas de los cuentos o bien por los lectores) y cómo los discursos sociales empapan la naturaleza. También cómo la naturaleza, deviene relato. Sobre todo la naturaleza domesticada, es decir, aquella que el hombre aparentemente ha conquistado y colonizado. Por momentos diera la impresión de que los seres humanos pronuncian sonidos ininteligibles y son los animales los que asisten a esos seres en una inversión de roles, como si los hombres fueran sus mascotas.

     Me atrevería a decir que, de modo ejemplar, irreemplazable y claramente renovador, Faunas cartografía y realiza operaciones de exploración ficcional que si bien contiene ciertos leitmotivs también sabe salirse de ellos. Observa variantes permanentes. Organiza tramas convocantes hacia las zonas más inestables de la experiencia literaria. Y su poética acude de modo elocuente a indicios que hacen que no perdamos de vista la experiencia intensa de estar asistiendo a un libro de cuentos y no a una sumatoria de ellos. Se advierte claramente un programa, ya desde su acápite inicial.

     Entonces: Faunas. En un plural que es todo menos inofensivo, afirmo que se trata de un tejido urdido con precauciones, con inteligencia, a partir del cual personajes humanos gracias a esos animales que son o bien sus prolongaciones, o bien sus antagonistas, o bien sus indiferentes o incidentales testigos contrastan con ellos en su identidad tanto como en su alteridad. Y al revés, a esos animales les es atribuido su carácter más rico y también el más interesante. La posibilidad que se les confiere de devenir narrativas. Porque permiten ser interpelados en su dimensión ficcional. Faunas a las que se les asignan en sus riquísimas representaciones literarias lugares insospechados, todo lo contrario de la estereotipia. Y gracias a los cuales Patricia Ratto nos permite sucumbir a su esplendor de tramas inesperadas pero anheladas (que no es lo mismo)

     Siendo lo más distante de un zoológico o de un lugar de confinamiento, las tapas de este libro de Patricia Ratto albergan cuentos que se leen precisamente como todo lo contrario: ese espacio de libertad fluida y vigorosa según el cual pese a la violencia civilizatoria de la domesticidad, los animales pueden en un filo irónico, ser víctimas o victimarios. Y el hombre poner al descubierto sus zonas más salvajes y más carnívoras. Una zona que queremos velada pero que puede irrumpir de modo desatado. Las faunas ya en su mansedumbre, ya en su salvajismo, muestran estos dos rostros de Jano que confieren a la condición humana su dimensión irónica a  partir de la cual es posible realizar una evaluación de lo que somos mirándonos en el espejo desordenado que puede ser este libro.

Faunas (2017)

Autora: Patdicia Ratto

Editorial: Adriana Hidalgo

Género: cuentos 

Complemento circunstancial musical:

 

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