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Reseña #1- Canto de pajaritos

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Por Macarena Moraña

De chico se hacían a veces, en el campo, unos asados, y terminaban, ya después de unas copas, en relatos. Había, dentro de esos que nosotros llamamos paisanos, la gente del campo, alguno que se especializaba en relatos verbales, que contaba historias sobre todo de fantasmas… ¡estos jamás habían ido al cine, y cómo dosificaban la intriga! La gente se quedaba escuchándolos hasta las dos de la mañana, ¡al aire libre!”

Manuel Puig – https://www.youtube.com/watch?v=xgAZGPduBy4

Esta voz, la de Puig, fue lo primero que vino a mí apenas empecé a leer Lumbre. Porque en Lumbre hablan los paisanos, y hablan de fantasmas, y de amor. Y entre los relatos, el personaje de Federico Souza, se rencuentra con su pueblo, dialoga con sus recuerdos, y es a través de él que surge la pregunta de si reencontrarse con los recuerdos significa rehacerlos. Durante el proceso también se van creando nuevas versiones que luego serán historias que luego, ojalá, se harán a la forma del relato. Pero lo dice mejor Don Pavese en el epílogo: “Recordar una cosa significa verla –solamente ahora- por primera vez”.

Federico vuelve con levísimos aires de triunfo porteño al cacho de llanura que lo vio crecer entre sus padres y amigos. Algunos ya dejaron de ser parte del pueblo, otros, como su mamá, de la tierra.

Esta novela habla de volver a lo propio cuando ya no lo es ni puede dejar de serlo. Habla de encontrarse con los vecinos de siempre y tardar en reconocerse. Habla de saberse en casa cuando ya no se vive ahí.

Una casa no es solo un lugar físico, es también la tela imaginaria que la envuelve”

Mientras, la voz “desfasada” –hermosa palabra para definir una voz- de Helene, la novia de Federico, es el sonido que no permite olvidarse de la vida urbana que ambos llevan “en ese otro lado” que es la ciudad. Ella, su figura, su enormidad dentro de la historia, renueva constantemente el aire, se convierte en un eco necesario y amoroso. Sostenido por el pasado, Federico vive sus nuevas circunstancias de otra manera, más firme, acaso más adulta, y de seguro con la firmeza del que quiso mucho y que también fue querido. Helene es una sombra en la novela, una sombra luminosa.

Este país tiene muchas sombras en las calles, en las caras de la gente, en la historia. ¿Verdad?, interrogó, sorprendida pero a la vez deslumbrada por la potencia del caos”

Ella, medio parisina, medio de San Telmo, es en términos de amor, lo más concreto de y para Federico, pero también lo son su papá, el Bicho Souza, su mamá muerta -a la que no sabe dónde llevarle flores- los amigos, los mosquitos, los ladridos de los perros, los juegos infantiles que se tambalean sobre la línea que divide la diversión más inocente de las tragedias más tristes.

Lumbre es una historia narrada desde muchas voces, por tanto, puede parecer contradictorio decir que también es una historia de silencios, pero así es. Igual que el entorno, la historia sugiere una calma tensa que amenaza con rupturas nunca demasiado estruendosas pero rupturas al fin. Hay riesgo, pero el secreto de los personajes parece tener que ver con el arte de domarlo hasta convertirlo en narración.

Recuerdo el té silencioso, que tomamos en la casa de F. Una serenidad absurda”

Las voces se sostienen en un tipo de rusticidad que tiene como objetivo espesar y corporizar tiempos, silencios, situaciones e incluso personas – un buen ejemplo es el del abuelo carnicero obsesionado con imágenes que llega a vivenciar más allá de la realidad –

Antes de llegar al primer piso se oye el canto de un pájaro. Y algo parece cambiar en el aire: porque el mundo se percibe desde ahí como si fuera otro”

Cuando la realidad es tan omnipresente como el campo, el pueblo se hace inmenso en el corazón del que vuelve a reconstruirse, a verse. La lógica, como una rama seca, se quiebra para dejar de creer solo en lo que se ve y se toca. El autor parece sugerirnos que desconfiemos de lo tangible y precioso que el efecto del tiempo enturbia y camufla, y que lo transformemos junto con él y sus personajes, en ausencias.

La dosificación de la intriga de la que habla Puig, en esta historia puede hacerse extensiva a cómo el narrador decide a qué velocidad va corriendo el velo del pasado, cuánta calma se va a permitir para ir mostrando las imágenes, los finales de los cuentos, sus consecuencias.

Pienso en la cantidad de horas que puede habitar una idea en un cuerpo. Y de qué modo esa idea crece. Hay veces que las ideas corren muy rápido, como caballos desbocados”

La rusticidad, sin embargo, no se opone a la búsqueda de la palabra adecuada, del tiempo verbal que complace. No. Y ahí es cuando vuelve Puig diciendo que esos grandes oradores lo eran naturalmente y la falta de adornos y ansiedades –y la compañía del vino y la carne asada con sal gruesa y jugo de limón- contribuyen a la pureza del relato, a la simpleza de los sentimientos.

Glaxo es más acotada: cuatro personajes, cuatro voces, una historia condensada y precisa sobre la amistad y la traición.

Las reminiscencias traen a Borges. La prosa ajustada va entreverando, serena y silenciosamente, los destinos que se adelantan o se demoran, que empiezan por el final o que terminan en el comienzo.

Vardemann, Bicho Souza, Miguelito Barrios y Folcada ya son, para el lector lo ineludible, lo presente, lo que no va a irse más, lo que va a perdurar tras el final -o comienzo- del relato. Lo mismo ocurre con las piernas de la Negra Miranda.

“No hay nada más lindo que estar en pelotas con la Negra. A la hora de la siesta. En verano. Pero en cualquier siesta. En verano mejor, con el ventilador y la persiana entrecerrada. Y apenas tapaditos con una sabana fresca y limpia. Es lo más lindo que hay. Frotarse con el cuerpo de la Negra. Tocarle las piernas. Mientras afuera se escuchan pájaros. Se escuchan chicos que hablan bajito. Y corren con las hondas y los bolsillos llenos de bolitas de paraíso. Y se escucha también mientras nos frotamos en la cama, la Negra y yo, se escucha el resoplo de Yugurta. La cola espantándose alguna mosca, atado en los paraísos. Todo eso viene de afuera. Mientras el ventilador nos refresca. Y la Negra y yo nos refregamos en pelotas. Es lo más lindo que hay. Lo más lindo”.

La descomposición invita, en principio, a una lectura muy sensitiva. Abrazos que de enormes pasan a ser granos de maíz, olores fuertísimos, la impresión de chupar un limón como si fuera una manzana, pechos que se desarman como castillos de arena, polvo, un chamamé que flota por ahí, y “El animal, que es la noche, oscuro, húmedo, está quieto, en todos lados”.

El plano detalle de la vida y la muerte animal, le hace de colchón a los hombres del pueblo, al igual que “el viento húmedo, rastrero” que impulsa a seguir indagando en las ondulaciones de esas vidas que van armando, entre viento y vino, la biografía.

La construcción de una biografía es, en verdad, como la construcción de la historia, un proceso de clausura de sentido, de imposición”

Y en relieve, suena la voz del Bicho Souza evocando, sintiendo, diciendo el amor que llega tras veinte años de soledad. La experiencia del amor narrada desde la incredulidad del que ya no lo creía posible. Estos relatos son conmovedores, realmente hermosos.

Y como las concreciones no son lo mío, termino contando que en un margen apunté que los libros en estas historias flotan de ratos, como camalotes, y aquí también lo escribo en un margen mientras me sonrío pavota y enamorada de leer, porque pienso que los pajaritos que ahora mismo cantan no tienen idea de lo mucho que combinan con todo esto.

Un detalle de lectora obsesiva: los nombres de los autores que, además de Rilke, aparecen una y otra vez, tienen las mimas iniciales que Souza, Pajarito y Kieffer: Saer, Proust y Kafka.

La descomposición (2007)

Glaxo (2009)

Lumbre (2014)

Autor: Hernán Ronsino

Editorial: Eterna Cadencia

Género: novela

                 

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