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Reseña #8 ─¿Qué vas hacer para zafar? ─No sé, ni idea.

HELLOMOTOIDEN

 

Por Yamila Bêgné

Este libro te quiere. No porque te ame, no porque quiera darte un beso y estar con vos para siempre. Este libro lo que quiere es tenerte. Quiere buscarte, rastrearte y encontrarte. Quiere ir a tus lugares de Buenos Aires y cazarte. Te quiere dar caza. Así te quiere.

Este libro tiene muy planeado cómo lograr lo que quiere, eso que quiere. El libro te va a decir que es Clyde, su personaje, el que está siendo perseguido por un hombre de saco, pañuelo árabe al cuello y manos en los bolsillos; el libro te va casi a convencer de que es el pobrecito personaje el que sufre de persecuciones todo el tiempo. El libro hace que Clyde se lo cuente a Bonnie, su personaje aliado. Y entonces vos vas creyendo que la persecución no te incluye. Pero no le creas al libro: es el libro el que te persigue a vos.

El libro marca con banderitas todos los puntos de la ciudad en donde ya sabe que te puede encontrar. Un interno del 168, el Shanghai, el Kentucky de Pacífico, la zona de productoras de Chacarita Colegiales. Este libro sabe que te va a encontrar por ahí. Y medio que a vos te empieza a dar vergüencita que pueda encontrarte por ahí. Al libro eso no le importa y sale a buscarte. Mientras te busca te va contando una historia, como para que no te des cuenta de que te está por atrapar.

La historia que te cuenta funciona de señuelo. Y funciona muy bien como señuelo porque, te decís, es una gran historia pequeña. Tan bien funciona que te hace pensar en relaciones que esa historia que el libro te cuenta tiene o puede llegar a tener con otras historias que otros libros de la literatura argentina reciente te han también contado. Pensás, por ejemplo, mientras te creés que estás a salvo, que este libro dibuja el mismo esquema minimalista para un absurdo objetivista que el Qué hacer, de Pablo Katchadjian. “Las listas de objetos son al Qué hacer lo que las listas de marcas son al Te quiero”, pensás, y te creés muy genial. Pensás, llegás a pensar incluso, que J.P. Zooey es Katchadjian. Lo pensás por un rato y casi te llegás a creer porque te acabás de dar cuenta de que son los únicos dos libros contemporáneos a los que les ponés el “el” adelante. “Eso quiere decir que son únicos, y que están unidos”. Te emocionás; sí, te emocionás. Pero después, no sabés por qué, y tampoco llegás a saber muy bién cómo o exactamente cuándo, abandonás tu hipótesis. La cabeza ya la tenés muy llena de cosas y de marcas y estás cansada de pensar y de tirar líneas.

Te distrajiste, ese es tu problema ahora. Sentís, atrás tuyo, que algo se te va acercando. Es el libro que te quiere agarrar. Te encontró mientras vos andabas con tus locas hipótesis. Decidís estrategia: “hacete la que no te das cuenta”. Eso para no darte cuenta de verdad. No querés terminar de saber del todo que el libro te quiere cachar porque te da un poco de miedo. A parte de pudor y vergüenza, también te da miedo que el libro sepa todos tus lugares de la ciudad, que se tome los mismos colectivos que vos, que ande por las mismas esquinas. A Clyde le da miedo que un extraño lo persiga y a vos te da miedo que el libro te ande siguiendo. En verdad, lo que te da más miedo es ese mismo juego de cajas chinas perseguidoras: darte cuenta, al fin, de que uno persigue a otro y otro persigue a otro y ese último otro sos vos. Eso te mata. Y te mata también que la primera mamushka ocurra en la ficción, adentro de ese libro que te quiere tener, y que la segunda ocurra acá, en esta misma, en esta mismísima, realidad. Eso te da mucho miedo. Querés sacarte el miedo y, entonces, pensás que podrías ponerte a rezar tu oración para Jorge Luis, que también había querido eso de los cruces de ficción y realidad. Es mi caliente muerte que me busca, pensás levantando la vista al cielo. Te arrepentís rápido. No te pongas tan trágica, nena, te decís. No podés visitar lugares tan comunes, ni rezar plegarias tan conocidas. Así que terminás sin rezar nada, sin evocar a ningún santo. Y el miedo sube el volumen.

Estás sola. El libro te arrinconó en el Shanghai y ahora estás sola. Solísima. Ya pasó el happy hour y la cerveza está más que cara y del Campari ni hablar. Antes este bar se llamaba Mason: se comía peor pero se estaba más tranquila, pensás. Nada más el espejo quedó del viejo Mason, te decís. Y pensás que el libro eso no lo sabe. Pensás que vos llegaste a ir al Mason: que tomaste ahí Quilmes cuando lo único que servían era Quilmes, que ahí llegaste a conocer a un ex y que en el Mason esto y que en el Mason lo otro. Creés, entonces, que le podés ganar, que al menos en eso le podés llegar a ganar, que el libro no sabe todas esas cosas que a vos te pasaron en el Mason, antes de que el Mason fuera el Shanghai y de que los dueños viejos se dejaran olvidado su espejo o de que los nuevos pagaran por quedarse con el espejo. (Siempre te preguntaste, te acordás ahora, cuánto dinero habrán acordado pagar por ese espejo). Y sí, pensás, estoy salvada: esto el libro no lo sabe. Don´t fool yourself, kiddo. Estás sola y sentís atrás tuyo los pasos. ¿Cómo suenan los pasos lentos de un libro que te busca?, llegás a pensar. ¿Cómo es la cara disimulada de un libro que te persigue? ¿Cómo disimula un libro que te quiere cazar? Todo eso te vas preguntando, mientras buscás asiento en el Shanghai, que ya está todo lleno de chicos y chicas con sus camperas de neo cuero neo rocker neo chic neo hippy neo nuevo.

¿Vas a correr? El libro que te quiere ya está muy cerca. ¿Vas a gritar? ¿Qué vas a hacer? ¿Qué hacer? Tenés dos opciones: esconderte afuera o esconderte adentro del libro. Esconderte afuera es sencillo: no vayas más al Shanghai, salí corriendo de ahí ahora mismo; nunca más andes por Pacífico ni te subas a un 168. No vuelvas a pensar ni en Camparis ni en becas doctorales ni en milanesas de soja Vegetalex ni en Polka. Relativamente fácil. ¿Y el otro camino? ¿Eso de esconderte adentro, adentro del libro que te quiere? Bueno, esa es la opción correcta. Pero antes de que agarres la pastilla roja, a piece of advice: de ahí no salís más. Ahí adentro, el 168 te lleva de una punta a la otra de su recorrido y no te podés bajar nunca porque el timbre no anda y el colectivo se maneja solo, sin chofer. Ahí adentro, adentro del libro que te busca, te vas a quedar para siempre. Y el Campari, sabelo, se está acabando.

PS) Buckle your seatbelt Dorothy, ‘cause Kansas is going bye-bye’.

Te quiero (2014)

Autor: J.P. Zooey

Editorial: Páprika

Género: novela

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