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Reseña #940- La danza de la complejidad

 Driftwood

 

Por Daniel Freidemberg

Es bien difícil escribir sobre Rizzi. Sobre su poesía, quiero decir, y más sobre Driftwood. Se le escapa a uno, se le escurren a uno las palabras para dar cuenta de lo que le pasa a uno al leer. Ni siquiera, en realidad, sabe uno bien qué le pasa, pero le pasa. Y cómo. Algo se le pone a uno en movimiento en el alma, con algo se encuentra uno jugando, algo va descubriendo uno o se le revela, aunque sea momentáneo, en algo se siente uno afectado, algo uno tiene que hacer para sortear los desafíos –no pocos– que esta estrategia de escritura le presenta. Porque no son, precisamente, muy habituales, encarar esos desafíos es una de las posibilidades que hacen a esta poesía tan disfrutable y necesaria.

“Da algo a pensar”. Diría, para ir tanteando, que eso hace Rizzi: propone reflexionar sobre cuestiones más o menos de fondo que nos atañen, en una tradición que va desde Eliot, Pessoa y Girri hasta Giannuzzi, Oliva y Pacheco. O Fogwill y Pablo Ananía, viniendo más acá. Cuestiones siempre inquietantes, por lo general inesperadas, como, por ejemplo, la “tiranía venial de los conceptos”, los idearios que definen las épocas, la razón secreta que tiene todo inútil sacrificio, entre las muchas que va tocando este ejercicio del pensar. O este juego del pensar. Porque es un pensar ladino o travieso: se sabotea a sí mismo, se abstiene de completarse, se corre de la dirección a la que venía apuntando y con una gambeta nos mete en otro escenario, que uno tendrá que reconocer, no sin extrañeza, a la vez que se pregunta por qué fue a parar ahí. Porque alguna razón hay, no puede no haberla, por la elemental lógica del montaje. Esa fulguración poética de los encuentros fortuitos que está lejos de ser patrimonio exclusivo de los surrealistas, esos saltos de la inteligencia y la imaginación, un poco a la manera de Wallace Stevens: ahí están para quien guste de aventurarse. “Pensar por medio de la imaginación”, escribió Stevens. Entrar en este libro es animarse a una imprevisible lógica de la relación de los hechos entre sí y de las palabras entre sí, no tan caprichosa como parece, aunque a lo que parece tener de caprichosa le debe esta propuesta, en gran medida, “eso” que la hace especie única, no solamente en el ecosistema de la poesía argentina.

Incertidumbre en el recorrido, inesperados golpes de verdad conmocionante (“hay sal de traición en lo que tan pronto nos abraza”) entreverados con alegorías y metáforas que no siempre se rinden a la primera o segunda lectura: para leer a Rizzi hay que leerlo con extrema atención, con todos los sentidos puestos en la tarea y algunos más, leerlo despacio y detenidamente, dándose tiempo, y releerlo, a pesar de que el ritmo, el manejo de los metros y los acentos lo mueve a uno a seguir adelante, abandonándose a una voluptuosidad que no por discreta y serena deja de estar gravitando. De esa irresoluble tensión o ese bamboleo está hecho este placer de leer: no nos deja asentarnos con alguna seguridad en una idea o un sentido ni permite que nos soltemos para sobrevolar livianamente las palabras. La poesía de Rizzi existe para complicarnos la vida, porque nos supone la clase de persona a la que le gusta meterse en complejidades. Complejidades y extrañezas: “el animal es una reliquia de lo increado”.

Dos grandes placeres serían los que, sobre todo, habilita su lectura (que, tal como vienen, son en realidad uno solo): el de arrojarse a la danza de la complejidad y al reto de la extrañeza es uno, y el otro el paladeo de la belleza verbal, que también implica extrañeza, a través de la elección de un vocabulario enrarecido, renuente a cualquier indicio de familiaridad. Pulsión de escritura que, según parece, lo decide todo, goce de articular palabras entre sí de manera armónica, organizadas por algo que necesita “ser dicho” pero que no pesa más que el mandato de elegancia y la apuesta a que el hermano, hipócrita y semejante lector ponga en juego unas cuantas de sus mejores capacidades. Como si, más que para revelar, aunque algo revelen, frases como “toda lengua debe ser soberana, hablarla un dilema, sus frutos siempre algo desconocido” estuvieran para agitar las aguas, desatar algo, abrir otras perspectivas a la mente.

Una ambivalente legalidad late en el fondo, como una ética que sostiene todo: hay que hacerse cargo de lo que está ahí, en el mundo y en nuestras vidas, sin pedirnos permiso, y, tanto como eso es ineludible, no dar por seguro nada, estar abierto a ese abismo del no ser, o de que lo que es sea otra cosa. Todo puede ser lo contrario, como en la vida, pero sin tregua. Ojos empecinadamente abiertos, incapaces de refugiarse en el autoengaño: hay una ética, sí, sin duda. En su trasluz, se me ocurre, algo así como una radiografía de esta época tal vez pueda esbozarse: “Nada ya sorprende hoy, aunque el vencejo/ haya girado el vuelo en otra dirección. Hay/ quien dice que todo desvío es una distracción/ del alma, el amor un accidente en el cortejo,/ la última casa del camino el refugio para una/ multitud: dioses de extravío con pies secos/ que todavía sobre el agua salen a caminar.”

Driftwood es, lo supe por Google, la madera trabajada por una larga permanencia en el agua, como el trozo de viga rescatado del mar con el que Neruda hizo su escritorio de trabajo. La interpretación de por qué su autor quiso titular así este libro, cada lector puede hacerla por su cuenta. 

Driftwood (2020)

Autor: Marcelo Rizzi 

Editorial: Barnacle 

Género: poesía

 

Complemento circunstancial musical:

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