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Reseña #16- Cuando la pluma no es una espada sino un cuchillo de carnicero

 

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Por Miguel Vilche

Stephen King, en su pedagógica obra Mientras escribo, compara a los escritores con arqueólogos, que excavan hasta desenterrar fósiles, es decir, encontrar la trama, limpiarla, reunir fragmentos hasta moldear todo el esqueleto. Analogía ideal para introducir este ajustado compilado de cuentos montado sobre un pozo de huesos.

Todo el mosaico de texturas terroríficas está cubierto en Osario común, summa de fantasía y horror, que Editorial Muerde Muertos nos acerca con una edición cuidada, bien administrada con pequeños prólogos y detalladas presentaciones de cada cuento. La propuesta es inspirar un diálogo entre lectores y autores, un estambre de estilos que descubre el vasto mundo de la imaginación y los miedos de la infancia o la deformación de la realidad a través de mundos oníricos. El curador hizo su trabajo y se nota; con una selección elegante de prosas refinadas y artesanales, algo caseras, reparando en detalles vernáculos, fileteados a mano por porteñismos del arrabal urbano, y acentos de pueblos del interior; preocupándose por barajar todos los lugares comunes que el terror debe revisitar, esos que los fans festejan por anticipado. Quizás por pura moda o gusto personal, elijo empezar a descularlo con el que cierra el libro, “Afuera sigue cayendo ceniza” de Emiliano Vuela, donde una lluvia de cenizas sirve de telón de fondo para un historia de amor entre un director y una alumna, encerrados en un colegio de Bahía Blanca rodeados de muertos vivos, claustrofóbico y lúgubre. El gore filtra las páginas en “Abrirse paso” de Claudia Cortalezzi, con un fotógrafo serial killer, visceral y transparente, perverso y desangelado; algo a lo que también recurre Jorge Barandit con “Enterrado” con notable prosa, poniéndonos en la piel podrida de alguien muerto, bajo tierra, sintiendo cada gusano en su cuerpo. La oscuridad cubre el libro entero, pero tanto “Ojos verdes” de José María Marcos, como “Gringos de tierra y río” de Sebastián Chilano, enceguecen los escenarios en la penumbra total, uno trayendo a un viejo celador solitario y pajero que cae en el embrujo de un par de incubos; el otro, con criaturas suburbanas, contado en primera persona, jugando con los mitos del campo y el río. El espiritismo no podía faltar, y se reparte en dosis desiguales en “Fin de curso” de Mariana Enríquez, donde aparecen esas nenas freaks de colegio, tan inocentes como terroríficas, auto flagelándose por obra y gracia de un alma en pena. También “La habitación de mamá” de Pablo Schuff, recurre a los viejos fantasmas, esta vez en la casa de la infancia, con mamá asesinada, incestuoso y trágico, narrado con un pulso envidiable. “El centinela” de Alejandra Zina nos recuerda a la colimba, gracias al muerto que vuelve como fantasma, de la mano de una precisa y poética descripción de escenarios. Los homicidas en serie, tan cinematográficos, no pueden faltar en un texto de género, y con “Solución de continuidad”, César Cruz Ortega los inserta con sumo barroquismo, pintando un personaje como Aída, otro incubo, manipulador y letal, que juega con los temores triviales, como la obsesión, el desamor y la soledad. Agua, tierra, fuego; espacio y tiempo, los elementos funcionales a los relatos. La distopía no es tan recurrente en el género, pero “Metano” de Walter Iannelli es un buen ejemplo de cómo puede acomodarse con otros tópicos, en una sociedad que naturaliza la combustión espontánea, contado con la frialdad necesaria. Se suma Gerardo Quiroga con “El comienzo”, metaforizando el círculo vicioso, la cinta de moebius en el espiral de la ruta solitaria, salpicando el relato con el rural horror, algo de lo que no pretende escaparse Gustavo Nielsen con su inquietante historia de paradores ruteros malditos y personajes enajenados (“En la ruta”) descubriendo de a poco, el rostro de la bestia a medida que el relato se desarrolla. La antología se las arregla para no dejar afuera a la fantasía o la ciencia ficción, siempre tan emparentas, ambas, con el terror, con criaturas y poderes mentales; “Quemar a madre” de Ricardo Giorno, describe a un pulpo ET, dueño de una inteligencia superior que coopta humanos, mientras Pablo Tolosa rinde tributo a Nahuelito con un micro relato patagónico, “El que habita en las arenas”, directo y pragmático.

Las descripciones siempre son necesarias en este género, sobre todo por la necesidad de poner al lector en contexto, de fotografiar el escenario con el lente de la pluma, darle de beber la sangre que emana color tinta; esto muchas veces atenta contra el ritmo narrativo, algo que la pericia del autor debe sortear, sobre todo por otra necesidad vital, la de adjetivar mucho. Es un trabajo arduo para conseguir la empatía comunitaria que desata el género, explicada con detalle en el epílogo donde el viejo vocablo “summa” interpreta este razonamiento. “En el patio, con Mortimer, conmigo” de Fabio Ferreras, planea ser fiel a estas premisas, detallando la casa de la infancia hasta el rincón más oculto y rebosante de telas de araña, jugando con los miedos de esa etapa de la vida, reviviendo en la nostalgia de todo hombre maduro.

Una de las cuestiones que un escritor de terror debe zanjar en la Argentina, es la supuesta falta de valor comercial del género, debido los prejuicios que soporta, a pesar de tener una larga tradición literaria en la materia. Y el Osario parece estar al tanto de ello. Pasar por su compilado de cuentos es casi un acto revulsivo, de resistencia; un grito de rebeldía, quizás inconsciente, que busca el reconocimiento merecido en el mundo de los géneros literarios clásicos. Con una portada que no le escapa a los convencionalismos del horror más clásico, el género pronto se diluye en el prólogo, subrayando la validez literaria que no por ello socava sus otros valores. Cada cuento ensaya esta resistencia, homenajeando a King, a Lovecraft, a Dick, hasta a Kafka, entre otros.

El que busca al demonio lo conoce”, cita de Todos Tus Muertos (banda que acunó esa frase con un sentido más lisérgico, claro) que Ignacio Román González, autor del cuento más extenso y onírico del libro, usa para tamizar ciencia ficción con terror en “La mecánica del infierno”, plantea una reflexión lucida, y vaya si tiene razón. El Diablo clonado, el infierno en la tierra, de eso se trata este género, de dejar en claro que el horror convive con nosotros en la cotidianeidad, los miedos reales se mezclan con los fantásticos, como siempre, para maximizarlos ¿Quién no le teme a la vejez? La historia fetichista de Alberto Ramponelli, “La estatuilla y la muerte”, sirve de respuesta, con una mujer que llega al paroxismo por razones superficiales, llevada de a poco por una vida rutinaria.

Esta antología, es una buena puerta a las profundidades del averno. Para pasar y sufrir con ganas. Un homenaje, combativo, al género.

Osario común, summa de fantasía y horror (2014)

Autor: varios

Editorial: Muerde Muertos

Género: cuento

4 comentarios

    • Miguel Vilche Miguel Vilche

      muchas gracias Viviana!

  1. Marcelo Marcelo

    Interesantísima reseña, Miguel… Leí este compilado hace poco y me gustó mucho, a pesar de que soy un asiduo lector de novelas y no tanto de relatos o cuentos. Soy de los que creen que el género del terror (o los múltiples subgéneros que lo componen) es uno de los más populares entre los lectores argentinos, si bien el consumo pasa más por la lectura de autores extranjeros que de los locales, quizás debido a cuestiones de falta de ofertas tentadoras, viejos prejuicios arraigados o desidia editorial. Habría que ver en qué medida estos autores son especialistas del género o sólo lo acometen de manera esporádica, tal como lo han hecho tantos grandes de la literatura. Pero sí es valorable la diversidad de estilos y temas que se pueden encontrar en este libro. Saludos, felicitaciones por tu trabajo!

    • Miguel Vilche Miguel Vilche

      Muchas gracias por tus comentarios Marcelo! Mira, en la mayoría de los casos pude comprobar que los autores se desarrollan a través del género, pero no podría decirte si pasa en todos los casos. Es verdad que el terror no está tan arraigado en la genealogía de nuestras producciones literarias más allá de incursiones someras al menos desde los escritores clásicos (Macedonio Fernández, Borges, hasta Cortázar tienen incursiones) Creo que todavía subyace por fuera del mainstream por los mismos motivos que vos señalas, añadiendo quizás la falta de ganas de arriesgarse de las mismas editoriales. La verdad que fue un disfrute reseñarlo. De nuevo, muchas gracias por tu lectura y tus felicitaciones. Abrazo grande !!

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