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Reseña #22- Cotidiana fragilidad

 

 

el prejuicio del sexo

 

Por Macarena Moraña

(uno)

El poema “Una tarde, mi abuelo” es el primero, una evocación a la infancia en primera persona. El recuerdo de un paseo por Buenos Aires, sus calles, esa señora que le regala la banderita alemana al niño que observa y que, desde entonces, ya no olvida.

La propuesta de paseo funciona como comienzo para el itinerario que crece.

Sigue con “Asado”, que provee al lector de una idea inmensa: la vida como una sobremesa infinita. “Y todavía hay coca y ron y whisky para acompañar la picada”.

Surge la permanencia prendida al “todavía”, al continuado, a lo que está y lo que sigue y lo que seguirá.

Un linyera que rescribe El contrato social de Rousseau en una biblioteca, un recorrido por el barrio, por los lugares donde está Prohibido estacionar, pisar y saltar sobre las reflexiones como “Nunca me escapé de mi casa”.

Esta revisión culmina con “El cigarrillo que no se acaba y lo tiro a una zanja aunque no escuche la brasa que se apaga”. Y se piensa que es mejor así, que no se la escuche, porque si ocurriese sería más triste de lo que ya es.

Caminar, después de años, por las calles del barrio de crianza es el verso, es la poesía, esa pulpa nostálgica que bebe –o fuma- el poeta.

El recreo final es ideal: la isla con mujeres, piel, repelente y dos canciones.

(dos)

Son, fueron, compañeros de estudio, primero el mail, después un chat, y al ¿final? el encuentro. El camino habitual no garantiza nada. Solo se avanza, se bebe, se fuma o no. “Un buen chat”, “una buena cita”, son las categorías. El lector será quien dictamine lo que eso significa. La propuesta de ser testigo es, como mínimo, tentadora.

Citas” y el deseo de ser parte. Ser el chico o la chica, cómodos en el escenario porteño-parisino de alcohol, poemas en voz alta, una ducha, helado del pote. Ahí es donde el poeta dice encontrar su poema propio, en durante ese rincón espacio momento de intimidad, de amor, pese a la antipatía del verbo “coger”.

Un teléfono ignorado que cae después de vibrar, como los cuerpos. Alguna fiesta y luego la separación en la que ella se lleva, nada menos que “la forma en que guardaba las galletitas”.

Luego, la añoranza alcanza distintas formas y figuras.

(tres)

La musicalidad de las palabras marcan el ritmo perfecto para terminar bailando adentro de una enorme pregunta: “¿qué cosas son, acaso, el poema?”

Los poemas de Sebastián Hernaiz son de una cotidiana fragilidad plagada de imágenes. No hay pretensiones, se despoja la lirica de estructuras clásicas. Y se despoja en general, es libre, caliente, movediza, perdurable.

El prejuicio del sexo (2014)

Autor: Sebastián Hernaiz

Editorial: VOX

Género: poesía

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