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Reseña #824- Radiografía de nuestros peores vicios

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Por Mario Iribarren

Jaque a la reina es la primera novela policial de Facundo Re, joven autor oriundo de la ciudad de Rosario, publicada por Editorial Final Abierto. La novela se enrola en la tradición del policial negro escandinavo, cuyos máximos exponentes son Stieg Larsson, autor de la saga literaria Millenium, y Henning Mankell, creador del famoso detective sueco Kurt Wallander (su adaptación televisiva, Wallander, fue un éxito mundial de la cadena BBC One). Según confiesa el autor, Bron/Broen (El puente) figura entre las series que lo inspiraron para escribir la novela y la detective sueca Saga Norén es su personaje favorita del género, por ser “honesta, frontal y sin segundas intenciones”.

Jaque a la reina tiene todos los ingredientes de un buen policial negro: crea intriga, tiene giros imprevistos que sorprenden al lector y nos lleva por el mundo de las turbias relaciones entre la política, el dinero y la policía. El epicentro de la historia es Rosario, “sucia ciudad, donde todo se incendia y se va”, según el anatema que Fito Páez lanzó sobre ella luego de que un psicópata asesinara brutalmente a su abuela, a su tía abuela y a la empleada doméstica, allá por noviembre de 1986.

Facundo Re maneja con soltura y audacia los recursos del género. Sabe crear intriga y escatimar información; sorprende al lector con giros imprevistos y muy certeros. Escribe con una precisión que se me antoja de relojero: no hay frases ni palabras de más. La prosa es sobria, sin circunloquios ni pretensiones rimbombantes, aunque no está exenta de un cierto humor e ironía. Los diálogos, concisos y ágiles, permiten entrever las intenciones de los personajes y su psicología. La trama se despliega con una lógica de hierro y los hechos se suceden con una cadencia vertiginosa. Como sucede con los buenos libros o series policiales, no podemos parar de leer para llegar al final de la historia.

La novela arranca con el asesinato de un hombre a sangre fría en un pequeño pueblo del norte de Santa Fe. Una crónica policial aparecida en el diario La Capital de Rosario relata: “La policía había encontrado su auto abandonado en las lindes de un bosque cercano y el cadáver estaba a poco más de un kilómetro de distancia, entre los árboles. Lo más llamativo era, sin embargo, una revelación de la autopsia. Resultaba que de una de las tres heridas de bala que le causaron la muerte, el forense extrajo una pieza de ajedrez”. Lo que a primera vista parece un crimen común y sin sentido se revelará como un hilo de un entramado turbio, donde se mezcla la corrupción policial, los negocios sucios y funcionarios impunes responsables de crímenes en el pasado. Es una combinación que los fanáticos del policial sueco conocen: investigaciones que acaban develando situaciones de injusticia y abusos de poder, que le arrancan la máscara de respetabilidad a políticos inescrupulosos y criminales.

La trama es, en cierto modo, un acertijo que el asesino plantea a la policía y los investigadores (sin olvidar al lector, por supuesto). Este ejecuta su plan con esa mezcla de maestría y frialdad que caracteriza a los killers seriales. Lo anima un deseo de venganza, quizás el más poderoso móvil a la hora de matar. Pero aquí no se trata de que maten a “pobres corazones”, parafraseando a Páez. Las víctimas son meros peones de un plan maestro que tiene ciertas aristas de redención de crímenes pasados que quedaron impunes.

Uno de los protagonistas de la historia es Héctor Carbone, un (improbable) investigador privado a quien le encargan resolver una serie de intrigantes asesinatos sucedidos en pueblos del interior de Santa Fe y las provincias de Buenos Aires y Córdoba, sin aparente conexión entre sí. Todo en torno a él tiene el signo de la decadencia y la desidia. Irene Rosenthal, la mujer que lo contrata, es su contracara: es elegante, de buena posición y muy astuta. Además, tiene un implacable sentido de supervivencia. Y aunque viven en mundos diferentes, sin contacto entre sí, tienen un secreto que los une y que a la postre sellará su destino. Rosenthal (una exfuncionaria con fuertes vínculos con la política santafesina) le pide a Carbone que investigue el misterioso asesinato de un amigo suyo, ocurrido en un pequeño pueblo del interior de Santa Fe. A poco de andar, las aristas del caso claramente lo exceden en sus facultades investigativas. En cierto modo, Carbone es una caricatura del investigador privado tradicional porque, seamos francos, ¿alguien puede creer en la integridad moral de un expolicía en la Argentina posdictadura/posAMIA, reino del gatillo fácil?

Pero Carbone no está solo. En su investigación lo acompaña Laura Moreno, joven periodista de Heraldo, un diario rosarino de poca monta donde ella se encarga de escribir notas de espectáculos y chismes de la farándula. Su trabajo le provoca frustración y aspira a más: sueña con escribir notas policiales y con llegar a ser escritora. Moreno es la encarnación de la astucia y la sagacidad. Allí estará ella con su intuición y pensamiento estratégico cuando la morosidad y la falta de luces de Carbone amenacen con llevar la pesquisa a un punto muerto. Tal como sucede en el policial nórdico, el periodismo de investigación ocupa un lugar central en la historia. Recordemos que Mikael Blomkvist, protagonista de la saga Millenium, es un periodista de investigación empeñado en destapar corruptelas económicas y abusos de poder en Suecia. Es fiel a sus convicciones y leal a sus amistades. Al igual que Blomkvist, Moreno es el único personaje que permanece fiel a sí mismo, en un entorno hostil hecho de duplicidad, hipocresía y encubrimiento, arriesgando el pellejo para descifrar el enigma del “jaque a la reina”.

Ricardo Piglia, en un breve y lúcido ensayo sobre el género policial (Crítica y ficción, Buenos Aires: Ediciones Siglo Veinte, 1993, págs. 99-104), hace una distinción ya clásica que resume muy bien la dinámica de Jaque a la reina: “…mientras [que] en la [novela] policial inglesa todo se resuelve a partir de una secuencia lógica de presupuestos, hipótesis, deducciones, con el detective quieto y analítico (por supuesto el caso límite y paródico resuelve los enigmas sin moverse de su celda en la penitenciaría), en la novela negra no parece haber otro criterio de verdad que la experiencia: el investigador se lanza, ciegamente, al encuentro de los hechos, se deja llevar por los acontecimientos y su investigación produce fatalmente nuevos crímenes; una cadena de acontecimientos cuyo efecto es el descubrimiento, el desciframiento”.

Se me ocurre pensar que Jaque a la reina es más que un artificio literario; prefiero pensarla como una radiografía descarnada de nuestros peores vicios.

Jaque a la reina (2019)

Autor: Facundo Re

Editorial: Final Abierto

Género: novela policial

 

Complemento circunstancial musical:

 

 

 

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