Reseña #690- A tres pasos (poéticos) de la eternidad


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Por Pablo Méndez 

Y las heridas que marcan mi cara,

se secaran con su boca de agua

Ella vendrá, Don Cornelio y La Zona

El primer poemario de Carolina Riccio, El lugar de la herida, defiende la ostensible prepotencia de la metáfora. Esa forma de encontrar en otras imágenes eso que no se puede decir o que desprende la esencia de la propia estética. Dividido en tres partes, “La primera persona del singular”, “Del amor y sus mitologías” y “Las que habitaron en mí”, el libro pone en fila la ración indispensable para sentirse interpelado por un yo rememorativo, ambiguo, que mira la herida desde la altura de sus bordes. Los fragmentos son atisbos del oleaje que se ensortija en las paredes del abismo:

La sangre y el agua corren,

                                           corren,

                                                           la respiración ya no

                                                                         las alcanza.

La segunda parte dispone en la otredad de los sentimientos la experiencia de campo, donde se vislumbra las cavidades de esa herida donde laten las palabras. El amor espejado que apila causas y consecuencias, se suspende en la búsqueda de una utopía, de un espejismo en la aridez de las relaciones apasionadas. El verso se anuda en la complejidad del instante:

Un espacio perfumado

donde se pudre

todo aquello

que se parece al amor

La última parte se despereza en la multiplicidad del ser. La permeabilidad de la persona construye la diversidad de una óptica que se entromete en las profundidades de la incertidumbre. En El lugar de la herida los poemas son los límites que entretejen un sistema nervioso sensible, un mapa exponencial de la experiencia.

No hay copa

no hay plato para ella

sin embargo

es el motivo del banquete

casas marcadas en la luz

                                                                                                           deja que la luz te guíe

                                                                                                           deja que la luz te guíe

                                                                                                         que guíe toda tu vida

                                                                                                  vaya con la casa

                                                                                                     que despide viento

Casas marcadas, Luis Alberto Spinetta

La casa vacía de Celina Feuerstein amplifica la voz poética en los distintos ambientes del silencio. La casa vacía, Como una bola de fuego y El brillo forman los segmentos en los que la autora acuna las etapas básicas de la vida: el amor, el duelo, el recorrido de la intensidad de lo que se toca o contempla. La casa es a veces hogar, a veces simple espacio de tránsito. La casa permite el bullicio del recuerdo, las deudas impagas de las relaciones.

recorro la casa cada vez más vacía

tan propia y extraña

y tan de ellos ajenos y dueños

cuento las esquinas de polvo y

esquirlas

La imagen de un padre levita en cinco partes de un poema que forma un constelación donde el estereotipo es tan enraizado en cada célula del yo poético. La imagen de una madre que entorna sus ojos y que solo quiero escuchar y asentir, y es allí donde la fractura poética interviene el recuerdo. La imagen de Pablo auscultada desde la ausencia, desde el dolor de lo imposible. La sentencia del encuentro en la fantasía poética:

¿será que las almas

perdidas en alcantarillas

salen en noche

de luna?

El segundo tramo del poemario busca un destinatario, en ese hilo perdurable que se tensa en la intensidad del vínculo. Orbe poético de flama incesante, cada verso que constituyen los poemas se esfuerzan por generar la combustión necesaria en la musicalidad de las palabras.

chocaron los colibríes

en el aire paff colisionaron de frente

como aviones desaforados al perder

el rumbo

El brillo, última parte del poemario, sondea las dificultades de lo existencial. Los poemas, más clásicos en su conformación, en esa intención poderosa de la figura, abren las distintas posibilidades de la lírica. En ese rastreo por la intuición del verso, Celina Feuerstein, convoca toda una gama de artilugios, los cuelga del espacio en blanco, los deja prendidos como animales-palabras, dormidos o desperezados, ante un lector que será cautivo para siempre.

si toca mis huesos mi piel eso que escribo

si cuando digo

atraviesa mi alma un cuchillo

brillante de palabras

si el cuerpo y el alma respiran

en las letras

y tiemblo y se me eriza hasta la punta

de los dedos

Mañana es mentira, lo real es ya

Mañana es mentira, lo real es ya

Lo real es ya

Lo real es ya, NTVG

Lo real de Celeste Diéguez desemboca en la intención de perfilar el lenguaje. Otorgarle bordes a lo abstracto y convertirlo en una porción palpable. Una mirada que agranda o empequeñece lo que roza, apenas un ramalazo sensible para encontrar un mundo en la lente de un microscopio. Cada poema intercede en un algoritmo lingüístico para reubicar sus términos, y así definirlo, resolverlo.

En algún momento el objetivo dejó de ser llegar lo más rápido posible a algún lugar determinado, para convertirse en un itinerario, una ruta prefijada que delicadamente enlazara diversos puntos a relacionar.

El poemario articula los puntos cardinales del sentido: exacerba, radicaliza, atenúa, conserva. La curvatura del método poético desprende todas las posibilidades del estilo; una estética imbricada en la existencia, en la experiencia comprobable, aterida en los distintos ambientes de una geografía íntima.

El cuarto propio o abarrotado de ajenidad una boca que habla en otra lengua que se habla así misma una boca que le habla a otra boca una lengua  que consiguió otros bienes va atrayendo la desgracia la peste la corrupción y si eso que se llama el otro fuera sólo un cuadro con lo que hay que aprender una sosa raya de karma que si no quedó claro ahí vamos que si vas por ahí de nuevo ya sabés que después viene eso?

La inclemencia de las distancias, aquellas que permiten alcanzar el destino o aquellas que funcionan como barreras, se entremezclan en los poemas. El cuerpo se mide como consecuencia del mandato del espacio, el cuerpo es su contexto y su circunstancia. La autora nos dispone a su antojo en la tarea mas ardua de envolvernos en la misma composición de su escritura.

Un cuerpo que se desmantela

crece en su posibilidad de estar en todas partes

El lugar de la herida (2018)

Autora: Carolina Riccio

La casa vacía (2017)

Autora: Celina Feuerstein

Lo real (2018)

Autora: celeste Diéguez

Editorial: Caleta Olivia

Género: poesía

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