Skip to content

Reseña #839- El Alma que está alerta

CYMERA_20190712_082143

Por Adrián Ferrero

     Gustavo Roldán (1935-2012), escritor de literatura infantil argentino, se propone en este libro, me parece, colmar un vacío pero a la vez hacerlo de modo honesto. Con una voz reparatoria que no busca idealizar sino cautivar la inteligencia (no solo la atención) del lector narra historias en un libro de estructura tripartita. Ellas son, por orden de sucesión: “Lo que cuentan los tobas”, “Lo que cuentan los matacos” y “Lo que cuentan los guaraníes”.  Esta distribución de las historias según las distintas tribus, nos permite tener un cierto panorama de la imaginación creativa de cada pueblo, al mismo tiempo que su cosmovisión (que no es la misma en cada caso). Porque, por ejemplo, el fuego tendrá un significado para unos distinto del que tendrá para otros. Habrá personajes que en algunas de estas parte son humanos (pocas) y la gran mayoría, estarán encarnados en animales. No obstante, estas personificaciones les atribuyen naturalmente ciertas virtudes, astucias o felonías propias de cada especie a cada uno. El zorro como personaje habitualmente sagaz para cometer engaños, la credulidad y pocas luces del cerdo, el esplendor magnífico de la aves como antídoto contra la maldad o bien contra lo más doloroso del mundo y la presencia de algunos felinos (el yaguareté, el puma, el jaguar), temidos por el resto, pero más diestros físicamente que destacados por sus luces.

     Hay también en estos cuentos magia. Brujos y brujas junto a humanos que incluso cortejan a alguna de sus hijas arriesgando sus pellejos. O bien un dios bueno en un cuento que, a partir de la materia del barro, elabora seres dotados de belleza, en una cosmogonía que bien podría remedar parcialmente las prácticas del rabino de Praga con el célebre Golem de Gustave Meyrink. Con la presencia de su contrafigura, el diablo, estableceré un contrapunto. Porque solo brotan de este último seres torpes o bien repugnantes.

     Afirma Gustavo Roldán en un breve paratexto introductorio: “Decir indios, metiéndolos en la misma bolsa, y entender que estamos hablando de los mismos hombres que habitaron desde los comienzos este mal llamado ‘nuevo mundo’, es uno de los errores que nuestra escuela no se ha encargado de corregir. Seguramente es más cómodo unificarlos por el color de la piel que pensar que fueron naciones diferentes, de distintos orígenes y tradiciones, con costumbres y pensamientos múltiples, a veces naciones enemigas que guerrearon durante siglos. Pero eso sería aceptarlos, y aceptar su existencia, su lengua, su pensamiento, sus creencias es entrar en complicaciones que el blanco decidió desde el momento de la conquista que no le convienen. Creo que, en general, se sigue pensando lo mismo” (p. 8). Ya vemos, en este fragmento Roldán toma posición respecto de asuntos históricos fundamentales que de algún modo justifican la relevancia y el alcance del libro. El modo como estos asuntos están atravesados por instituciones contemporáneas formales e informales y han hecho circular así como consolidado un sistema de versiones que circulan en torno de estos pueblos que han adulterado las originarias, las han aplastado o bien las han silenciado mediante la   violencia simbólica y material. En este sentido, Roldán apuesta a los matices. Si se suele hablar de “indios”, él habla de categorías: tres tribus o pueblos (entre otros), como dije, en el presente libro. Así, les confiere a cada una de ellas una singularidad narrativa configurada a partir de una serie de relatos que les son inherentes. Esa identidad narrativa es también la invención de un pasado así como la circulación postula una cierta poética conformada a partir de dichos relatos. Ahora bien: ¿concebían estas historias los indios (utilizaré su lexema) del mismo modo en el que las concebimos nosotros? Esa es una pregunta que, en virtud de la índole de los relatos, diera la impresión de que el humor, la picardía, las peripecias y las confrontaciones conducen a pensar que también cumplían una función como mínimo de entretenimiento verbal pero acompañado de un retórica. Hablar también de ideología literaria no me parece fuera de lugar para el presente caso.

     La escritura, me parece, no puede modificar la Historia. Eso sería afirmar algo demasiado temerario, si bien sabemos que casos hubo de libros que han modificado puntos de vista acerca del mundo que han sido sustantivos y con ellos prácticas sociales o gnoseológicas. Lo que sí puede afirmarse de este libro es que con certeza en un doble movimiento puede establecer los rasgos identitarios de cada tribu al tiempo que evita la heterodesignación de estos pueblos que los nombra como “los indios” en un colectivo con el que el hombre blanco ha sido particularmente cruento además de estar cargado de prejuicios y de un parternalismo alarmantes. En efecto, neutralizando parcialmente al menos la violencia semiótica que supo confinar a reductos prácticamente nulos, por no decir inexistentes, el inmenso capital simbólico de naciones de una infinita riqueza en lo que a imaginación narrativa atañe, Gustavo Roldán guarda en el recipiente de este libro las leyendas, cuentos y mitos del Gran Chaco. Nos enteramos por lo pronto de su existencia (que por analogía podemos transferir a otros pueblos igualmente relegados de otras toponimias) y también cobramos consciencia de sus variaciones. 

     Su sistema de versiones evidentemente operará a través de mediaciones inevitables.  Aquellos primeros relatos eran de naturaleza oral pero esta condición de haber sido plasmados mediante la escritura ya constituye la primera mediación. Asimismo, que lo haya sido en lengua española (paradójicamente) constituye la segunda de ellas. No obstante, la introducción de Roldán resulta elocuente en su advertencia en torno de este punto. El público infantil ya está entonces avisado acerca de las circunstancias dramáticas que se vivieron en un continente que sin embargo cuenta con un repertorio simbólico de orden particularmente irreemplazable. Las historias de estas tribus no se parecen a nada que hayamos leído antes. Remiten a la flora, la fauna, los humanos y las divinidades nativas, motivo por el cual ni el léxico, ni la geografía ni tampoco los argumentos se asemejan, por ejemplo a aquellas fábulas de Fedro, Esopo, La Fontaine, Samaniego e Iriarte protagonizadas por animales en las cuales se ponían en juego menos la picardías que las virtudes con el objeto de una pedagogía para la niñez. Dieran la impresión todas estas historias que pretenden ser atemporales pero no obstante acusan  marcas de una intensa toponimia local que suele ser siempre la misma. 

     Roldán sabe que la oralidad de estas historias se ha perdido, es por eso que las despoja de todo artificio escrito que, por un lado, podría distanciar a los más pequeños de un relato transparente y, por lo tanto, accesible. Por el otro procura, a mi juicio con acierto, remedar las condiciones de enunciación más similares a las originarias que un escritor puede producir con una historia referida en segundo grado proveniente de un diálogo. Titular cada historia ya constituye, él lo sabe, otro acto arbitrario. También reescribir con sus palabras tramas que él no concibió resulta de una responsabilidad abrumadora según los principios que guían su trabajo. Pero está al tanto de la relevancia social y política que reviste el hecho de que la memoria de estos pueblos diezmados, así sea de modo intervenido, sea guardada en un archivo de modo decente. A ello sumo que lo ha sido por alguien con capacidad de discernir la dimensión del tiempo histórico.

     Con una idea nítida de su plan, de su programa literario y de las estrategias tanto narratológicas como lingüísticas que, como quería Roland Barthes, acuden a un “grado cero de la escritura”, Roldán aclara que se trata de relatos de fuentes orales, como dije. Por lo tanto, respetuoso, no aspira a lucir su pluma de modo narcisista. Y agrega respecto de estas historias: “Hoy siguen transmitiéndose casi unánimemente de forma oral, como se hizo desde los comienzos. Los cuentan en wichí, en toba, en guaraní, su forma natural de comunicarse. Como especial consideración lo hacen en castellano, quizás dejando en el camino más de una idea intraducible” (p.7). Estas “ideas intraducibles”, representan lo que la imposibilidad de equivalencia total entre dos o más lenguas impide consumar así como la imposición agresiva de una por sobre el resto por parte de los blancos. Esa violencia simbólica que de modo intrusivo privó de una parte de expresarse con precisión a pueblos que estaban en todo su derecho su hacerlo y los sume día a día en un monolingüismo que los arrincona. No obstante, Roldán apuesta a que la invención toba, guaraní y de los matacos logre sobrevivir más allá de toda hegemonía brutal. Frente a ese atropello que se tradujo (precisamente) en una destrucción de capital simbólico Roldán, mediante una0 potente acción, recoge estas tramas y las pone en coloquio. Porque, si bien por un lado establece esa suerte de “gentilicios” o “etnias” para subdividir la estructura de su libro, por el otro en cambio unifica todo este caudaloso manantial en un solo volumen en el que cada tribu denota las zonas sémicas que la definen. Un punto que me interesa destacar es que en virtud de la narración de sus cosmogonías el libro las coteja con la imperante en Argentina. De este modo, se dispara un pensamiento reflexivo de orden crítico mediante el cual los niños pueden establecer una distancia respecto del universo religioso que profesan. El heredado de sus padres o bien el elegido por ellos mismos, haciéndolos conocer y reconocer otros alternativos. De este modo, evitan la univocidad, el antropocentrismo y están en condiciones de probematizar una credulidad siempre peligrosa.  

     Este libro es también una investigación creativa. Nació de muchas charlas, “detrás de larguísimos prolegómenos”, en varias zonas del Chaco, Formosa, Salta, Corrientes y Misiones. Se adivinan viajes, conversaciones, estrategias de persuasión. Esto es: un trabajo de elaboración complejo también de campo que no ha de haber resultado sencillo. En algunos casos Roldán contó con referencias escritas que ayudaron a completar el panorama literario que iba a referir. Y afirma: “Optar por alguna de las versiones de un mismo cuento fue una decisión tal vez arbitraria; traducirlas a la escritura pudo ser un atrevimiento” (p. 8). Esta suerte de disculpa que pareciera dispensar a los mismos indios, me parece que habla de una ética tanto como, en un sentido más restringido, de una honestidad intelectual. Repone el capital simbólico a pueblos a los cuales les ha sido sustraído con el reparo de que ha atravesado por la cadena de mediaciones arriba citada, pero que todas ellas resultaban indispensables. Porque por detrás de una Historia oficial que ningunea aún hoy (lo leemos en los diarios) a aquellos miembros de las tribus que han sobrevivido y su patrimonio hay personas nobles que, precisamente, elaboran el relato que está por detrás de ese despojamiento y de este destrato irrespetuoso. Frente a la indefensión de grupos de indios que circulan por una cultura ajena porque no les ha quedado otra alternativa más que acatar ese destino desdichado o bien recluyéndose en ghettos, la presencia de plumas sanas y progresistas como las de Roldán, de reconocida trayectoria en el ámbito latinoamericano, se vuelven  imprescindibles. 

     Y que el libro esté pensado para un público a partir de los 12 años, nos hace vislumbrar la esperanza de que, sin caer en folklorismos ni regionalismos de un realismo  ramplón, esta propuesta original sea capaz de acercar una cultura oral acallada a un lectorado infantil para meditar en profundidad acerca de conflictos históricos que los involucran desde una edad temprana. 

     “El alma que no descansa”, llamó con estas o parecidas palabras Juan Gelman a la escritora María Negroni. Yo diría de Gustavo Roldán: “El alma que permanece alerta”, como la definición más certera, más justa y más fiel a su espíritu libertario en medio de un mundo que sostiene haber comenzado a hablar de la literatura argentina a partir de 1810 cuando en verdad pierde la memoria en una amnesia de mala fe. En efecto, Gustavo Roldán viene a recordarnos que este país estuvo habitado por tramas y personas que las hablaron, por personas que se amaron, se odiaron y tampoco fueron pacíficas entre ellas. Jamás los idealiza pero tampoco los reduce a un momento preliminar del mundo. Los ubica en el sitio justo. Ese que va, del olvido a un acto de presencia que es necesario realizar de modo orgulloso, sin jactancias ni lástimas. De modo que este gesto, de modo combativo, forma e informa a nuevas generaciones que encontrarán en él una posible inspiración para futuras empresas quizás similares. E igualmente alertas.

Cuentos que cuentan los indios (2018)

Autor: Gustavo Roldán

Editorial: Ediciones Santillana

Género: literatura infantil

Complemento circunstancial musical:

 

Se el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *