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Reseña #135- El Presidente en su laberinto

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 Por Juan Mattio

Fabián Casas dice en algún lado que se podría escribir un ensayo sobre el lugar que ocupan las piezas adolescentes en la arquitectura familiar. Esta novela no es ese ensayo, pero está cerca. Porque en esta historia hay un niño. Hay un niño que tiene una familia. Hay un niño que tiene una familia y viven en una casa. Hay un niño que tiene una familia y que vive en una casa donde hay una habitación preparada para recibir al Presidente. En este sistema de agregados se podría resumir la novela de Ricardo Romero. Suma que en el eslabón final rompe la cadena lógica y logra zafar, así, de la tiranía del realismo.

Pero ningún elemento debe pasar desapercibido: ni el niño, ni la familia, ni la casa, ni la habitación. Tampoco los procesos, no hay que olvidar ni la existencia del niño, ni la posesión de una familia, ni la experiencia singular de esa casa, ni mucho menos la espera del Presidente: ¿Va a venir? ¿Qué objetos le gustará encontrar en su habitación? ¿Un libro? ¿Un revólver? ¿Duerme él como nosotros? ¿Come lo que comemos? ¿Le gusta el olor a lavanda? ¿El presidente que esperamos es igual a aquél que aparece en la televisión? La espera del presidente es igual a cualquier espera, un acto de descifrar al ausente.

El niño es la voz que nos guía en territorio enemigo: “La casa no es grande pero tampoco es chica comparada con el resto de las casa de la cuadra”, inicia. Porque en el barrio donde vive nuestro niño todas las casas tienen una habitación esperando al Presidente –así como todas tiene los sótanos clausurados- y, sin embargo, la espera no es colectiva. Es una espera doméstica, familiar. Y la voz-guía habla desde lo alto. Quiero decir, el niño eligió el altillo como su refugio y desde esa perspectiva –alta, distante- le permite verificar los movimientos de la casa con frialdad quirúrgica. Por momentos esa neutralidad a la que nos somete la voz del niño nos enrarece. Y ese es uno de los aciertos de la novela. La rareza nos invita a una serie de preguntas: ¿Es un niño este niño?, ¿Es una familia esta familia?, etc.

Un padre, una madre y dos hermanos. Uno mayor, el otro menor. Nuestra voz-guía está en el medio. Y mira a su familia vivir y en el esfuerzo de interpretarla, falla. Como todo interprete, falla. Por momentos el tono de nuestro niño hace pensar en Las ratas de José Bianco, con quien Romero comparte más de un rasgo. Comparte, sobre todo, un género. Porque La habitación del Presidente se inscribe en la tradición de la novela breve. Y en este sentido, la definición de Henry James que elabora Piglia en La forma inicial podría sernos útil: «un novelista pasa frente a una casa, ve una ventana iluminada y en esa ventana ve una escena, y luego trata de imaginar qué sucede ahí». Esa es otra definición posible para La habitación del presidente. Y un gran acierto de Eterna Cadencia en la ilustración de tapa.

Los niños suelen ser cartógrafos expertos del mapa familiar. Leen los espacios en blanco mejor que un adulto. Y se permiten nombrarlos, cuando otros callan. Y se permiten pensar lo que otros no piensan. Y saben, los niños, que toda casa tiene su topografía sentimental. Que las casas son, entonces, dispositivos simbólicos que se construyen como una extensión de nuestra interioridad: “mi piel es una pared y no sé qué hay de un lado y qué hay del otro”.

Hubo antes otras habitaciones-siniestras en la literatura. Entre las primeras debe estar el gabinete donde el Dr. Jekyll devino Mr. Hyde. En sus clases, Vladimir Nabokov solía hacer un esquema para demostrar que la casa de Jekyll se había convertido en dos casas, se había desdoblado. La casa del monstruo se había instalado sobre la casa del científico. Dice el niño de nuestra novela: «Si los baños son la parte más antigua de la casa, la habitación del Presidente es la más reciente». Más acá y entre nosotros, Cortázar construyó “Casa tomada” con un esquema similar aunque borrando la explicación positivista y dejando sólo la presencia fantasmal. Y ya se conoce la lectura política de ese cuento. Pero la hipótesis con la que trabajan es la misma: cualquier casa es, por lo menos, dos casas.

Jekyll House

En esa tradición, lo que Romero aporta es la superposición de la habitación-siniestra con el régimen del poder. Porque la habitación no es cualquier habitación, es la habitación del Presidente –con toda su carga macedoniana a cuestas- y porque en esa transferencia del poder, de afuera hacia adentro, Romero logra poner en evidencia la dinámica brumosa a la que nos sometemos. Dije antes: “interpretar a la familia”, dije también “descifrar al presidente”. La novela logra reunir esos dos ejes. Por un lado la lectura del plano familiar como si se tratara de un laberinto, por el otro la idea del poder como un monstruo que se alimenta de metáforas. Salir es imposible. Lo que queda es esperar.

 

 

La habitación del Presidente (2015)

Autor: Ricardo Romero

Editorial: Eterna Cadencia

Género: novela 

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