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Reseña #435- The I-Land

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Por Francisco Cascallares

Una de las primeras cosas que publicó Stephen King en su vida, a los 15 o 16 años, fue una columna periódica en el diario de su escuela de Maine a la que llamó Steve’s Garbage Truck. Su método era sencillo, espontáneo, insaciable: volcaba ahí todos los temas, las imágenes, las preocupaciones, las ideas, que existían en su cabeza. Lo que fuera, con la forma que tuviera, iba a parar ahí. La columna de este King con acné, ya prolífico  (ya iba escribiendo sus primeras cuatro o cinco novelas, que terminó durante la secundaria) tenía exactamente la forma de cabeza de King, o funcionaba de esa manera: voraz, asociativa, total. Con todos esos fragmentos, estaba creando la forma de un mundo, que tenía la forma de la cabeza de King. Estoy casi seguro de que King lo cuenta en Danza macabra, pero como en este momento no tengo la referencia a mano, vuelco la versión que me queda de eso en la memoria. Es probable que mi memoria haya deformado la referencia original; no hay manera de saberlo con certeza. Durante toda la lectura de El orden del mundo, de Ramiro Sanchiz, no pude dejar de pensar en esa columna de King y en cómo funciona lo que creemos recordar.

El orden del mundo, lo digo de entrada, es un libro brillante, un libro insaciable, y un libro importante. No sé en qué orden plantearlo; las palabras a veces tendrían que poderse escribir superpuestas. Federico Stahl (alter ego de Sanchiz) vive una extraña experiencia como náufrago en un lugar llamado la Isla de la Basura, de la que no recuerda casi nada. La Isla de la Basura es un punto en el océano en que se encuentran las corrientes que arrastran todo lo que está sumergido y roto bajo el mar y lo acumulan en una pila que sobresale del nivel del mar. Es una isla, pero no natural, sino puramente humana, hecha de referencias rotas sobre el mundo. Stahl llega a la Isla rastreando un cazabombardero MiG-25 abandonado que busca recuperar y reacondicionar para el museo aeronáutico de un millonario. A la vez, se encuentra en fuga o en persecución (en un punto es lo mismo) de una mujer de su pasado, clave en su vida; es decir, escapando desde siempre de sí mismo, disgregado internamente. Algo le ocurre entonces en La Isla pero no puede recordarlo. Solo puede reconstruir sus extraños días de naufragio en base a un Diario que recupera de la Isla y que cree que escribió él mismo: con estos fragmentos, y su lectura, conforma una versión inverificable y tan posible como otras de la realidad, pero que le otorgan algunas pistas sobre quién es él. «El Diario, de hecho, está tan plagado de hechos fantásticos que no hay más remedio que entenderlo completo como una obra de ficción, por más que yo crea recordar algunas de las imágenes que invoca, como en otros momentos de mi vida recordé fotografías y las confundí con percepciones de primera mano» (92).  El paisaje de La Isla es donde se encuentra consigo mismo, donde empieza la reconstrucción o la reinvención del sentido y la identidad de Stahl a través de los fragmentos que puede recuperar de su memoria.

Ramiro Sanchiz es un asombroso coleccionista de datos singulares sobre todas las cosas. Yo creo que en algún punto del Atlántico existe una Isla de la Basura; a esta altura, sé que le puedo creer cualquier cosa que plantee, que tengo ganas de creerle. Sanchiz es una serie de enciclopedias estalladas, donde todos los artículos y las ilustraciones de miles de páginas están mezcladas. Es una isla de referencias constantes, imparables, cruzadas, desjerarquizadas —desde Jacques Cousteau a Rimbaud o Artaud o Philip K Dick, desde la física cuántica y la biología marina hasta los dibujos animados de los 80, y desde las teorías conspirativas hasta la historia de la aeronáutica militar de la Guerra Fría o la del rock occidental. No hay una sola página sin un maravilloso tiroteo cruzado de referencias y en ninguna frase (este es el milagro) se deja de sentir que la escritura es absolutamente natural y generosa —no hay un solo dejo de pedantería en toda la novela. Una forma como esta narra el caos de la memoria, su naturaleza fragmentaria e inútil hasta que una lógica entrama y le da forma, asociación, concepto: la maldición de Funes el memorioso es que no puede olvidar nada, que ya deja de entender el mundo porque no puede crear sentido solo sino ver todo disgregado en sus datos puros: las hojas sueltas, una por una, a cada hora del día, en vez del árbol. La explosión de datos en El orden del mundo asocia lo alto y lo bajo y lo cierto y lo inventado y lo a medio recordar y lo incierto y todas ellas son partes de una misma frase. En el punto en que se encuentran estas corrientes cruzadas es que empieza a surgir la literatura: vemos cómo se arma una versión del mundo que nos incluye y nos da algo de sentido e identidad, y también algo de incertidumbre, cuando todo lo que teníamos era en realidad fragmentos acumulados, explotados y tal vez inútiles. Esta es una novela sobre el acto de escribir para explorar los sentidos de una experiencia. La literatura siempre persigue un orden para el mundo desde el cual narrar al menos una versión posible de la realidad, que nunca pierde un grado de invención, de incertidumbre.

El orden del mundo, formado por capas sobre capas sobre capas de narradores, relatos y datos, es la Isla misma de la que habla: una Isla-Stahl (o tal vez una Isla-Sanchiz) que surge desde adentro del libro para contaminar al mundo, para existir. Federico Stahl, externo al Diario, empieza a existir desde adentro de él, en un depósito de todas las cosas que encuentra tarde en su vida, por accidente, o que fabrica (ni él está seguro de nada). La experiencia vital de Stahl se juega en esta acción. Apenas terminé de leer esta novela alucinada, hice la siguiente anotación en la última página, para no olvidarme: «Me pregunto cuánto leí en este libro y cuánto me imaginé yo».

No quiero dejar pasar una sutileza que da cuenta de la cantidad de capas que Sanchiz construye en su escritura. Hay un efecto en Robinson Crusoe, en el modo en que está escrita: todo lo anterior y posterior a la isla se borra de la memoria del lector. ¿Quién recuerda a Crusoe luchando contra los lobos en los Alpes, por ejemplo? El relato de la Isla es sólo una parte, pero queda en la memoria como el todo. Algo de la isla de Crusoe funciona como un imán, aglutina todas las experiencias de la novela, borra lo que no la refiere. Incluso el ritmo de las oraciones, el modo en que se extienden en un sonido como de oleaje, remiten a Defoe. La isla de Sánchiz funciona de la misma manera, encontrando y a la vez borrando de la mente del lector los extremos de la historia de Federico Stahl, lo que no pertenece a la isla, como una meta-cita a la enésima potencia a Robinson, haciéndose cargo en un gesto de toda la literatura de náufragos, del poder que ejercen las islas sobre los relatos, y de la arbitrariedad de los recuerdos y de la manera en la que la experiencia en las que sostenemos nuestras creencias son meras versiones. La isla queda al borde de volverse invisible, como un recuerdo a medio formar.

Que un autor logre todo esto dentro de los límites de una novela ya es una felicidad. Pero El orden del mundo es apenas una pieza en una meta-novela inmensa, ambiciosa, total, que (tengo entendido) ya está compuesta por unas quince o diecisiete novelas más y que sigue creciendo prolíficamente. Federico Stahl existe en muchos otros libros, al menos versiones de él. Y, es posible, su plan es contaminar al mundo, como una versión de Tlön, hasta que el mundo sea Stahl.

Ramiro Sanchiz, con total naturalidad, con una soltura y un nivel de alucinación extraordinarios, se ocupa en El orden del mundo de lo que tal vez sea el problema central de la escritura: inventar una forma para hacer narrables los datos sueltos y rotos de una experiencia y darle un sentido. La memoria es la Isla de la Basura, el Gran Depósito de todo lo inútil con lo que se conforma el mundo. Cómo escribirlo, cómo darle una forma para que sea posible escribirlo, para que sea asombroso leerlo, es la gran maravilla que nos regala El orden del mundo. «Es escribir esto o la historia del arma, la historia de las corrientes del mar, de todo lo que ha sido creado a lo largo del tiempo. Del orden de los átomos tras la nucleosíntesis posterior al Big Bang» (143). Uno siempre persigue un orden para el mundo, en la literatura y en la vida, y la manera en que cada uno logre construirlo define el mundo íntimo de cada uno, ese lugar velado y opaco en la vida real y al que la literatura accede con tanta facilidad.

El orden del mundo (2014)

Autor: Ramiro Sanchiz

Editorial: El Cuervo Editorial

Género: novela

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