Reseña #656- Lenguas arrancadas que igualmente besan


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Pablo Méndez

La expectativa fue mucha. Shunga sería una reafirmación de lo que Hotaru había generado un par de años atrás o un peldaño revisitado que no alcanzaría  con lo esperado. Martín Sancia Kawamichi redobló  la apuesta: Shunga no es otra cosa mas que un paso certero hacia lo extremo, con una poesía inquieta, con una estructura que se dobla y  desdobla y se transforma en una figura imposible de ser sospechada, como un origami narrativo sucio y destemplado. La conjunción de dos universos que el sentido común mantiene alejados dan como origen un nuevo género: el lirismo pervertido. Una poética que danza en los bajos instintos, donde la belleza del minimalista corrompe la urgencia de una trama única.

Marcelo Rubio

Sancia Kawamichi logra darle belleza al dolor, poesía a la muerte. Shunga es una novela que en cada página se reinicia y se refunda. Los personajes están delineados con delicadeza, sus actos lo definen desde los físico a lo psicológico, cada decisión que toman, cada diálogo que sostienen nos acerca a comprenderlos, nada está librado al azar. Desde el inicio, Shunga atrapa al lector, con la habilidad de un guía, Martín nos conduce por un universo de dolor, violencia, erotismo, muerte, tristeza y excesos. Mostrando una capacidad literaria de alto nivel, Sancia Kawamichi se vale de distintos géneros literarios: utiliza diálogos, monólogos, cuentos, diarios personales, poesía y así construye un libro impecable. Arma un universo en el que el lector se siente contenido.

Ezequiel Bajder

Cuando salió Zama fui a verla. Algo de la película desató en mí cierta melancolía de los diecisiete años, cuando leí el texto. Creo que eso es lo que más me gustó de verla: volver a los diecisiete. Volví, entonces, luego, a lo posible: al libro. Leerlo, hojearlo, sin embargo, me trajo otro recuerdo: el de haber leído Shunga durante abril y mayo del año pasado. Despejadas las coartadas de Shunga (la coartada de la lógica del relato infantil y la de lo japonés: el reino perdido de la infancia y el otro lado del mundo), queda, en las dos novelas, aquello que se le ha hurtado al lenguaje. Una sequedad fructuosa como una hoja que elucubra una habitación. Si hablamos del libro de Sancia, lo que está es lo que no: lenguas arrancadas que igualmente besan, mujeres anheladas proscriptas en un árbol, una desnudez entrevista en el río, dibujos porno contados, palabras insuficientes. Tal vez, lo que me interesa de ambos libros sea ese barroquismo de lo que no está, de lo inalcanzable. Como el deseo a los diecisiete, sin que se le haya infringido aún la frecuentación calma y el conocimiento, nos queda, en los intersticios de las palabras, la crueldad de la ausencia.

Miguel Sardegna

Se dice que Buda nació con luna llena. Se dice que también había luna llena cuando alcanzó la iluminación, y cuando murió. En la práctica budista la fase final de la luna representa la iluminación. Japón importó de China la fascinación por el fulgor de la luna durante el período Heian, ese tiempo estilizado de corredores imperiales en que Shonagon escribió El libro de la almohada, con sus curiosos listados tan parecidos a los listados del libro de Kohana, que recoge Shunga. Sancia Kawamichi (o Shonagon, lo mismo da) enumera Objetos de esta casa que, si yo pudiera, rompería; o Cosas que suscitan una profunda memoria del pasado; o Cosas que deberían oler a otra cosa. Sancia conoce el poder de la luna, pero la luna de Sancia no es la misma luna que vio Buda. Leemos en Shunga, por ejemplo, que “La luna, esa noche, era pura impudicia, y dejaba en la boca un sabor oscuro, a fruta ensangrentada; a mermelada animal”. Leemos también, varias noches después, que “Imaginó una luna chorreante. Imaginó que todo tenía ojos. Que el mundo entero brillaba de lujuria”. La luna de Shunga es una luna lasciva y bestial, como es lasciva y bestial la poética de Sancia.

Valentina Vidal

El capítulo “Kazuma y sus monos” me sugiere innumerables símbolos. Kazuma, un gigante y sus cuatro monos sanguinarios, obligan a tres adolescentes a subirse a su árbol y desnudarse. Les entrega un kimono a cada una, destacando antes cada particularidad de sus bellezas y en base a ellas, el color de sus vestidos. Y las deja ahí toda la noche para que  sufran, porque cree que en el sufrimiento se encuentra el verdadero valor del placer. Sus planes son llevárselas al día siguiente a su alcoba y disfrutar de cada una de ellas.  Si se bajan o se caen durante la noche, corren el riesgo de ser mutiladas a mordiscones por los monos. Encuentro este capítulo algo que me conecta con “La parte de los crímenes” en 2666 de Roberto Bolaño. Creo que la repetición en uno, y la capacidad poético-narrativa en otro, es una de las mejores maneras de hablar sobre femicidios y misoginia en la literatura. El sufrimiento católico, el sacrificio como salvación ante el placer=pecado, el árbol como factor social que coloca a la mujer en un lugar aislado y de exigencia insostenible acerca de la estética, llevándolas al extremo de cualquier tipo de mutilación=cirugía, me resultan de mínima más que interesante a la hora de que una pluma masculina hable sobre la violencia de género en sus múltiples formas. Por lo demás, Shunga es un libro que merece ser leído diferente; porque su espina dorsal narrativa, está acompañada por un ADN oriental que transporta y desarma, para renacer en la adicción que provoca Sancia con la belleza de su escritura.

Diego Meret

Un domingo fui a escribir al departamento de Martín –estábamos escribiendo una novela sobre unos sextillizos que viajaban a España– y terminamos tardísimo. Bajamos a comer algo, pero antes encontramos un murciélago muerto debajo de una pila de libros. Camino abajo por las escaleras, una anciana se nos cruzó y nos preguntó si éramos plomeros. Ya en la calle, comprobé que me habían robado el auto. Luego, el paseo por las comisarías de Congreso y San Telmo que no viene a cuento. Pero esa noche Martín me contó que estaba escribiendo un cuento, y que en el cuento había un árbol. Del que colgaban cuerpos que se iban pudriendo y desmembrando, a la vista de un viejo loco que controlaba todo desde su casa. Era una casa de madera –o quizás no–, próxima a una ruta… y el árbol era un álamo: una puesta rara, cautivante. Muchos años después leo Shunga y me entero de las raíces japonesas de mi amigo Martín. Ahora pienso que el cuento del árbol era un cuento japonés.

Pablo Martinez Burkett

Cuando un occidental se acerca a una expresión artística oriental es imposible no sentir un abismado estremecimiento. Porque en el arte oriental de alguna manera conviven lo sublime y lo abyecto, el dolor como camino al placer y la búsqueda de la paz interior mediante la supresión del engaño de los sentidos. Y de eso se trata Shunga: un cataclismo de miserias humanas que purifican hasta alcanzar la armonía en el delirio más extremo. La obra propone el hallazgo de la belleza en lo extremo, narrado con la delicadeza de un deslizar de sedas, el aletear de una flor de loto y condimentado con un depravado salvajismo. Sancia escribe una trama formidable, un argumento originalísimo y una composición que acude a variado recurso para cuajar una novela que, a mi modo de ver, es candidata más que sólida para ser una referencia ineludible y que lo consolida en una tradición que hubiera hecho festejar a Edogawa Rampo: ¡Kampai, maestro Kabuki!

Shunga (2017)

Autor: Martín Sancia Kawamichi

Editorial: Evaristo

Género: novela

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