Reseña #191- Mitificar la infancia


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Por Marcos Urdapilleta

¿Qué es Las tiendas de color canela? ¿Es un libro de cuentos?, ¿es una novela?, ¿es ficción, es autobiografía? Quizás es un poco de todas esas cosas, un conjunto de historias que, aunque son más o menos independientes, siguen una línea clara para hacer ficción y (re)construir la propia biografía. Hasta hace poco era bastante difícil de conseguir, pero ahora la editorial Dobra Robota publica el libro con la primera traducción rioplatense directa del polaco. Los relatos cuentan la infancia de un mismo narrador a través de distintos episodios, marcados todos por la irrupción de lo extraño. Transcurren en Drohobycz –el pueblo donde Schulz vivió hasta su muerte–, pero lo muestran desde la universalidad, desde la atemporalidad.

Si se piensa la traducción como un trabajo de actualización, como un traer desde el pasado, uno podría preguntarse qué sobrevive de ese pasado, hoy, en Las tiendas de color canela. Y una primera respuesta podría hablar acerca de una posición vital. A principios del siglo XX, y en período de entreguerras, en medio de la modernización de su pueblo natal, su único pueblo, el hijo de una comerciante de telas, que también es profesor y dibujante, escribe. La particularidad de esa posición vital se tensa, se vuelve extrema mediante la palabra, y de esa tensión Schulz arma un mundo lleno de imágenes, de sensaciones, de ideas. Y sobre todo de extrañeza sugerente: los cuentos de Schulz son oscuros como sus dibujos, y, como sus dibujos, están emparentados con lo erótico no solo porque tematizan lo perverso, sino también porque muestran siempre a medias, porque están sugiriendo, siempre, algo más.

La figura central del libro, el eje que atraviesa casi todas las historias, tiene que ver con la infancia. Se trata de la figura del padre, un personaje por momentos oscuro, por momentos conmovedor o simpático, que marca los relatos con sus excentricidades y sus metamorfosis. El universo que construye Schulz parece afectado por esa visión alucinada del padre, y por eso, aun en los cuentos en los que no aparece, casi se lo puede ver flotando sobre lo que se cuenta, proyectándose sobre personajes, tiempos y lugares.

Con la presentación siempre vaga, siempre difusa pero exuberante que hace de los tiempos y los espacios, el narrador hace presente su propia infancia: la recupera con la misma densidad y complejidad. El mundo vuelve a las dimensiones que le aportamos durante nuestros primeros años, y el trabajo sobre lo metafórico es fundamental en este sentido. No solo porque responde al proyecto estético schulziano –Schulz creía en la potencia mitificadora del lenguaje poético, en que a través de la metáfora se llega a una comprensión más cabal y más profunda de la realidad–, sino sobre todo porque, a partir de la extrañeza, la infancia se vuelve más creíble: no solo se la lee, también se percibe en carne propia la novedad que imprime a las cosas.

Los personajes de Las tiendas de color canela metamorfosean en animales, o se achican hasta el absurdo, o desaparecen; el tiempo se estira indefinidamente, se rompe o se vuelve circular; los espacios se multiplican constantemente, se vuelven laberínticos, partes de un continuo que cambia de a poco y por transiciones. Y todo eso, no a pesar del relato de una infancia, sino precisamente como consecuencia de ese relato. No en contra de su verosimilitud –la verosimilitud, en definitiva, es un contrato, y sus cláusulas pueden cambiar–, sino en pos de una exploración muy íntima de la realidad.

Esta búsqueda se plasma en los relatos de Schulz a partir de una simbología inquietante en la que lo idílico convive con lo perverso. Los personajes están unidos por una perfecta simbiosis a los lugares que los contienen, son casi una misma cosa, progresan del mismo modo. Y el elemento clave de esta simbiosis es una naturaleza un poco barroca, sobrecargada de pájaros, de recovecos, de nichos e insectos y vientos que arrasan y estaciones que sobran. Una naturaleza en la que, como en los textos de Schulz, la forma se subvierte todo el tiempo. Hay una búsqueda de lo real que va más allá de lo realista, en Schulz. Hay el intento por acceder al núcleo duro de lo real a partir de lo poético, de lo metafórico, de lo simbólico. Así la infancia se comprende justamente porque está plagada de caballos que hablan y padres que hacen metafísica de un maniquí. La infancia, y con esa infancia un lugar en el mundo, se entiende porque a la vuelta de la esquina están las tiendas de canela fina, con su catálogo de excentricidades que no terminan.

 

Las tiendas de color canela (2016)

Autor: Bruno Schulz

Editorial: Dobra Robota

Género:  relatos

 

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