Reseña #545- Rumiar la única muerte


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Por Maro Vidal Varela

Existe, de un tiempo a esta parte, una cosecha de historias enmarcadas, en el mejor de los casos, en el conurbano. Son relatos de una violencia “orillera” parafraseando la contratapa de este libro, que saben tener un final en boca áspero, pero que en buena medida no pasan de ser relatos reactivos que no superan la anécdota.

Sin embargo, Luto, que como cuenta su autor, fue escrita en una semana y revisada en solo siete días más, pareciera darle la razón al ensayista Alfonso Reyes, quien aseguraba en su libro La experiencia literaria, que “Sólo muestra el revés del tamiz quien está seguro de su fábrica y concede a ésta cierto valor técnico…” Tal vez, que la anécdota que da pie a la novela haya surgido de un hecho policial que lo rozó en su infancia, y que durante años se fuera fraguando en su cabeza hasta asumir la forma literaria gracias a la capacidad narrativa de Scott, fue lo que hizo posible que no cayera en el lugar común de subrayar los clichés de la violencia marginal.

La Primera parte, Un día cualquiera, inicia con el robo y la muerte de la mujer de Chiche, ese protagonista anclado en un luto sin duelo, en el rumiar de una rutina que se va empequeñeciendo, repleta de otras pérdidas que van drenando su vida sin que pueda atravesarlas porque sigue fijado entre el resentimiento y la culpa por la muerte de su mujer, hasta reducirlo a sus propias miserias. El logro de Scott está en el verosímil del punto de vista que elige y la manera en que, a partir de ahí, construye un relato ágil con una voz sin fisuras.

En la Segunda Parte, Luto, entra de lleno en la historia, y se queda haciendo un loop ascendente para avanzar en el tiempo del relato, pero sin despegarse nunca de la limitada chatura con que el personaje principal ve el mundo que lo rodea. Una descomposición de la que es parte, incinerando, al principio algunos restos, para dejar hacia el final que todo se desmadre junto con él. Quizás la falta de carnadura de los personajes secundarios haya sido una búsqueda de esa veladura con que Chiche ve rodar el mundo mientras él sigue detenido en el luto. Sin embargo, en la brevedad que exige esa repetición, no solo al nombrar los capítulos, sino en la consecuente alternancia entre los personajes secundarios que buscan dar forma al universo de este relato, no hubo lugar para que la mirada de Miguel, de Genoveva o incluso de la mujer de la retacería, (a la que, con acierto, solo nombra cuando ya no significa nada) pudieran ahondar ese universo a través de los otros personajes y darle matices al final.

El autor podría haber llevado al extremo esa poderosa ambivalencia entre el resentimiento y la culpa que torció su vida, ese forcejeo que esboza en la metáfora que son los perros y el terreno baldío justo antes del desenlace en La Tercera parte, Una noche muy fría y estrellada, haciendo uso de la prosa exquisita que ya demostró, por ejemplo, en Caminantes. Pero tal vez, Scott buscó que sintiéramos el vértigo de un final que ya estaba signado desde título. Luto se lee sin pausas. Es imposible soltarlo.

 

Luto (2017)

Autor: Eduardo Scott

Editorial: Emecé

Género: novela

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