Reseña #403- Una temporada en el infierno   ¡Actualizado!


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Por Coni Valente

Al leer el título de la portada celeste pienso inmediatamente en una historia de amor. Y al comenzar a leer me doy cuenta que si bien lo es, no solo es eso.

El lugar adonde van las personas que están rotas es una novela que habla de extremos, de límites, de abismos personales y ajenos. Es excesivamente realista y no lo digo como un defecto, sino más bien como todo lo contrario. Vivir es tomar decisiones, casi por inercia, a veces. ¿Cómo evaluarlas? ¿Cómo contabilizar los daños, las pérdidas? Lo hecho hecho está y nada nunca vuelve a ser igual.

Chester es quien nos guía en la narración. Es escritor, le gusta drogarse, es un tipo sensible. Hugo es un dealer que paradójicamente ayuda a drogadictos en un programa de recuperación y Aldana es “ella”. La que un día se esfuma de la faz de la tierra y entonces empuja a nuestro protagonista a una búsqueda desesperada.

Gonzalo Senestrari nos muestra el interior de la mente de Chester y con el correr de las páginas empieza a cobrar sentido la frase que funciona como volanta del título del libro “Cuando creyó haberla encontrado, supo inmediatamente que la había perdido”.

La historia, por momentos, no tiene ni pies ni cabeza. Pareciera que Chester nos relatara eslabones sueltos de un transitar alucinógeno, pero sin embargo, cada capítulo se une al anterior de una forma extraña: alguna oración perdida, una palabra, una mínima referencia a un gesto. Desde un determinado momento, los acontecimientos comienzan a ocurrir en un hospital y allí aparecen personajes estrafalarios que no parecieran ser siempre los mismos, pero que interactúan con Chester de un modo extraño.

Como en toda buena ficción, hay un momento en El lugar adonde van las personas que están rotas que funciona como quiebre o bien como desvío de lo que parecía la primera intención. Es justo ahí donde la confusión para el lector se vuelve mayor y entonces la intriga crece porque el destino pareciera incierto. Senestrari provoca la incertidumbre y marea adrede a quienes leemos, nos arrastra a elucubraciones y así se mantiene hasta el final, hasta la última frase.

¿Es la historia de un drogadicto enamorado, de una enfermedad ciega, de una mente perdida, de un sociópata encerrado a la fuerza, es todo un sueño? Todo eso me pregunto, todo eso quizás se pregunten cuando lean a Gonzalo Senestrari. Algo está velado de punta a punta, no se revela, no se nos permite verlo. Sin embargo, entre tanto y de camino al final, el autor aprovecha para implantar con su relato la duda permanente, sobre nuestras relaciones familiares, interpersonales, con el sexo, con nuestros miedos, nuestros fantasmas.

El lugar adonde van las personas que están rotas quizás sea ese sitio blanco, ese que así percibe Chester. Tal vez sea solo su mente o el mismísimo infierno. Ese lugar donde nuestros pensamientos nos llevan, ese que arde, que nos conflictúa, que nos exige respuestas, decisiones.

Lo más lindo de este libro es que deja a quien lo lee cargado de interrogantes que rozan con la ciencia ficción: ¿están vivos o están muertos? ¿es un hospital o es la cárcel? ¿son los efectos de las drogas o es todo producto de una imaginación frondosa?

Las conclusiones podrían ser contraproducentes. Solo hay que entregarse y tratar de no comprender nada.  

 

El lugar donde van las personas que están rotas (2016)

Autor: Gonzalo Senestrari

Editorial: Bärenhaus

Género novela

 

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