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Reseña #316- Caminos de ida y vuelta

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Por Fabián Soberón

En Camino de ida, de Violeta Serrano, hay al menos dos tonos, dos modos de tensar los sentimientos desde un yo triste o abrumado por una extraña melancolía y de un yo tensado desde el exterior por una ciudad nueva –o en proceso de descubrimiento, de acuerdo a como se piense la relación con la ciudad.

Por un lado, el yo lírico le habla a un “tu” imaginario que, por momentos, parece ser el mismo yo. En esos instantes, el voltaje sube y el lirismo también. El yo atribulado le dice a ese vos o tu (según la curiosa mezcla rioplatense e ibérica del léxico y de la sintaxis) que «crees sentir/ que tu piel sube un tono más/ de rosado a lucidez».

En uno de los poemas más impactantes, ese yo que se desdobla (o que parece que se desdobla) enuncia una ley de hierro: «y sólo sabes que el jazmín que ya no ves/ seguirá en el mismo lugar/cuando ya no tengas ojos».

Por otra parte, ese yo ennoblecido por el dolor o el sufrimiento, se convierte en hábil cronista elegíaco de una ciudad grande que lo deslumbra y lo alerta. La ciudad es vista según zonas, peripecias o situaciones. Sin embargo, la observación no genera desencanto sino asombro frente a los fenómenos diversos. La ciudad se vuelve espejo del mundo del yo: “La gran ciudad no puede devorarme los restos/ no sabe cómo enfrentar el regusto de calor en el que habitan mis ojos/ en las calefacciones absurdas/ de ventanas abiertas/ y sabañones corriendo/ en carros de cartoneros”. Es curioso cómo se cuela la realidad social a través del mínimo espejo del yo. Hay un movimiento de ida y vuelta entre la ciudad y el yo. Ese poema termina con una idea contundente, una firmeza similar a la ley de hierro del mundo interior. Solo que en este caso es una convicción hacia el exterior-interior: “A la gran ciudad le falta piedad/para resistir a la desazón/ de las quimeras”. Si bien hay constatación de que la ciudad es impiadosa, no hay un desencanto pesimista respecto de la ciudad. También está habitada por el deseo. El deseo es motivo de descaro, feminismo y derroche: “No disimula nadie aquí/ el impulso sexual del ciudadano”. La protesta social se vuelve reivindicación de género: “Esta ciudad merece una mujer/ subida a un camión/ una mujer peluda y zafia/ que diga, che…”

En paralelo, el poemario Configuración de la última orilla, de Michel Houllebecq presenta una perspectiva diferente de la ciudad. Mientras Camino de ida configura una vista sentimental del descubrimiento de la ciudad de Buenos Aires, Houllebecq, en cambio, usa los restos de una ciudad fuera de campo para exponer un yo perdido, al final de la partida. En este sentido, son dos poéticas, dos modos (casi) opuestos de encarar y pensar la ciudad. El libro de Violeta Serrano posiciona a la ciudad como un tiempo diverso, distante (por momentos) y próximo, como objeto de observación-sensación. La ciudad de Houllebecq y sus alrededores son medios para expresar un profundo pesimismo. Y si bien el sexo/el deseo en el francés aparece como única salvación, todo parece hundirse en la más feroz podredumbre. El yo circula por la zona 6 y allí se siente “repleto de hambre filosófica / entre las plantas/ en el jardín de mis siestas patéticas/ El cielo estaba soberbio”. Hay un aire de destino que inunda las páginas y nada puede escapar a esa fatalidad: “La infancia se ha acabado, se han repartido las cartas”. En cambio, en Camino de ida la ciudad ofrece ciertos placeres, los mínimos placeres ligados al descubrimiento. No todo es objeto de burla o desdicha. Si bien los lobos están cerca (“y vi el rostro del hacendado/ indemne al desquiciado lobo”), el miedo está afuera y el yo puede protegerse a sí mismo o, al menos, puede tener una instancia de cobijo: “Los Mercedes Benz no se detienen/ al paso de los cartoneros”. Es cierto que el yo fue lanzado a la calle, a su suerte, pero el lector siente que hay una salida. Para el francés “cualquier futuro es necrológico”. En ese sentido, la zona es sólo expresión del derrumbe existencial. En Camino de ida la ciudad es un área de exploración: tiene rincones desconocidos. El yo está a la zaga. Busca, recorre, observa (¿es un cazador solitario?) y sabe que le quedan espacios por recorrer: “Y así camino una ciudad/ tan grande/ que mi dedo gordo/ decidió/ no apartarse del camino líquido que le muestra el meñique pegado en la pared”.

En Camino de ida existen dos registros, dos modos de encarar el verso y de relacionar lo exterior y lo interior. A veces, la ciudad y el yo se contaminan. Y otras, el yo queda librado a sí mismo, en un diálogo perpetuo que no tiene solución ni síntesis: “Ahí no estabas tú/ ni tus ojos/ ni tu madre/ ni tu escarcha”. En las enumeraciones, en las uniones entre el yo y las zonas diversas (a veces opuestas) aparece la metáfora dislocada, la poesía.

Camino de ida (2016)

Autora: Violeta Serrano

Editorial: Modesto Rimba

Género: poesía

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