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Reseña #485- Fragmento de un tiempo fluyente

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Por Pablo Martinez Burkett

Leí El fogonazo (Paradiso, 2016) de Ezequiel Sirlin, un libro de cuentos que abre el juego con el relato que da nombre al compendio, que ocupa casi la mitad del opúsculo y luego sigue con “El coach de actitud”, “La muerte sepia” para cerrar con “La petipieza”.

Cumpliendo con la obligación autoimpuesta adelanto que con el autor no me comprenden las generales de la ley, así que no soy amigo ni enemigo; deudor ni acreedor.

Escribir esta reseña me pone en una suerte de predicament, palabra inglesa que remite a un estado o condición y que podría traducirse como una dificultad poco placentera. Por un lado, me he pasado la vida militando por el uso de todo el ancho de nuestro rico castellano y por el otro, a fuerza de incomprensión, he advertido la necesidad de derivar hacia una economía de recursos lingüísticos para no lucir como un pavo real autocomplaciente. Y la lectura de El fogonazo me enfrenta a mis propias vacilaciones. ¿Disfruté del libro? Claro que sí, si yo mismo soy barroco hasta la desmesura. ¿Me genera dudas sobre su transmisibilidad? También. Porque, aunque nos presenta capa sobre capa de erudición para elaborar muy pensadas sátiras sobre nuestra actualidad y nuestras costumbres rioplatenses, siento que la historia se pierde bajo la pirotecnia estilística.

No he tenido oportunidad de leer otras composiciones del autor por eso conjeturo que este uso del lenguaje, esta exhibición de un vocabulario churrigueresco, plagado de palabras en desuso y con torsiones de columna portuguesa ha sido un atajo deliberado para crear una atmósfera de extrañamiento de lo cotidiano. Porque en los cuentos de El fogonazo hay un scorzo para identificar el lugar, que luce parecido a nuestra Buenos Aires pero distinto; las épocas, que aparecen más o menos identificadas pero corridas de cuadro y los personajes, plenos de porteñidad pero también ciudadanos del mundo.

En la obra en comentario, la presencia de aparatos tecnológicos cobra una presencia protagónica hasta volverlos personaje. El retrato se enraíza en la más rancia tradición criolla de nuestros mejores escritores metidos a periodistas de crímenes y sucesos: hay belleza en la forma de contar el diario acontecer. La ironía alcanza estatura de acusación sobre lo pasado pero, sobre todo, funciona como anuncio del porvenir. Hasta me animaría a clasificarlo como un libro de ciencia ficción porque, como dijo un autor ruso, la ciencia ficción es literatura de advertencia.

Del otro lado, y como no hay escritura sin lectura, ya adelanté en los párrafos precedentes que no me siento muy cómodo con la recepción del lenguaje en el que se ha construido. Sospecho que tanta técnica narrativa lo puede alejar del público. Y no es que dude de la capacidad del lector medio si no que lo veo más interesado en el hiperrealismo costumbrista que pulula por nuestra literatura actual. De allí el estado de engorrosa perplejidad al que me refería al principio. Borges dijo: “yo escribo para mí, para mis amigos y para atenuar el curso del tiempo”. Es otra de sus imposturas. Uno escribe para que lo lean.

En suma, un libro muy original con un lenguaje cuidadosamente florido que, por su brillo, opaca las otras muchas virtudes que posee. Espero de corazón que los esquivos dioses que rigen el favor popular le resulten propicios.

El fogonazo (2016)

Autor: Ezequiel Sirlin

Editorial: Paradiso

Género: Cuentos

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