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Reseña #834- Salvaje condición que subyace al lenguaje del poema

Portada Rugido que toda palabra encubre (2) (1)

Por Adrián Ferrero

Permitiéndonos acceder a su costado más descarnado (no por desdichado sino por sincero) este libro de Saúl Sosnowski pareciera dibujar el perfil de la madurez de un hombre que ha consagrado su vida a la palabra y, desde esa autoridad, está en condiciones de captar todas sus reverberaciones, sus resonancias, sus ecos, pero también su temario menos visitado. Al mismo tiempo, detectar cuáles son los imprescindibles para que las emociones, del modo más sintético, como corresponde a la poesía, condense significados importantes. 

Hay aquí muchas de las preguntas que hombres y mujeres nos venimos formulando –a distintas alturas de nuestras vidas- desde tiempos inmemoriales pero evidentemente Saúl Sosnowski ha elegido este momento o, quizás, ha sentido el imperativo, la necesidad, el hálito, transido de lo más transparente de su experiencia, de plasmarlo bajo la forma del poema en lugar de sus más habituales y medulosos estudios. En su experiencia singular utiliza una lengua literaria y estructuras poemáticas que por lo general adoptan la forma del tríptico, salvo en el último apartado del poemario.

Pero quisiera detenerme y poner el acento en el título  del libro que -además- es el extracto de un verso de un poema. Sosnowski pareciera trazar en él el  perfecto contorno de lo que significa para un poeta lleno de sonido y de furia buscar en la palabra aquello que guarda en potencia el lenguaje pero no pronuncia. Aquello que está en condiciones de fulminar mediante los singnificantes a una persona atenta al universo de lo auditivo y de los significantes pero también de lo emotivo que ellos administran. Esa emoción que le subyace, que está por debajo de ella (como podría estar en todo diálogo la posibilidad de una indignación) y precisamente a esto quiero llegar. La palabra puede devenir y, es más, contiene en potencia y hasta probablemente sea una de las fronteras que la separan de la especie en su estadio más primitivo. Del rugido de la especie, que como todo animal instintivo Sosnowski hace notar en el amor físico o sencillamente en el amor del hombre por la mujer (en cuya culminación también hay rugido porque hay grito) se manifiesta como realización, como satisfacción y como plenitud. Del rugido de la ira por una Historia que, como es sabido, no  ha adoptado precisamente la forma de la armonía o la justicia sino, por el contrario, la del fracaso más rotundo de lo que pensábamos sería la civilización, con genocidios, guerras de toda índole, un individualismo que atomiza a la especie que se retuerce en el rencor hasta alcanzar la cúspide de lo canallesco o lo abiertamente criminal. Y en ese capullo secreto que Sosnowski conoce como pocos que es la palabra guardada bajo la forma de su cincel estético porque lo ha leído en abundancia y lo ha escrito en una acepción profesional para la que también resulta significativo su costado cuidadoso y prolijo, estriban un puñado de cosas de relevancia capital. En primer lugar es esta temporada de balances pero también de revitalizaciones. En efecto, en el libro de Saúl Sosnowski hay evidentemente una recuperación de un yo lírico atravesado por lazos de familia y, especialmente, por lo que, valiéndome de un socorrido lugar común, llamaría los retoños que no vienen a ser sino prolongaciones de un futuro y promesas de lo que se siente y se presiente  que se conocerá a medias por la ley de la vida. Pero también están esos otros pilares de la tierra, que son los hijos, a quienes se conoce naturalmente más (o así debería ser) que desde la dedicatoria del libro son nombrados con una voz que evoca tanto como invoca. Y el amor a la mujer, quizás más vago en este poemario, sin tanta nitidez en su identidad, pero que no caben dudas ha sido un eje capital en su vida. Se concentra el libro más en el orden de lo genealógico que en el de los vínculos extrafamiliares. El foco está puesto, valga nuevamente el lugar común, en lo consanguíneo.

Y no se olvida Sosnowski de quienes se han quedado en  el camino. Un camino en el que bien podría haber quedado él mismo y que, por propiedad transitiva es capaz de percibir y agradecer como una bendición porque es capaz de hablar por otros en la instancia del poema, esto es, la instancia de la voz que permite ser quien uno no es pero sí lo es al mismo tiempo. Un sendero que lo ha aferrado evidentemente a proseguir un derrotero profesional vinculándolo con el  mundo simbólico y material de modo termerario con poder de determinación y de una de una manera singular -de ahí ese “Antes, la página en blanco,/bruma de algo que no llegó a ser”- y que ha supuesto tanto renuncias como logros. Pero también está ese comercio con la palabra literaria que apuesta a lo sensible que es probable sea condición del alumbramiento de este poemario. Esa página en blanco ¿es lo que queda por escribir o es lo que ya no se podría escribir porque el tiempo ha pasado y no hay retorno? La pregunta queda flotando en un suspenso algo inquietante. Y es esa misma irresolución la que vuelve tan atractivo el universo de significados de un libro que más que transmitir certezas apuesta a la incertidumbre, dimensión clave en un libro de poesía. En esta clase de libros, lo sabemos, no todo debería ser puesto en palabras sino más bien serlo de modo implícito, de modo invitante para que el lector, la lectora se internen en él encontrando lo que han buscado por propia iniciativa. Encontrarán, no obstante, revelaciones inesperadas.

Hay una pátina de un sepia nostálgico en el poemario. Como si en un ocaso se alcanzara a ver un fuego irresistible que captura la atención de un modo que no tiene descripción posible, al que uno interroga (porque encierra secretos o, quizás, incluso misterios) y también del que uno se despide dispuesto a esperar el alba pero sin olvidar -como antes sí ocurría- del todo que  habrá un ocaso. Ese que se adivina demasiado fugaz además de irrepetible. No obstante, bien mirado este libro adopta la forma de un amanecer y no de una elegía. Porque otorga nuevos sentidos a viejas experiencias y da la bienvenida a las nuevas figuras que antes no formaban parte de una historia que los contiene. Motivo por el cual no encuentro en él sinsabores unívocos. 

La estirpe que Sosnowski ha fundado está presente de múltiples maneras, convocada en familiares cuya sangre vigorosa como savia corre por vasos que él concibió acompañado. Y en este presente en el que la vida grita en muchos sitios, exigencias, mandatos, demandas, el poeta encuentra sin embargo ciertos resquicios (o los busca como una necesidad) como primordiales travesuras, instantes imprescindibles por lo viscerales nada menos que para escribir lírica y no sólo intervenciones de diestro scholar. Las prioridades en este libro (y evidentemente en su vida porque en Sosnowski, lo he comprobado, la palabra es congruente con su comportamiento) son aquí otras. La recuperación de espacios y figuras entrañables, una Buenos Aires en cuyos vuelos rasantes se consume con avidez lo que se frecuenta pero también no dejan de aturdirlo o, quizás, de abrumarlo encuentros que movilizan. Y lo hacen por lo que hay también de sí mismo allí alojado de modo perenne en  primer lugar en los primeros recuerdos que puede que regresen (dado que él se ha marchado hace tiempo y reside en EE.UU.), por la intensidad de los intercambios, por todo lo que se abandona al regresar más tarde nuevamente a la patria que eligió para fijar su residencia no sin la nostalgia de que en ese espacio pese a todo sigue siendo un extranjero.

Y por detrás de esa palabra que encubre un rugido, de león, de tigre, de jaguar, de pantera (de felino en cualquier caso) se agazapa en la guarida del poema una suerte de elegante rabia o ira indisimulable. Se la hace notar de modo incuestionable en el título con el énfasis de una antelación y de un anuncio (además de una clave de lectura) y sin eufemismos, anunciando de modo preliminar que lo que se leerá a continuación contiene matices pero también contiene, en potencia, paradojas. Porque la palabra comunica pero también la palabra constituye el modo de emitir tanto lo que desafía, lo que amenaza (en el mejor de los sentidos), así como lo que defiende en caso de ser atacada o agraviada. Ese rugido lo es porque es potente y porque en esa potencia la palabra se vuelve poderosa, no todopoderosa (tal circunstancia sería de  naturaleza soberbia). El rugido no necesariamente es expresión de ira. No en los felinos. Tampoco en los humanos. Es o puede ser una forma de expresión desde el énfasis a partir de ciertos acentos.

Por debajo de la palabra se agazapa un sonido tonante. Un sonido ante todo poderoso porque se impone ante cualquier forma que pretenda acallarlo o silenciarlo a  él o a otros. A una comunidad también. Y en pleno acto de rebelión o de rebeldía, pero también de celebración (recodémoslo, estamos frente al espectáculo de la poesía) como se prefiera, Sosnowski nos hace notar a quienes escribimos pero también a los quienes sencillamente hablamos o cantamos o nos servimos del lenguaje como una forma expresiva o de mera comunicación (no sólo de arte sino como vehículo del latido) que esa palabra puede ser, si uno es un buen estratega, eficaz. Que esa palabra es capaz de amedrentar. Y que esa palabra pronunciada o escrita está investida de un cierto tono, una cierta sonoridad que cuando es genuina es capaz de triunfar por sobre otras formas del ruido, de la violencia o bien del insulto. El rugido no es exactamente un grito. El rugido es la expresión de un organismo por lo general en estado salvaje y, por lo tanto, de libertad (o así debiera ser por principio de la especie). De un felino. De los más poderosos de todos ellos, agregaría yo. Su atributo más regio y magnífico porque no solo permite apreciar su identidad y la posibilidad de que algo de ese poder se aloje en nuestro lenguaje domesticado por los signos, sino su temperamento en ese preciso instante en el que lo escuchamos. Que el poema o tan solo la palabra sea rugido (o pueda llegar a serlo) es sinónimo de que   es capaz de despertar a la ira o su yo lírico a permanecer en estado de libertad, ya no de confinamiento civilizatorio. 

En esta zona llena de franqueza de Sosnowski, en la que su voz se deja oír por detrás de su otra voz, todo énfasis profesional es dejado de lado y, por lo tanto, este libro constituye su zona más íntima (y también en la que habla en su lenguaje más privado) las resonancias son múltiples, como las de ese rugido y llegan como un regalo. Son las de un felino que sabe que para nadie es conveniente recluirse en la guarida. Y que, llamados como estamos tanto a dar testimonio de religión, patria, familia y vocación siempre esa sinceridad resultará capital. La palabra, en definitiva, puede y hasta debe ser temida porque es capaz de disimular sus fauces y, por lo tanto, de dirimir batallas sin haberlo anunciado.

Sosnowski percibe un encubrimiento como maniobra taimada  -me parece- cuando es usada por el inmoral porque ha comerciado largamente con ella y sabe de sus matices y de sus destrezas. Ella es la materia más plástica: el lenguaje. Y Sosnowski está avisado de los usos retóricos que ella puede alojar en sus más diversas vertientes y manifestaciones, desde las taimas hasta las honestas. Más allá o más acá de las decisiones de los hombres, lo cierto es que el autor tiene la sutileza de capturar el envés de ese código que resulta ser intensamente moral. Porque también hay una ética de la forma. No sólo una ética del los actos profundos. O, mejor dicho, dado que la palabra constituye un acto, no podría dejar de ser ética. Guarda en toda circunstancia repercusiones. Y haber acudido, de modo elocuente, a la poesía como materia de reflexión, de recapitulación, de indagación y, por qué no decirlo, de hipótesis de futuro, en él la condición humana me parece el punto más alto al que un hombre puede llegar si está abocado esta clase de oficio. 

En la cumbre de su larga, laboriosa, irreprochable y admirada por todos nosotros labor como scholar, Saúl Sosnowski se exhibe aquí tal como es, en su carácter más sagrado. Es la zona profunda a la que puede aspirar a llegar un hombre y a la que -me parece- a todos nos gustaría en algún momento hacerlo si es de modo franco en nuestras vidas. Saúl Sosnowski lo ha logrado. Con éxito, con talento y con esa maleabilidad de quien es capaz de moverse entre signos, pero esta vez comprometido en otra misión: el esplendor de toda su elegante sensibilidad.  

Rugido que toda palabra encubre (2017)

Autor: Saúl Sosnwoski

Editorial: Alción Editora

Género: poesía


Complemento circunstancial musical:

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