Skip to content

Reseña #443- La rebelión de pascua: una terrible belleza ha nacido

18339331_10211754460473730_218970108_o

Por Juan Mattio

El hecho histórico

El 24 de abril de 1916 fue lunes de pascua. Al mediodía unos treinta miembros del Ejército Ciudadano Irlandés marcharon hacia el Castillo de Dublín. En él se concentraba el corazón administrativo -y simbólico- de la dominación británica.

El apoyo popular era dudoso. El historiador Fearghal McGarry cuenta que entre quienes los vieron marchar por la ciudad se escucharon gritos de descredito: “tira corchos”, les decían. Pero la gran mayoría ejerció la indiferencia. No se los tomaban en serio. Cuando llegaron al Castillo, se encontraron al único guardia desarmado que solo atinó a extender los brazos para impedirles el paso. Sean Connolly, un actor amateur que era parte de la revuelta, le disparó con su rifle. El guardia murió, la rebelión había empezado.

“Que las autoridades permitieran a un grupo de revoltosos sin respeto por la ley que fueran entrenados y armados abiertamente, y se equiparan con un arsenal de rifles y explosivos, es una de las cosas más asombrosas”. Quien habla es William Martin Murphy y lo hace como responsable de investigar la revuelta ante la Comisión Real.

Los rebeldes declararon, por primera vez, la república en Irlanda. Y durante seis días mantuvieron sus posiciones en la ciudad. La represión triunfó el 29 de abril y desde entonces 3 mil sospechosos fueron arrestados. A los 15 líderes se los ejecutó entre el 3 y el 12 de mayo.

La opinión pública, que no se había tomado en serio a los rebeldes, dio un vuelco y la causa de la república y la independencia empezó a recorrer Irlanda. El poeta William Butler Yeats anunció: una  terrible belleza ha nacido.

El rumor

Ese es el material de La insurrección de Dublín, el diario que escribió James Stephen en primera persona, como testigo de los hechos. En la introducción de Matías Battistón –quien es también el traductor del libro que publicó Ediciones Godot- dice: “Declarado el estado de sitio, sin periódicos, sin medios de comunicación, la gente queda liberada a sus propios recursos para conseguir el más mínimo dato que le permita interpretar el caos que la rodea”.

La noticia retoma, entonces, su forma primitiva: el rumor. Precisamente en la patria de Jonathan Swift, que hizo del rumor un género de intervención literaria y política muy eficaz, el aislamiento militar devuelve a Dublín al siglo XVIII. Dice Battistón: “Y el diario documenta, entonces, no lo que pasa, sino lo que se dice que pasa”.

“Esto ha tomado a todos por sorpresa –dice el lunes Stephens-. Es posible que, exceptuando a sus líderes, incluso haya tomado por sorpresa a los mismos Voluntarios Irlandeses”. Y ya el miércoles: “El flujo de movimiento siempre termina empujando a la gente a formar grupitos, y las personas van inútilmente de uno al otro buscando información, quedando muy satisfechas si el rumor que les cuentan difiere aunque sea mínimamente del que acaban de contar ellas mismas”.

Hay que imaginar una ciudad sitiada y repentinamente en guerra, dónde la mayoría de los hombres y las mujeres no sólo no intervienen en el conflicto, sino que además no terminan de comprenderlo.

Ese mismo día reflexiona: “En estos últimos dos años de guerra mundial, han cambiado nuestras ideas sobre la muerte. Ya no es esa presencia furtiva que se arrastraba hasta nuestra cama y que combatíamos con pesadillas y frascos de remedio. Ahora ha vuelto a cabalgar en el viento, y nos puede acompañar en nuestros paseos por los campos y los espacios al aire libre. Ha perdido toda su morbidez, su carácter enfermizo, y lo que ahora queda de la Muerte es pura salud y fervor”.

Ya se sabe, lo que habla es el vitalismo de una generación que vive entre muertos. La primera guerra funda la poética de la experiencia pura dónde el coraje físico va a importar más que la composición o el ritmo de la prosa. ¿Herederos? Hemingway, Kerouac, Bukowski. Y entre nosotros un extraño irlandés: Rodolfo Walsh. 

El viernes anuncia Stephens: “Esta mañana no hay periódicos, no hay pan, no hay leche, no hay noticias”. La necesidad de información y las carencias más elementales se juegan en el mismo terreno. Para entender lo que pasa hay que conectar este cuerpo vencido en la vereda con aquél ruido de metralla, esta mujer que corre asustada con aquel hombre pertrechado en un techo. “No sabemos qué pasó –dice-, qué pasa, ni qué pasará, y este regreso a la barbarie (ya que la barbarie es mayormente la ausencia de noticias) nos inquieta”.

En el final, el domingo: “Dentro de poco la crónica militar llegará a su fin, el relato policial va a comenzar, y la historia política va a retomar su curso, y lo que suceda en las próximas semanas quizá siembre la semilla de un nuevo odio que podría durar siglos, pues, si bien los irlandeses no le tienen demasiado miedo a los militares, sí le temen a la policía, y por muy buenas razones”.

El testigo

El procedimiento central de Stephens para construir el relato es su propia ubicación. Él está dentro de los hechos pero, al mismo tiempo, en una posición marginal. Los ve, pero no interviene. Dice: “Mientras escribo estas palabras, se oyen disparos de rifle desde tres direcciones distintas, de forma continua. Hace tres minutos se oyeron dos descargas de cañones pesados. Son los primeros cañones que se usan en la insurrección”.

Podríamos hacer notar que dentro del campo de la ficción, Hemingway utilizó esta misma posición para escribir Fiesta. El protagonista cuenta lo que ve y sin embargo lo que cuenta es la vida de los otros. En su caso es la impotencia sexual la que lo deja afuera de la trama. Y en el caso de Stephens son sus ambigüedades políticas. En cualquier caso, se funda una posición desde la cual narrar: quien ve y no interviene.

Si leyéramos La rebelión de Dublín como una novela de educación podríamos decir que –al igual que Walsh en Operación Masacre- la principal transformación está en el narrador. El Stephens que inicia el relato desde la incomprensión y el afuera, termina diciendo: “Aquí está el mundo entero, y todo lo que al mundo confunde o deleita también. No hemos perdido nada. Ni siquiera la vida de los valientes que lucharon. Ellos han sido un instrumento. Hoy comienza la gran aventura de Irlanda. Los Voluntarios han muerto, y ahora el país clama voluntarios nuevos”.

Si hiciera falta, haríamos notar el paso del singular al plural inclusivo. En ese “nosotros” está toda la historia que James Stephens tenía para contar.

La insurrección en Dublín (2017)

Autor: James Stephens

Editorial: Godot

Género: crónica, testimonio

18197378_10154286495140764_799793312_n

Se el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *