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Reseña #98- Literatura y diversión

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Por Natalia Zito

Cuando Ricardo Strafacce comenzó a escribir Gerardo y Mercedes no tenía más que la primera oración: “Gerardo y Mercedes se llevaban de maravillas”. Se escribe para averiguar que se escribiría si se escribiese, dice Marguerite Duras. Escribir es, entre otras cosas, dejarse llevar, aprender a ir detrás de las palabras, lidiar con lo que se escribe y con lo que no.

Ricardo Strafacce es un tipo audaz, interesante, y sobre todo tiene pinta de divertido. Se nota en la novela y también al conversar con él. Se divierte cuando escribe y en este caso, también divierte al lector con una novela original sobre uno de los temas más abordados en literatura: el matrimonio. Se sabe que es casi imposible encontrar algo sobre los que no se haya escrito, lo singular puede estar en el cómo. El modo puede ser inédito y tener la capacidad de crear algo completamente nuevo e irrepetible. La forma modifica el contenido.

En palabras de Strafacce, para dura ya está la realidad. ¿Para qué sumar? Se pregunta y me interpela en una mesa del bar Varela Varelita en la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay, en Buenos Aires. Y no se detiene. Me dice algo que me dejaría pensando durante todo el día: la literatura es diversión. Recuerdo que en mi caso, como para Juan José Millás, escribir es gozar y sufrir al mismo tiempo, pero no me atrevo a decirlo. Sigo escuchando y acuerdo cuando dice que la literatura no arregla ni redime nada de la realidad. Pero tiene la capacidad de crear mundos con códigos propios. Esa es tal vez, una de sus mejores virtudes y la clave para disfrutar Gerardo y Mercedes: aceptar el código. Entrar en él, un verosímil intrínseco a la novela que está presente desde la primera oración, que funciona como la base sobre la que se acumulará sentido hasta el final de la historia. Gerardo y Mercedes es una novela que no puede leerse sin ese pacto texto-lector porque no produciría el efecto, sería como mirar una película 3D sin los anteojos.

Los anteojos esta novela crean un escenario en el que un niño puede ser dado en adopción porque los padres tienen otras cosas que hacer y luego recuperado a costo de ser cambiado por otro sin que los padres adoptivos se den cuenta; o un marido puede aceptar darle su apellido a un hijo de otro a cambio de poder seguir acostándose con otras mujeres y basando el éxito de su trabajo justamente en esa posibilidad.

Gerardo y Mercedes es una sátira sobre el matrimonio en las antípodas del costumbrismo, es una gran ironía sobre quiénes se toman en serio la vida cotidiana. Desarrolla una mirada ácida sobre los vínculos familiares, las relaciones de poder a través del dinero y los lugares otorgados en la economía familiar: los suegros pudientes y los atropellos aceptados a cambio de otras cosas.

Strafacce nació en Buenos Aires en 1958, es también abogado y ha publicado más de diez libros. Entre ellos, Osvaldo Lamborghini, una biografía (Mansalva, 2008), La banda del Dr. Mandrile contra los corazones solitarios (Beatriz Viterbo 2006), La transformación de Rosendo (Mansalva 2009), Crímenes perfectos (Mansalva 2011), Frío de Rusia (Blatt & Ríos, 2013). Tuvo también a su cargo la antología Nuestro iglú en el Ártico, relatos escogidos de Mario Levrero (Criatura Editora, 2012).

Acaso la abogacía haya sido un abono, Strafacce hace jugar al sinsentido de su lado y crea una novela original y muy divertida; con un narrador en tercera que habla rápido. De esos que cautivarían en una reunión diciendo: “no saben la historia que les voy a contar” sin temor de llevar las escenas al máximo del grotesco con el desfachatado objetivo de cautivar al público. Leerlo hace pensar en Laiseca, aunque Strafacce se ubica más cerca de César Aira.

Si hubiera una categoría que se llamara Libros que hacen reír, pondría esta novela en ella junto con otros pocos libros que gozan de ese mismo privilegio, en dónde seguro estaría Laiseca, pero también Calles y otros relatos de Stephen Dixon o La vida en sordina de David Lodge, este último más cercano a un grotesco inglés sin anteojos 3D.

Hacer reír es algo serio, no soy original al decirlo. El humor de calidad no es fruto del azar, mucho menos de la irresponsabilidad. Escribir humor no sólo implica mucho trabajo, sino también asumir riesgos. El humor tiene una pretensión que si no se cumple, no tiene plan B. Me refiero al humor como elemento intrínseco al texto y no como un propósito del autor. En el caso de esta novela, Ricardo Strafacce, dice que no tenía la decisión de escribir una sátira, ni el humor necesariamente como objetivo. Tenía la primera frase que es una ironía en sí misma y a partir de allí, según cuenta, se dejó llevar y la escribió de un tirón en dos semanas.

El humor juega con el sentido inconcluso de las palabras. Lacan dice que el soporte de la palabra es pequeño comparado con su capacidad de significación. La novela está atravesada por un juego constante con los nombres propios que con la misma lógica de la novela, aparentan decir algo más, cuando en realidad no son más que eso: nombres elegidos al azar, así lo explica el autor. Lo cual no está lejos de la naturaleza de los nombres propios, que no son más que palabras vacías hasta que el contexto las carga de sentido. No pensé nada en particular, me dice sobre la elección de Juana Azurduy, por ejemplo y otra vez me hace pensar que la literatura es diversión. Leo, no obstante, en ese elemento de composición de la novela, una crítica a cierto estrato social en el que lo demasiado simple es vestido de complejidad para ganar prestigio. Carne apanada con papas rústicas en lugar de milanesa con papas al horno. Bomcorp no es una palabra francesa que alude al buen cuerpo, sino la simple fusión de bombacha y corpiño. La ironía en este caso, podría ser un modo de decir: aceptemos que la realidad tiene menos sentido del que aparenta. Probablemente el mundo entero tenga menos sentido del que quisiéramos, entonces, por qué no, la literatura es diversión.

Gerardo y Mercedes (2013),

Autor: Ricardo Strafacce

Editorial: Wu Wei

Género: novela

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