Reseña #798- El sonido y la furia


 

 

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Por Adrián Ferrero

Hay un niño lastimado por las tramas del dolor que devendrá un hombre que elija traspasar las fronteras de la ley para sobrevivir. Ese será el límite filoso que trace la diferencia entre la novela familiar del fracaso y la más nítida novela negra en Furia de invierno de Perla Suez. Esto es: la transposición de un género literario de contenidos narrativos de naturaleza de orden privado dramáticos a otros del orden de lo mafioso y lo sucio.

En tres momentos de las frágiles democracias de América Latina también gobernadas por la dictadura de las mafias, ese hombre jugará un destino del que no sabe demasiado ni de sí mismo ni acaso de lo que está a punto de realizar en un momento definitivo de su vida. El acantilado, al que está a punto de arrojarse tanto como de arrojar a otros. Tal vez, toda su vida haya sido una educación para la ignorancia y éste en particular, su momento más exasperado.

En efecto, dividida en tres partes que constituyen el marco de la Historia de Argentina y la Historia de una cierta clase de civilización en crisis, desestabilizada en sus formas de convivencia sociales, raciales y religiosas, la novela de Perla Suez, Furia de invierno, da cuenta de un momento culminante del pasado argentino reciente,  acontecido en Buenos Aires, pero con proyecciones internacionales. Me refiero al que tuvo lugar el 18 de julio de 1994 a las 9.53hs., instante preciso en que se produjo la voladura de la AMIA, Asociación Mutual Israelita Argentina por parte de fuerzas que circulan en la clandestinidad pero cuya identidad no resulta demasiado difícil adivinar. Esa responsabilidad, sin embargo, aún hoy en el orden de lo real, sigue impune.

La prosa de Suez pone en juego (y en jaque) recursos interesantes y a mi juicio novedosos en una economía de la representación en la que solemos estar acostumbrados a no encontrar demasiadas innovaciones, aunque no sean de índole radical. Por citar sólo un caso: los sucesivos turnos en los diálogos no son indicados por guiones, como habitualmente ocurre, sino directamente de frase a frase por las mayúsculas que los inician. Ellas son las que señalan el cambio de identidad del enunciador, además de dictarlo, naturalmente, la cohesión y la coherencia. No obstante, lo considero un procedimiento que rompe con ciertos convencionalismos técnicos que, por naturalizados, se tiende a olvidar que pueden ser desordenados en la mímesis de una conversación que en ciertos casos podría llegar a ser determinante.

Tramada entre sucesos de existencia constatable y otros, es cierto, imaginarios que la autora más recrea que crea, Furia de invierno es una novela breve o nouvelle, si así se prefiere, que retoma cierta tradición de la literatura argentina que se asoma al orden de lo referencial. Este hilo sutil que avanza sobre episodios efectivamente acontecidos son trabajados ficcionalmente creando un cierto tipo de verosímil y constituye un desafío para quien digita el relato porque debe moverse con sigilo: entre la versión acontecida y la que está a punto de relatar. Por otro lado, ensaya nuevas perspectivas a contenidos escasamente cartografiados por la narrativa argentinos, como lo fue el episodio de la AMIA. Un momento que exige de modo urgente ser abordado desde las narrativas no sólo del pueblo judío. Esta memoria de la identidad (tema recurrente en la poética de Suez, incluso sus narraciones infantiles) consiste en una forma del recuerdo tanto como un requerimiento de reparación en primer lugar legal. Pero también de la colectividad de quienes se han visto damnificados tanto física como simbólicamente. Quiero decir: el blanco del ataque no fue contra un objetivo azaroso.

Por otro lado, la novela alterna momentos oníricos con experiencias reales, casi espectrales, produciendo un contrapunto de señalada vacilación que insiste en ciertos quiebres en la personalidad de Luque (y en la continuidad del relato), el protagonista de esta historia. Ello produce, asimismo, la intensidad de un desconcierto.

La violencia hacia la mujer queda relativamente atenuada en esta novela, a diferencia de otras de Suez en que tiende a acentuarse. Y digo “relativamente”, porque la cabecilla de la banda que conmina y violenta a Luque a llevar el cargamento a Buenos Aires (entre otros delitos, como realizar asesinatos bajo amenaza) es Rita, justamente, una mujer poderosa y de temperamento dominante. Pero así como en Suez la memoria del pueblo judío es un territorio afrentado, también el cuerpo femenino es un espacio (y un espejo para las mujeres que lean esta  novela) que se manipula, se agravia, se humilla no suele ser respetado. La agresión contra ella se prolonga también en el orden de la violencia simbólica, lo que refuerza el destrato físico. Desde lo discursivo por lo general la mujer padece el insulto o la descalificación de forma pasiva pero, sobre todo, inerme.

La novela, como dije, está organizada narratológicamente en tres partes. La primera, en  Buenos Aires (julio de 1979). La segunda, en Ciudad del Este, Paraguay (1983), viviendo Luque en allí. Y la tercera, nuevamente en Buenos Aires, como mencioné, en 1994. Cunde el menemismo y, lo sabemos, reverberaciones de numerosos casos de corrupción o incluso de una criminalidad aún más grave, todo el tiempo se escuchan. En los que perversos sonidos se dejan oír porque afectan o afectaron a muchos sujetos y produjeron la apertura de múltiples causas que perduran en suspenso o bien han sido cerradas sin haber recibido la debida sanción.  

La historia del protagonista de la novela consiste en una existencia dramática. A la pérdida prematura de su madre se suma el travestismo de un padre que lentamente se sume en el abandono (y junto con el suyo, el de Luque), además de ejercer el destrato contra su hijo. Ya adulto, Luque fracasará estando en pareja con una mujer que lo abandona y, finalmente, la citada partida a Paraguay en busca de trabajo y de rehacer una vida astillada. Lo intentará, en vano, con una jovencita inmadura.

En esa nueva toponimia encontrará no una labor digna sino la ocupación de contrabandista, como dije. Pero en ese punto no concluirá la serie de sucesos por fuera de la ley. En efecto, se vinculará  obligado mediante la fuerza bruta, a la banda liderada por Rita cuyos móviles desconoce (pero que son de naturaleza insospechable) quien lo conmina a trasladar un cargamento de Costa del Este a Buenos Aires. Luque descubrirá, casi accidentalmente, que lo que lleva en esa camioneta son explosivos. No obstante, ya será demasiado tarde. No sólo es vigilado por las fuerzas de seguridad de ambos países. Sino también por los cómplices de la banda que supervisan y miden cada uno de sus movimientos.

Una vez llegado a Buenos Aires, entrega el cargamento. En un bar, en el que quizás crea haberse despedido de una suerte negra (¿de la novela negra quizás?), la sorpresa lo aguarda de modo más rotundo aún, mientras se dispone a tomar algo. Estamos en la Buenos Aires del 18 de julio de 1994 a las 9.53hs, momento preciso en que escucha el estallido brutal en ese bario. La AMIA ha quedado hecha escombros y también en víctimas quienes en ella se encontraban o por cuyos alrededores circulaban.

Con un final que alumbra y resignifica toda la urdimbre de la novela, Furia de invierno de Perla Suez se vuelve una obra llamada a perdurar no sólo por la actualidad y la vigencia del contenido de un momento histórico del pasado argentino reciente sino también porque ensaya una opción narratológicamente desafiante y renovadora que no consiste exactamente en el final de efecto que conocemos a lo Poe. Estamos ante algo distinto. En cambio, como si un velo sutil pero brutal se descorriera producto de la barbarie, ese sonido que es furia (como quería Shakespeare y luego quiso Faulkner) revela la música de una sutil y atroz pieza de cámara.

 

Furia de invierno (2019)

Autora: Perla Suez

Editorial: Edhasa

Género: novela

 

Complemento circunstancial musical:

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