Reseña #52- Morder el anzuelo


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Con la boca desencajada llena de dientes

Esperando llegar la muerte

Raúl Seixas, Ouro de tolo

Por Lucía Alvarez

Todo empieza con una niña de espaldas, corte carré, vestido claro traslucido por el sol. Lleva un oso de peluche en una mano y una muñeca de trapo en la otra. Se acerca a una fuente rodeada de plantas. Es todo tan frágil, tan angelical que asusta. Porque ese lado que no se ve, inquieta; y esa niña que oculta la cara bien podría tener dientes de lamprea.

Prina escribe con mirada desafiante y femenina de Princesa Mononoke, luciendo el collar de dientes de lobo en punta. Y va desgajando ese collar, como una hechicera tribal que guarda una pieza dentaria por cada historia que cuenta. Por cada víctima que se cobra. Aceptemos el juego. Que cada cuento sea un diamante blanco. Una púa de marfil. El souvenir de una transformación después de una mordida felina y blanda. O de un zarpazo lacerante.

La primera en morder el anzuelo es una heroína sin gloria y sin nombre, que en vano trata de nadar para no dormirse, para espantar a los peces. Lucha hasta cumplir la simbiosis íctica que termina con ella cubierta de escamas heladas. Pero aún así no se libra de las fauces de alquitrán que acabarán engulléndola.

Mercedes pinta una habitación de verde. Verde vivo. Y ese cuarto se vuelve una jungla cúbica. Llega a sentir el olor de las bestias. El agua, el musgo, las flores, las mariposas y los pájaros. Mercedes es presa de una selva que sólo ella habita.

Hay colmillos que se clavan hondo y es imposible zafarse. Cuando entendemos que la ciudad es una selva habitada por monos azules, aves de rapiña, lobos y gusanos de ojos encendidos. Y donde un hombre y un niño que tratan de encontrar una cueva, un refugio; no son más que eso: un hombre y un niño.

Vamos, ¿cómo te llamás?

Diego Patricio Rodríguez. (Diego Patricio Rodríguez se limpia los mocos con la manga) Diego, por Maradona. Patricio, por los Redondos. Rodríguez sos vos.

¿Qué hay que saber de la selva?

(Diego Patricio Rodriguez demora en contestar, quizás sea la respuesta que siempre olvida) Que hay peligro.

¿Y qué es lo más importante?

(Diego Patricio Rodríguez se refriega los ojos) No tener miedo.

Una mujer mastica sus recuerdos mezclados sin saber qué busca. No recuerda nada de su infancia salvo una mudanza. Los padres de los demás niños del pueblo volviendo del trabajo por la tarde. Y a su madre sola en la vereda.

Prina retrata ninfas punk con dientes afilados, listos para el acecho. Clava sus fotografías envejecidas con alfileres, como hadas precoces en un mariposario. Una aprende a montar a pelo. Otra reza por Clara, una compañerita de grado que la perturba más de lo que ella quiere admitir. Hasta que entra un varón en escena, y nuestra ninfita dejará las oraciones sagradas y aprenderá a maldecir.

La niña nunca nos mostró su verdadero rostro. Dejémosla así. Lo inocente y aniñado puede ocultar un lado perturbador, que preferimos no ver. La hechicera cuenta los dientes para volver a hilarlos en su collar tribal. Ahora la docena está completa.

Doce dientes (2014)

Autora: Pamela Terlizzi Prina

Editorial: Textos Intrusos

Género: cuentos

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