Reseña #657- Morir para contarlo


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Por Matías Bragagnolo

Leí en algún lugar, allá lejos y hace tiempo, que las mejores poetas son las que terminan suicidándose. Irrefutable casuística. Alforsina Storni. Sylvia Plath. Alejandra Pizarnik, por supuesto. Delfina Tiscornia, también. Y solo nombro a mis preferidas.

Si nos guiábamos por la profundidad, la profusión de imágenes sórdidas y la sensación de desolación que emergen del primer volumen de poesía que Pamela Terlizzi Prina publicó (Estado de Espesura, Ediciones Ruinas Circulares, 2012), al menos un futuro sombrío uno podía imaginar, sin siquiera conocerla, para la autora de un libro que, como la Clara de uno de sus poemas, es sepia o, con suerte, “es blanco o negro”. Pero no solo de suicidas se compone el buen arte. Más de una vez se sobrevive con la certeza de que no hay otra manera de matar o exorcizar los demonios del pasado, esos demonios ajenos que fallecimientos, abusos, humillaciones y desengaños varios nos obligaron a adoptar de una vez y para siempre; pero también con el convencimiento de que sí hay otra manera de seguir viviendo: revisitando a esas entidades oscuras.

Si de algo es testimonio el segundo volumen de poesía de Pamela Terlizzi Prina, es del ejercicio doloroso y por momentos repugnante en que se traduce esquivar el final autoimpuesto de la existencia para terminar dando un paseo por las catacumbas donde los demonios del pasado fueron encerrados en una cuarentena que durará el tiempo que le lleve a uno seguir respirando, todo ese lapso previo a que el fuego de la mente los pulverice cuando el propio último aliento avive las llamas. “No hace falta más luz que la de la heladera”.

En No cuentes pesadillas en ayunas (Santos Locos, 2017) conviven el duelo funerario (“Error de cálculo”, “Sepelio”, “Declaratoria de herederos” o “De estreno”) con la vergüenza, la congoja o la nostalgia que la genealogía puede arrastrar (“Árbol”, “La plebe”, “Números primos”, “Nona”). La muerte de un ser querido no es presente, es pasado que sangra, eso es claro. Y como solo hay un símbolo de irreversibilidad mayor que la rotura de un himen, y ese es la muerte, arrancado como apéndice inexplicablemente necesario de esa porción de entrañas de defunción y estirpe emerge en los versos de todas esas páginas el despertar sexual que sigue al abandono de la perversión polimorfa (“Temporada de poda”, “Yo confieso”), maculado más de una vez por todos esos pervertidos que de una u otra forma se las han arreglado para entrar (¿y salir?) de nuestras vidas, vulnerando lo vulnerable. Estoy entrenada, dice la voz de “Juguemos”. Voy a ganar otra vez. / Es como aguantar las manos / del viejo de al lado. Si alguien tiene recuerdos dulces de los años del despertar sexual, finiquitada toda latencia, que levante la mano.

A veces del lavaje de estómago se vuelve renacido, estropeado pero renacido al fin, y eso parece decir “Daños colaterales”, el apropiado cierre del poemario: Y usted (…) / No quiere saber / si me han manoseado, / si tuve un padre, / si violé a mis hermanos, / si escribo como quien es testigo. / Si sé quién es culpable.

Me veo ahora obligado a reformular lo dicho al comienzo.

Las mejores poetas son las que se suicidan. No importa qué método hayan elegido, no importa el destino del cuerpo o la entidad de esa muerte.

Porque revisitar la prisión de los demonios del pasado también es una forma de morir. Si después de eso se renace, ya es harina de otro costal.

 

No cuentes pesadillas en ayunas (2017)

Autora: Pamela Terlizzi Prina

Editorial: Santos Locos

Género: poesía

 

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