Reseña #311- Collage satánico 


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Por Juan Revol

Me atraviesa un inevitable estigma generacional: cada vez que escucho o leo juntas las palabras “pobre diablo”, la voz de un Don Omar ya consagrado empieza a carcomerme alguno de los pasillos del hipocampo. Por esto, el encuentro con el título del noveno tomo de la colección de terror PelosDePunta fue difícil: cada vez que veía la tapa, los residuos de esta pulsión adolescente me desplazaban las ideas a una especie de desierto neuronal, donde lo único en lo que podía pensar era en el hitazo del reggaetonero repitiéndose en un loop infinito. Sin embargo, hay algo en la tapa que hace sentir particularmente incómoda a la vocecita pinchada de Don Omar: por encima de las palabras PobreDiablo, un ángel bañado en sangre despliega sus alas grises.

Los lectores de PelosDePunta ya están familiarizados con la apuesta estética del diseñador Rubén Risso –uno de los editores de la colección, junto a Narciso Rossi–. Sus tapas rinden culto al género con imágenes figurativas y siniestras, diseños muy cercanos a los de los pósters que promocionan películas de terror. La lectura partió, entonces, con una incomodidad inicial: la tapa de Risso intervenía sobre Don Omar, volvía su “pobre diablaaa, llora por un pobre diablo” en un mantra perverso y perturbador.

Como las demás antologías de PelosDePunta, PobreDiablo se propone nuclear a trece escritores alrededor de un eje en común. En este caso, la omnipresencia que sofoca y apuñala la trama de los trece cuentos es la del gran dragón, el padre de la mentira: el Diablo.

Ahora bien: si hay algo que los escritores acomunados en PobreDiablo demuestran, es que resulta imposible hablar de un único Diablo. Los registros y las tramas de los trece cuentos, las formas de tratar con lo diabólico que les es común, son tan dispares que terminan por confirmar lo que se empieza a sospechar desde el principio: el Diablo no es algo íntegro y completo, es una hidra o, quizás, una niebla; algo turbulento que no está afuera ni adentro, sino que, más bien, es una apertura a perderse.

En PobreDiablo, el Diablo se desteje hiperactivo en tiempos y espacios físicos y metafísicos muy distintos entre sí: en “El abismo”, de Luciano Sívori, el Diablo repta por lo más hondo de la deep web buscando nuevas víctimas; en “El rey del laberinto de compras”, de José Supera, se manifiesta proféticamente en los centros de consumo; en “Geografía”, de Walter Lezcano, se contagia con la velocidad de cualquier venérea entre la gente después de que unos alumnos de secundario lo invocan; en “Vuelo rasante”, de Adriana Romano, fuerzas oscuras vibran alrededor de un chico inadaptado y sus búhos.

En todos los cuentos, la presencia de Lucifer es expansiva, implica desmesuras. En “Nuto”, de Natalia Zito, en “Bombos”, de Silvina Gruppo, y en “Modestia”, de Paula Brecciaroli, la expansión diabólica se da a través del sexo –quizás, el método de apertura para “salirse de sí” más infalible– en departamentos, carnavales y hospitales; en “Non serviam”, de Marcos Almada, la desmesura aparece en un tratamiento tormentoso del lenguaje barroco cardenalicio. En “La noche de los museos”, de Patricio Eleisegui, “El amigo oculto”, de Juan Pappalardo y “El baile”, de Javier Fernández, demonios insistentes acompañan y aturden a pobres mortales infelices, arrastrándolos fuera de sí. Los ángeles sin rostro que caen fusilados a la tierra en “Un ángel en mi jardín”, de Francisco Costantini, o el despliegue escénico del dragón Sar’El en el cuento de Daniel Antokoletz, “Una  mujer en el acantilado”, son también una muestra de los excesos del poder diabólico. 

En el carnaval que es PobreDiablo, el Diablo es un engendro excitadito y peligrosamente fértil. No todas las antologías pueden leerse como collages, pero en esta, a través de la heterogeneidad de sus trece relatos, el Diablo y toda su hueste de demonios se presentan con esta lógica: escribir sobre el Diablo implica una destrucción de continuidad, el libro se rompe en esquirlas, fragmentos que son focos de una entropía contagiosa.

Desde hace siglos, el Diablo empapa la cultura. Mefistófeles en Fausto, Coppelius en “El hombre de arena”, el viejo que fuma con boquilla en El imaginario del Doctor Parnassus, el amante de Sadam Hussein en South Park, el caballero en el puente en “Nunca apuestes tu cabeza al Diablo”, el mensaje “Oh, here’s my sweet Satan” si se escucha Stairway to Heaven al revés. A veces seductor y timador, a veces rockero y sado; si hay algo que PobreDiablo manifiesta, es que el Diablo sigue siendo necesario. El Diablo es incómodo porque aparece para abrirnos al caos sobre el que nos paramos. Una vez que nos descuartiza sobre el abismo del mundo, le gusta desordenar todos nuestros significados. Encontrarse con el Diablo es complicado. El caos que expone tiene un espectro de poderes infinito: desde hacernos reconsiderar las implicancias de matar a alguien hasta transmutar en satanismo una canción de Don Omar.

Pobre diablo (2015)

Autores: Luciano Sívori, José Supera, Walter Lezcano, Adriana Romano, Natalia Zito, Silvina Gruppo, Paula Brecciaroli, Marcos Almada, Patricio Eleisegui, Juan Pappalardo, Javier Fernández, Francisco Constantini, Daniel Antokoletz

Editorial: Colección Pelos de Punta

Género: cuento

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