Reseña #823- Dread al control


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Por Miguel Vilche

La literatura que versa sobre el futuro suele entrañar una curiosa y seductora recurrencia: el pesimismo. ¿Será la humanidad tan previsible? ¿La sociedad destila tanta miseria que hace imposible repensar el destino de otra forma que no sea implosionando en planos apocalípticos?

Alejandra Zani se sube al mismo tren en El camino de los perdidos, una historia que respeta estas convenciones pero con acertados aditamentos que resaltan en la puesta en escena. Analizarla teniendo como dato que fue planeada como tesis para su carrera de grado suena interesante sobre todo por ese placentero ejercicio que representa ser testigo de la mixtura entre arte y ciencia. De alguna manera es un experimento donde los conceptos se ponen en práctica a través de la creación de escenarios posibles, llevando al extremo ciertas dinámicas y dejándolas navegar en un mundo distópico que proporciona los espacios ideales para dibujar trazos gruesos y crudos difíciles de recrear en otros géneros.

“El periodismo murió con la familia Walsh y también la responsabilidad cultural y política”. Emma Carrasco, uno de los dos personajes centrales del relato,  lanza la frase y deja flotando la carta de intenciones de la autora: exponer sus ideas acerca del periodismo y la información a través de una novela de (ciencia) ficción. En el mundo que compone Zani la sobreinformación es tan excesiva como la búsqueda de control de los sentimientos, o al menos de las conductas caóticas que esos sentimientos pueden disparar; la represión se impone gracias al Sistema de Felicidad General, una especie de estructura medular de gestión orgánica que el Gobierno establece de la mano de los medios de comunicación para manipular a la opinión pública ¿Resulta difícil creer en esta posibilidad? No parece más que la consecuencia directa de una evolución natural de nuestra sobreinformada y manipulada sociedad.

Emma es periodista y con sus ideas y conductas la autora consigue describir una especie de deontología acerca de la profesión; y lo hace con una narración directa y clara, que se agradece en una trama que deja entrever la intención de entregar un mensaje y no enredarse en metodologías literarias. Cuando los personajes filosofan acerca del amor muchas argumentaciones se sueltan; ese sentimiento goza de un matiz especial en términos conceptuales: la imposibilidad de configurar una definición acabada y absoluta a la eterna pregunta “¿Qué es el amor?”, y sus ramificaciones: ¿De qué forma se manifiesta? ¿Cuáles son sus características comunes? ¿Si no podemos definir eso entonces cómo controlarlo? Creer que puede lograrse es una falacia más de una era de poses y solemnidad, de un mundo lleno de protocolos y etiquetas que busca sobre todas las cosas erosionar los intentos de los nostálgicos de un pasado salvaje. Es fundamental a la hora de leer este relato entender su objetivo, reflexionar con sus disparadores; incluso para lograr la empatía necesaria para adoptar a sus personajes. Y es ese el andamiaje donde se sube y opera Zani, el de la información, la comunicación, la sobreinformación y sus formalismos, sus alcances, su relación con las dinámicas sociales y culturales, la erosión de la objetividad y el uso de los verosímiles. Crear este escenario le permite abrir un abanico de posibilidades gracias a los antagonismos con la frialdad y el excesivo control de una sociedad futurista. Es una época donde no hay ascetismo pero su sexualidad solo se entiende desde el hedonismo, el placer, nunca desde el sentimiento. El amor se solapa, se prohíbe en beneficio de la razón, algo recurrente en este género donde todo se vuelve binario, numérico, estadístico en pos de frenar los errores del desenfreno y el caos del pasado.

Bautizar a un personaje como “Señoría Ortívez” no es un dato menor. Las desventuras de los perdidos se cuentan en un marco central siempre lúgubre y aletargado como el de un hospital psiquiátrico; lo pulcro resalta para magnificar esa idea de vigilancia absoluta, un acierto de sentido común y verosímil. Los sonidos metálicos se combinan con las texturas de maderas crujientes de oficinas silenciosas, resaltando la materialidad que imponen las instituciones, la solemnidad de toda burocracia que tiene como objetivo la observación implacable.

Quizás una crítica (que en realidad es un elogio) es que el libro parece “corto”, que abre muchos disparadores y reflexiones, frentes que se podrían profundizar porque resultan muy ricos para varios planteos. Zani no entrega demasiados datos de cómo se llegó hasta ahí, lo que puede leerse como un destino ineludible, casi obvio; un futuro no tan lejano donde un sistema ortodoxo y feroz se masturba con sus mecanismos de control extremos, agresivos e imperativos.

Personajes que se estereotipan casi como un devenir ineludible. Depresión, opacidad, claustrofobia social. Los ingredientes están en la mesa. Después de todo, muchas veces a lo largo de la historia mundial la libertad fue tachada de alguna manera como locura y estigmatizada como tal.

Y la revolución siempre tiene su génesis en un simple acto de amor.

 

El camino de los perdidos (2017)

Autora: Alejandra M. Zani

Editorial: Milena Caserola

Género: novela

 

Complemento circunstancial musical:

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